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Bienvenidos a
La Terminal

Steven Spielberg y Tom Hanks vuelven a trabajar juntos en una historia que para muchos resulta inverosímil a pesar de estar inspirada en un hecho real. El actor, y el espectacular set —un entero aeropuerto de ficción—, construido especialmente para el rodaje, son los puntos altos de esta película que gusta al público y no tanto a la crítica. Raúl Chacón Soto

La prensa especializada estadounidense le dio un tibio recibimiento a La Terminal, la última película de Steven Spielberg que acaba de estrenarse este viernes en el país. Le criticaron, sobre todo, cierta banalidad, y la inverosimilitud del relato, y eso que la cinta, como ya se ha dicho, está inspirada en el caso real de un refugiado iraní que todavía vive en el aeropuerto parisiense Charles de Gaulle. El público, por el contrario, le ha dado su aprobación, que se hace evidente no sólo en el monto registrado en taquilla, que ya ha superado los 70 millones sólo en Estados Unidos, sino en los comentarios que envían a los sites especializados en cine. La opinión del prestigioso crítico del diario The New York Times, A.O. Scott, quizás explique la ambivalencia: “Siempre me han molestado el sentimentalismo y la blandura en las películas, pero nunca me había importado menos”. Otras voces podrían aclarar más el asunto: “La Terminal tiene mucho más que ver con propiciarnos risas saludables y un momento ocasional de calidez emocional, que con presentar un relato realista o un sólido guión, por lo que, a la luz de sus aspiraciones, puede ser calificada como un éxito”.

En lo que sí se muestran todos de acuerdo es que quien parece rescatar a la película de la medianía —y, por ende, salvarla ante la mirada implacable de la crítica—, es Tom Hanks. Su actuación ha sido celebrada casi por unanimidad. Dicen que gran parte del encanto del film se debe a su carismática representación. Lo asegura, entre otros, el propio Scott: “Mucho del crédito corresponde a Hanks, un hombre que no tiene nada que probar. Su trabajo luce tan fácil, tan fluido, que su esfuerzo resalta sólo cuando se le ve en retrospectiva”. “Hanks es un talentoso actor que dota a Navorski —el personaje en cuestión— de múltiples personalidades, y es el epítome de la paciencia y la ingenuidad ante las extrañas circunstancias que enfrenta”. No son de extrañar tantos elogios. Del actor no se esperaba menos, y eso que en esta ocasión ha tenido que hablar un inglés básico con fuerte acento de inmigrante proveniente del este de Europa. El otro elemento que se ha llevado las mejores críticas es el impresionante escenario construido especialmente para la filmación, del que se hablará más adelante.

De arriba hacia abajo:
- Tom Hanks y Catherine Zeta-Jones:
la pareja romantica del film
- Steven Spielberg dirige a Diego Luna.
El mexicano al lado de Hanks
- Esas si que son buenas juntas
- Resbalarse es frecuente en la pelicula

La historia de Viktor Naborski. El lector todavía no sabe de qué va la película. Viktor Naborski es un turista proveniente de una nación imaginaria —supuestamente integrante de la antigua Unión Soviética—, llamado Krakozhia. A su llegada al aeropuerto JFK de Nueva York, se entera de que en su tierra se ha dado un golpe de Estado y ha empezado una cruenta guerra civil. La inmediata ruptura de relaciones con Estados Unidos deja sin validez su pasaporte y su visa, por lo que las autoridades migratorias le prohíben la entrada al país. Imposibilitado de emprender el regreso a casa (por razones que se entienden ya avanzada la película), se ve obligado a vivir en una zona en reconstrucción dentro del propio aeropuerto, donde permanecerá unos nueve meses, lapso que le permitirá, como era de esperarse, establecer relaciones con toda una comunidad multiétnica que labora allí. El aeropuerto se convierte, así, en un microcosmos, donde el pobre y desorientado Viktor se topará con la opulenta oferta que suele caracterizar el lado occidental (y desarrollado) de este mundo. Entre todos los personajes que servirán de contrapunteo a Hanks destacan el del oficial de migración Frank Dixon, interpretado por Stanley Tucci; la bella aeromoza que se convertirá en objeto del afecto del ingenuo Viktor, Amelia, a cargo de la bella Catherine Zeta-Jones; y el empleado de una de las tantas tiendas de comida rápida, Enrique Cruz, bajo la piel del mexicano Diego Luna, quien se incorporaría al cast después de haber sido llamado por el propio Spielberg —y después de haber superado las audiciones, claro está—. Con semejante punto de partida, cabía esperarse una historia donde se sintieran los ecos de la tragedia del 11 de septiembre y se hablara, entre otras cosas, de los prejuicios y de la discriminación. Según la crítica, Spielberg lo logra hasta cierto punto, pero prefiere no ahondar demasiado. Por el contrario, y como se señala en la nota del The New York Times, se esfuerza por alejar los demonios que ahora parecen estar asociados a los vuelos comerciales —frustración, ansiedad, terror—, y logra presentar un mundo más amigable y optimista, ayudado, eso sí, por el excelente trabajo en la cinematografía de Janusz Kaminski y, en especial, por el extraordinario set meticulosamente diseñado por Alex McDowell.

¡Vaya aeropuerto! “El enorme set es una maravilla de la ingeniería”, dicen en el semanario The Village Voice. Y no les faltan razones. Sin posibilidades de rodar en un aeropuerto real, la primera tarea encomendada al equipo de producción fue diseñar y construir una terminal totalmente funcional donde se rodaría la casi totalidad de las escenas. El set es, entonces, una réplica casi tamaño real de una verdadera terminal internacional, construida en un viejo hangar situado en California. McDowell, el encargado de la difícil tarea, hizo un primer diseño en computadora, y, luego, un modelo a escala, que permitió a Spielberg planear sus tomas con detalle. Kaminski, el cinematógrafo, también fue de gran ayuda, pues por la naturaleza del set —realmente una enorme caja—, era importante trabajar en el sistema de iluminación desde un principio, de manera que estuviese integrado al diseño desde sus primeras etapas. Y eso fue lo que hizo. No fue sencillo. Como se cita en el material de prensa de la cinta, crear el efecto de la luz del sol que atraviesa las ventanas, por ejemplo, exigió la colocación de una tira de luces de 100.000 watts a lo largo del cielorraso. “Las luces se dirigieron hacia arriba y afuera en una enorme bóveda de un material blanco llamado Ultrabounce que envolvía el foro como un capullo. Como su nombre lo sugiere, la luz rebotaba en el material y se difundía para crear un ambiente similar al que da la luz solar”.

Durante 20 semanas estuvieron trabajando más de 200 trabajadores. El resultado valió la pena. La terminal es una estructura arquitectónica real, un edificio de tres pisos de alto con un atrio adentro, fabricado de acero, con ventanas de vidrio y 60 mil pies cuadrados de granito. Hasta se creó toda una infraestructura de alambrado eléctrico, necesaria para alimentar de electricidad al foro y, en especial, a las cuatro escaleras mecánicas que, como las 35 tiendas que fueron recreadas en el set, son verdaderas. “Fue asombroso. Yo había visto un modelo y había pensado, sí, va a ser impresionante. Pero cuando estás allí... es realmente increíble. Tiene cuatro pisos, las escaleras funcionan y todas las tiendas y restaurantes son reales. A mí me encantó porque siempre había un sitio cómodo donde sentarse y, algunas veces, hasta comida china gratis”, ha dicho Tom Hanks con su característico sentido del humor. Sus compañeros de reparto compartieron su admiración. “Parecía tan real que hasta olía como un aeropuerto”, aseguraba Catherine Zeta-Jones.
Estaban en lo cierto. Cuentan que muchas de las tiendas fueron construidas por los mismos obreros que se encargan de esas tareas en los aeropuertos reales, y muchas de ellas estaban equipadas con cajas registradoras, hornos y toda la parafernalia propia del local. Las instalaciones parecerán familiares a los espectadores pues a pesar de que se supone que es el JFK de Nueva York, los diseñadores se inclinaron por una amalgama de varias terminales internacionales. De todos modos, ¿a quién no le va resultar familiar cuando salten a la vista los letreros de Burger King, Hudson News y, por supuesto, Starbucks? l

rchacon@eluniversal.com

La verdadera historia

Mehran Karimi Nasseri es el nombre del refugiado iraní que lleva 16 años viviendo en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Su historia se ha tornado cada vez más confusa, en gran parte porque el propio Nasseri la enreda un poco más en cada nueva entrevista. Se sabe que es un hijo de padre iraní con madre británica y que, incluso, asistió a la universidad en 1974. Su manifiesta oposición al régimen del Shah Mohammed Reza Pahlavi le costó la expulsión del país, y sin pasaporte. Después de pedir asilo en diferentes países europeos, logró que le otorgaran la credencial de refugiado, pero su alegría no duraría mucho, pues al poco tiempo le robarían el valioso documento en la estación de trenes de París. Con la esperanza de viajar a Londres, llegaría un ya lejano día al aeropuerto Charles de Gaulle, donde el siglo XXI le ha tomado completamente instalado. Su hogar se encuentra en el Terminal 1 del aeropuerto, donde duerme, come, vive, rodeado de cartones y bolsas plásticas de todos los tamaños y colores. No tendrá dirección, pero recibe sus correos con puntualidad. Una farmacia vecina toma sus llamadas y siempre tiene a su disposición la comida que le llega de los varios establecimientos de comida rápida que pueblan esa concurrida terminal. No podría hablarse, en su caso, de amigos propiamente dichos, pero el personal del aeropuerto lo conoce de sobra. En 1999, Nasseri recibió de nuevo la credencial que lo acredita como refugiado. El no ha abandonado el aeropuerto porque insiste en que todavía necesita un pasaporte.

Su vida podría cambiar completamente ahora, si decidiese utilizar los 450 mil dólares que dicen le ha pagado DreamWorks por ser fuente de inspiración de la película. Claro, si así lo decidiera.


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