- ¿A que no le teme Monk?
- El monitor se pasea por la televisión. El Dato: Nuevas Bandas.
- Un policial del mejor estilo.

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- El cuaderno
del verdugo
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La rochela de Emilio

A finales de los ochenta Emilio Lovera empezó a ser reconocido como un genio del humor y de la versatilidad...


Pan Gabriel
Tras imitar al cantante mexicano, toda Venezuela habló de Emilio


Focofijo
, el simpático dientón de... ¿no ha visto por aquí a mi novia?


Jairo Restrepo
, el diminuto colombiano que a todo le agregaba "émosle"


El pavo de los 60
, otro de los personajes que corroboró los talentos de Lovera

El cuaderno del verdugo
Rosa Montero

Nunca he entendido a los coleccionistas. No veo qué placer puede haber en el acaparamiento obsesivo de una serie de objetos.
Comprendo que uno quiera poseer algo que le parezca bello o que le traiga recuerdos especiales. De hecho soy bastante fetichista; es decir, para mí las cosas se invisten fácilmente de sentido, se impregnan de historia y de significación. Y así, puedo guardar con verdadero mimo, y durante toda mi vida, un canto rodado recogido de un río en el transcurso de unas vacaciones felices, un fragmento de hormigón del derruido muro de Berlín o un pequeño león de plástico que un niño me regaló en Perú. Pero tengo la sensación de que los auténticos coleccionistas ni siquiera aprecian de verdad aquellos objetos que coleccionan. Más bien me parece que su placer está colocado en la mera posesión. En tener más y más, en tenerlo todo. En realidad se diría que es una cuestión de poder; el coleccionista estricto es aquel individuo que aspira a ser el tipo más poderoso de la Tierra en, pongamos, vitolas de puros habanos, o botones de uniformes militares, o cajitas de porcelana del siglo XVIII.
Los humanos, desde luego, somos bastante raros. No hace falta ser coleccionista de nada para que tu casa esté llena de objetos innecesarios y aparentemente incomprensibles. Como el pequeño león de plástico al que antes me referí, o muchas otras piezas de cuyo origen ya no guardas memoria. Qué extraordinaria tendencia a la multiplicación tienen los objetos: la vida se nos va llenando de cachivaches en progresión geométrica. Envejecer consiste, entre otras cosas, en el hecho de que tu casa se vaya convirtiendo en un pequeño cementerio de trastos inútiles.
Por eso me sorprende el empeño que algunas personas ponen en poseer objetos. Como los coleccionistas antes citados, o como esa gente que se va a una subasta y paga exorbitantes cantidades de dinero por alguna adquisición estrafalaria. Hace tres o cuatro meses se subastó en París una colección de cuadernos espeluznantes. Eran unas dos mil páginas escritas a mano por Anatole Deibler, el último verdugo público de Francia, un señor muy serio y muy barbudo que guillotinó a 395 hombres y mujeres en los cuarenta años que se mantuvo en su cargo, desde 1890 hasta 1939, que fue cuando murió. Seis meses después del fallecimiento de Deibler, Francia prohibió las ejecuciones públicas. Porque don Anatole ejercía su labor ante los ojos de la ciudadanía. En su época, la pena capital seguía teniendo la consideración de castigo ejemplar y, como tal, debía ser contemplada como un espectáculo edificante. Qué oficio tan atroz el de Deibler: 395 cabezas cercenadas, 395 angustias ignoradas, 395 relampagueantes golpes de cuchilla.
Con una frialdad profesional que sin duda le protegía del horror, el verdugo anotó en sus cuadernos los aspectos técnicos y los detalles de cada ejecución. La fecha, la hora, el nombre de la víctima, los motivos de la condena e incluso, en ocasiones, las últimas palabras del ejecutado. Y esos cuadernos son los que ahora han sido adquiridos en subasta por la espectacular cifra de 100.249 euros; es decir, unos 102.000 dólares americanos. No niego la fascinación que ese material puede producir: son unos escritos casi de ultratumba, anotaciones vecinas a la muerte, y la muerte, ya se sabe, es el gran y eterno tema de la vida. Personalmente siento cierta curiosidad por lo que Deibler pudo apuntar: me gustaría echarle una ojeada al contenido de sus cuadernos, aunque creo que deben ser bastante menos interesantes que lo que nuestro horror imagina. Pero de ahí a pagar más de 100.000 euros por poseer las notas... ¿Qué está adquiriendo ese comprador anónimo al quedarse con los libros de Deibler? ¿El escalofrío de tocar las mismas letras que tocó la mano que mató? ¿La morbosa sensación de sentirse próximo al verdugo? En estos paroxismos de posesión hay algo extravagante y casi obsceno. l

 
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