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Rosa Elena Pérez Mendoza

 

A veces tengo el e-mail atestado de mensajes que he ido guardando porque podrían ser de interés para una futura crónica que no termino de escribir por diversas razones, sea porque el tema me aburre un poco o porque me siento obligada a analizar concienzudamente el asunto que tratan y no tengo tiempo para ello o, tal vez, porque prefiero mantenerme en el cómodo rol de quien recibe una gran cantidad de material escrito con un motivo específico, sin tener que estar criticándolo, digiriéndolo, reelaborándolo. No obstante, llegó el momento en que debo ocuparme de despachar una de las más gruesas entradas temáticas de mi ciberbiblioteca. Me dedicaré, pues, a la tarea de comentar este ítem peculiarísimo referido al asunto femenino visto por los hombres. Sí, son esos típicos correos escritos por mano masculina que tratan de decirnos a nosotras las mujeres que sí valemos, que ¡oh! ¡cuánto valemos!, pero que ¡mira, cómo valemos!, pero que, bueno, y por qué no van a valer. Y es que, al parecer, a muchos en nuestra sociedad nos preocupa el lugar que a la mujer se le ha asignado en ella, pero, últimamente, a los hombres como que les está resultando engorroso notar la monumental diferencia que hay en la distribución social de funciones entre los dos géneros y en la respectiva valoración que se hace a cada uno de ellos.

Antes que nada, hay que decir que estos mensajes son muy convencionales, ya que abordan el tema de la mujer desde una perspectiva superficial, que asume la forma que recientemente se ha impuesto casi al unísono en los textos exitosos de esta nueva era: la de la reflexión seudofilosófica salpicada con pildoritas de autoayuda.

Evidencian los títulos variopintos la flagrante subordinación que en torno a la mujer ha existido desde siempre: “Apología del sexo opuesto”, “Elogio a la mujer brava”, “Mujeres embraguetadas”. Sospecho que a algunos de estos escritos lo que verdaderamente los sustenta es el hacernos sentir bien e importantes sólo momentáneamente, por una parte, con el fin real de que ellos no se sientan tan mal al percatarse de la sistemática desigualdad que algunos logran vislumbrar existe entre ellos y nosotras y, por otro lado, para que luego de sentirnos mejor gracias al discurso reverencial, caigamos en un abismo mayor al darnos cuenta de que el encomio provenía, principalmente, de un deseo egoísta del varón por quitarse de encima la basurilla en el ojo que significa tomar conciencia de que “en verdad, es que me la estoy pasando lindamente con esta útil condición”. Circula por allí un texto titulado “¿Qué es un mujerón?”, que más bien pareciera tratarse de un marido que disculpa a su mujer por no ser como Naomi Campbell o Cindy Crawford y que, al mismo tiempo, intenta convencerse de que ella sí es un mujerón porque “regresa del supermercado después de haber pesquisado precios y hacer malabarismos con el presupuesto” o porque es “quien lleva a los niños a la escuela y los va a buscar, los lleva a las clases de natación y los busca, los lleva a la cama y les cuenta historias, reza con ellos, les da un beso y apaga la luz”. Es obvio que necesita sacarse la tonelada de culpa que le produce el desear que su compañera se asemeje a tales modelos y el dejar tan vacío el papel que le corresponde ocupar en su hogar. Toda esta verborrea luce más como un modo de alentarnos a seguir adelante dentro del rol asignado sempiternamente, e impedir que se nos ocurra zafarnos de las sujeciones que el orden patriarcal nos ha inculcado.

Entonces, cada vez que me llegan mensajes de este tipo en el que la mujer es halagada, aconsejada, reconocida, subida a un pedestal/amordazada, arrinconada, abusada y hundida, me empieza a mí una especie de escozor que me obliga a implorar compulsivamente que Simone de Beauvoir resucite, por favor, y nos indique el camino a seguir en un nuevo milenio que se perfila tan injusto y manipulador para la mujer como aquél en el que ella vivió. l

 
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