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De pura alma
Max Haines

Los protagonistas de esta historia amaron con pasión hasta la muerte

Alma y Francis Rattenbury tenían vidas interesantes y aventureras antes de conocerse y casarse. Primero, veamos con detalle la vida de ella.
Alma creció en Kamloops, Columbia Británica, donde era algo así como una niña prodigio. Era una brillante pianista y violinista mucho antes de llegar a su adolescencia. En 1913, conoció a Caledon Dolling, y poco después la pareja se casó. Su matrimonio era feliz hasta que se inició la Primera Guerra Mundial: Dolling, quien se enlistó y sirvió en el extranjero, fue herido dos veces antes de morir en acción.
Alma, que había seguido a su marido hasta Inglaterra, estaba devastada. Para ayudar en la guerra, empezó a trabajar para la Cruz Roja francesa y sirvió como ordenanza en la línea de fuego en Francia. Fue herida dos veces y recibió la Cruz de Guerra del gobierno francés.
Al final de la guerra, Alma, una mujer encantadora y hermosa, se casó con un soldado de nombre Compton Pakenham. La pareja se trasladó a Long Island, NY. Alma impartía clases de música para poder llegar a final de mes con algo de dinero. Su marido era un pésimo lector y revisor de libros. Con el tiempo, se divorciaron. Alma volvió con su familia a Kamloops, después de haber dado a luz a su hijo Christopher.
Hagamos un resumen: dos maridos, un hijo, una guerra, dos heridas, una condecoración de un gobierno extranjero. Debía haber sido suficiente, pero simplemente ese no era el estilo de Alma. Había mucho más.
Francis Rattenbury era un arquitecto canadiense que emigró a Columbia Británica, en 1892. Inmediatamente logró mucho éxito al ganar una competencia para diseñar los nuevos edificios del Parlamento en el capitolio de ese distrito. Desde ese momento comenzó a diseñar cientos de elegantes casas y edificios públicos.
Al principio del nuevo siglo, se casó con Eleonor Florence Jun. La pareja se asentó en una casa grande diseñada por Francis. Tuvieron dos niños y durante algún tiempo vivieron una vida feliz y próspera. Francis siguió distinguiéndose en su profesión.
Después, algo le pasó a Francis Rattenbury. Tal vez había conseguido mucho demasiado pronto. Fuera cual fuera la razón, el hombre parecía haber perdido la ambición por su trabajo, así como el afecto por su mujer. Ambos vivían bajo el mismo techo, pero se fueron apartando.
Una noche, a Francis le presentaron a Alma. De inmediato se enamoró de la mucho menor y hermosa mujer. Desde ese momento, sólo pensaba en una cosa: divorciarse de su esposa y convertirse en el esposo de Alma.
Francis era muy exitoso. A la edad de 58 años, se casó por segunda vez. Inicialmente la unión fue feliz, pero no era aprobada por la familia de Francis. Esto ayudó a los Rattenbury a tomar la decisión de retirarse a Bournemouth, Inglaterra.
A Francis Rattenbury no le sentó muy bien el retirarse. Sufrió de diferentes ataques de depresión. En 1934, tenía 66 años y Alma era un mujer de 37 años y extremadamente atractiva. Vivían en una casa grande llamada Villa Madeira, con servidumbre y todas las comodidades terrenales. Francis consumía una botella de whisky cada noche. Para aliviar lo que se había convertido en una existencia aburrida, Alma ahora pasaba la mayoría de su tiempo con su dama de compañía, Irene Riggs.
La situación estaba hecha a la medida para que apareciera un ingrediente externo en la historia: George Stoner, un joven de 17 años. Alma había puesto un anuncio para conseguir un chofer/ayudante, y George se presentó al trabajo. La vida no volvió a ser lo mismo en Villa Madeira.
A las pocas semanas, Alma y George estaban yéndose a la cama en tantas ocasiones como les era posible. George, quien no era ningún cerebrito, estaba muy bien servido en sus atributos anatómicos. Alma se dio cuenta de que en la mitad de su existencia había tenido una vida muy intensa, pero ahora tomaba conciencia de que en el departamento de sexo había estado privada de muchas cosas. George estaba ayudándola a recuperar el tiempo perdido con su entusiasmo juvenil y sus habilidades naturales.
La vida en la enorme villa tenía algo para cada persona. George tenía un buen trabajo y abundante sexo. Rattenbury tenía su botella. Alma tenía a George. Incluso a Irene Riggs no le estaba yendo muy mal. Ya no tenía que acompañar a Alma nunca más.
A veces la naturaleza humana es difícil de comprender. Increíblemente, George se volvió muy celoso de Rattenbury. El joven no podía aguantar el pensamiento de que Alma estuviera en la compañía de su marido. Ella le aseguraba que tan sólo estaba viviendo con su esposo en papel. Para calmar a George, Alma se las apañó para escaparse con él un fin de semana. La pareja se registró en un lujoso hotel. Alma inundaba a su amante con atenciones y buena vida de rico, pero el viaje no tuvo el efecto deseado. Cuando George probó cómo vivía la otra mitad, empezó a odiar volver a su antiguo rol de chofer.
Cuando Alma le dijo que ella y su marido estaban planeando marcharse un fin de semana fuera de Villa Madeira al día siguiente, George se enojó y se prometió a sí mismo que ese viaje nunca tendría lugar.
El domingo 24 de marzo, a las 9:30 pm, Alma besó a su marido para desearle buenas noches y se retiró a sus habitaciones de la planta de arriba. Francis se quedó en la sala de dibujo bebiendo su whisky y releyendo un libro. Irene Riggs, quien tenía el día libre, regresó a Villa Madeira como a eso de las 10:00 pm y se fue directamente a su habitación para usar el baño. De camino al baño se encontró con George Stoner. George, el único otro empleado que vivía en la casa, estaba en las escaleras.
Irene le preguntó: "¿Qué pasa?". George replicó: "Nada. Estaba viendo si las luces estaban apagadas".
Eso satisfizo a Irene, quien regresó a su cuarto. Momentos después, Alma, que siempre había estado muy unida a su dama de compañía, se le unió en su habitación para conversar un rato. Más tarde, Irene declaró que Alma estaba muy contenta y le dijo que estaba deseosa de pasar unos días junto a su marido fuera de la villa.
Abajo, esa misma noche, George Stoner se escondió detrás del adormilado Frances Rattenbury y lo golpeó con un mazo hasta creer que lo había matado. Tras llevar a cabo su objetivo, George se apresuró a subir y meterse en la cama de Alma. Alma sintió que su amante estaba actuando de una forma poco normal. Finalmente, George confesó que había hecho daño a su marido. Alma se dirigió abajo y descubrió a Francis encorvado en su sillón favorito. Su cabello estaba cubierto con sangre. Alma gritó: "¡Irene!".
Irene Riggs corrió hacia el cuarto de dibujo. Juntas, las dos mujeres lavaron la cabeza del hombre todavía vivo, que tenía heridas horribles. Francis estuvo entre la vida y la muerte durante cuatro días hasta que falleció.
Mientras asistía a su marido en la fatídica noche, Alma tomó la botella de whisky de Francis y bebió unos tragos. Cuando llegaron la policía y el doctor, la mujer estaba casi incoherente, así que durante el interrogatorio, insistió en que fue ella quien había atacado a su marido. Sin embargo, cuando Francis murió, George confesó que él había matado al viejo hombre.
El extraño lío amoroso entre un chico simple y una mujer madura y culta fue toda una sensación. Ambos fueron culpados de asesinato. Durante los juicios que prosiguieron, George juró que él había actuado en solitario y no había influido en Alma. Ella, a cambio, sólo retiró su confesión cuando se había asegurado de que al hacer eso no iba a poner a su amante en ningún tipo de peligro.
El 31 de mayo del 1935, en el famoso Old Bailey de Londres, un jurado inglés declaró a George Stoner culpable de asesinato. Fue sentenciado a la horca. Alma fue declarada inocente y liberada de prisión.
Tres días después de que saliera el veredicto, Alma tomó un tren a New Milton, Hampshire. Allí, al borde de un río, calmadamente fumó su último cigarrillo antes de clavarse un cuchillo seis veces en el pecho. Lentamente, se deslizó dentro del agua. Alma dejó una nota suicida explicando que debido a que su amante iba a ser colgado, a ella no le quedaba ninguna razón para vivir.
El abogado de Stoner apeló la sentencia y a las tres semanas del dramático suicidio de Alma, su sentencia fue conmutada a cadena perpetua. En 1942, después de servir siete años en prisión, George Stoner fue liberado. Se alistó en el ejército, tomó parte en la invasión de Normandía y sobrevivió a la guerra. Más tarde se casó y se convirtió en un ciudadano modelo.

 
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