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A veces tengo el e-mail atestado de mensajes
que he ido guardando porque podrían ser de interés
para una futura crónica que no termino de escribir por diversas
razones, sea porque el tema me aburre un poco o porque me siento
obligada a analizar concienzudamente el asunto que tratan y no tengo
tiempo para ello o, tal vez, porque prefiero mantenerme en el cómodo
rol de quien recibe una gran cantidad de material escrito con un
motivo específico, sin tener que estar criticándolo,
digiriéndolo, reelaborándolo. No obstante, llegó
el momento en que debo ocuparme de despachar una de las más
gruesas entradas temáticas de mi ciberbiblioteca. Me dedicaré,
pues, a la tarea de comentar este ítem peculiarísimo
referido al asunto femenino visto por los hombres. Sí, son
esos típicos correos escritos por mano masculina que tratan
de decirnos a nosotras las mujeres que sí valemos, que ¡oh!
¡cuánto valemos!, pero que ¡mira, cómo
valemos!, pero que, bueno, y por qué no van a valer. Y es
que, al parecer, a muchos en nuestra sociedad nos preocupa el lugar
que a la mujer se le ha asignado en ella, pero, últimamente,
a los hombres como que les está resultando engorroso notar
la monumental diferencia que hay en la distribución social
de funciones entre los dos géneros y en la respectiva valoración
que se hace a cada uno de ellos.
Antes que nada, hay que decir que estos mensajes
son muy convencionales, ya que abordan el tema de la mujer desde
una perspectiva superficial, que asume la forma que recientemente
se ha impuesto casi al unísono en los textos exitosos de
esta nueva era: la de la reflexión seudofilosófica
salpicada con pildoritas de autoayuda.
Evidencian los títulos variopintos
la flagrante subordinación que en torno a la mujer ha existido
desde siempre: “Apología del sexo opuesto”, “Elogio
a la mujer brava”, “Mujeres embraguetadas”. Sospecho
que a algunos de estos escritos lo que verdaderamente los sustenta
es el hacernos sentir bien e importantes sólo momentáneamente,
por una parte, con el fin real de que ellos no se sientan tan mal
al percatarse de la sistemática desigualdad que algunos logran
vislumbrar existe entre ellos y nosotras y, por otro lado, para
que luego de sentirnos mejor gracias al discurso reverencial, caigamos
en un abismo mayor al darnos cuenta de que el encomio provenía,
principalmente, de un deseo egoísta del varón por
quitarse de encima la basurilla en el ojo que significa tomar conciencia
de que “en verdad, es que me la estoy pasando lindamente con
esta útil condición”. Circula por allí
un texto titulado “¿Qué es un mujerón?”,
que más bien pareciera tratarse de un marido que disculpa
a su mujer por no ser como Naomi Campbell o Cindy Crawford y que,
al mismo tiempo, intenta convencerse de que ella sí es un
mujerón porque “regresa del supermercado después
de haber pesquisado precios y hacer malabarismos con el presupuesto”
o porque es “quien lleva a los niños a la escuela y
los va a buscar, los lleva a las clases de natación y los
busca, los lleva a la cama y les cuenta historias, reza con ellos,
les da un beso y apaga la luz”. Es obvio que necesita sacarse
la tonelada de culpa que le produce el desear que su compañera
se asemeje a tales modelos y el dejar tan vacío el papel
que le corresponde ocupar en su hogar. Toda esta verborrea luce
más como un modo de alentarnos a seguir adelante dentro del
rol asignado sempiternamente, e impedir que se nos ocurra zafarnos
de las sujeciones que el orden patriarcal nos ha inculcado.
Entonces, cada vez que me llegan mensajes
de este tipo en el que la mujer es halagada, aconsejada, reconocida,
subida a un pedestal/amordazada, arrinconada, abusada y hundida,
me empieza a mí una especie de escozor que me obliga a implorar
compulsivamente que Simone de Beauvoir resucite, por favor, y nos
indique el camino a seguir en un nuevo milenio que se perfila tan
injusto y manipulador para la mujer como aquél en el que
ella vivió. l
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