| Bajo su hechizo
¿Haría una persona hipnotizada
algo a lo que se opone moralmente?
Max Haines
PenElope
Bamford tan sólo tenía 17 años cuando se casó
con Alan Mitchell el 1° de abril de 1971. La joven aprovechó
la posibilidad de contraer matrimonio por una buena razón:
provenía de una familia en la que el abuso infantil estaba
a la orden del día y esta era su oportunidad de escapar de
la situación. Su padre era un alcohólico que pegaba
regularmente a su mujer e hijos; se alegró al saber que tendría
una boca menos que alimentar.
Penélope y Alan se asentaron en una
pequeña y cómoda casa en Paarl, Sudáfrica,
una ciudad famosa por su vino exportado durante las épocas
menos tumultuosas. Durante 10 años, los Mitchell llevaban
lo que aparentemente parecía una vida feliz. Se produjeron
dos adiciones en la familia, sus hijas Natalie y Jane.
Ahora, les contaré un pequeño
secreto. Para cuando Alan cumplió los 44 años, su
interés sexual hacia su mujer había disminuido hasta
tal punto que era casi inexistente. Penélope, de 27 años,
era totalmente opuesta a su marido en lo que se refería al
sexo. La mujer se sentía totalmente frustrada.
Para los vecinos, Natalie y Harley Brown,
fue una gran sorpresa escuchar a Penélope soltar un grito
aterrador poco después de haber escuchado el auto de Alan
estacionar en la puerta de su casa.
Los Brown se apresuraron a salir y observaron
a Penélope parada encima del cuerpo caído de su marido.
La cabeza de Alan se encontraba abierta y estaba a punto de morir.
Tan cerca de fallecer estaba que murió al rato de ser conducido
al hospital.
Los detectives se dirigieron de inmediato a la escena del crimen
en busca del arma asesina. Quien fuera el que mató a Alan,
aparentemente se llevó el instrumento mortal.
Al ser interrogados, los Brown ofreciaron
respuestas claras y directas de cuando escucharon gritar a Penélope
y acudieron rápidamente en su ayuda. Ellos fueron eliminados
inmediatamente como sospechosos del caso. Penélope, quien
se encontraba sedada, dijo que escuchó cómo su marido
cerraba la puerta del coche. Cuando no le vio entrar en la casa,
salió afuera y lo encontró en el camino al lado de
un arbusto.
El doctor Brian Cheevers, encargado de la
investigación médica criminal, examinó el cuerpo.
Le dijo a los detectives que el golpe en la parte trasera de la
cabeza, probablemente, había sido propinado con un hacha.
Debido a la gravedad de la herida, pensaba que el asesino había
sido un hombre. Penélope, una mujer pequeña, realmente
nunca había sido considerada una sospechosa. Ahora se encontraba
totalmente liberada de culpa.
La policía tuvo problemas estableciendo
un motivo para el asesinato. Alan Mitchell no era un hombre adinerado.
Tan sólo tenía el suficiente dinero como para celebrar
un funeral decente.
En el momento del ataque no se le había
extraído nada en absoluto. Se investigó a sus amigos
y familiares. No parecía tener enemigos. A pesar de todo,
alguien le había esperado escondido casi en la puerta de
su casa y le había asesinado salvajemente.
También se investigó a la familia
Mitchell. No había ninguna pista contraria a que era una
simple familia feliz. Lo único algo fuera de lo usual era
el pasatiempo de Penélope. Ella había recibido varios
reconocimientos locales como hipnotizadora.
Penélope celebraba reuniones al menos dos veces por semana
en su casa. Cuando tenía buenos sujetos, a menudo les hacía
actuar de forma ridícula y encontraba objetos escondidos.
El descubrir que la esposa de una víctima
asesinada es una hipnotizadora amateur no ayudaba en nada a la investigación.
Sin embargo, los detectives recibieron una pista anónima
en cuanto a que, tal vez, un carnicero podría tener que ver
con todo el asunto, y eso era una historia diferente.
La policía investigó dónde
compraban normalmente los Mitchell su carne. Descubrieron que el
carnicero, un hombre llamado Borken, tenía más de
70 años y medía poco más de metro y medio.
Borken no podría haber perpetrado el golpe mortal, pero su
chico de los recados, Noel Hatting, era fuerte y, por cierto, buen
mozo.
Durante algún tiempo la policía no podía entender
por qué nadie en el vecindario de los Mitchell pudo atestiguar
haber visto a algún extraño. Llegaron a la conclusión
de que el asesino debería haber sido alguien que pasara desapercibido,
alguien que tenía todo el derecho de estar allí, alguien
como Noel Hatting.
Noel fue interrogado. Tenía una larga
historia que contar. Declaró que llevaba algún tiempo
teniendo relaciones íntimas con Penélope. Normalmente,
eran encuentros apresurados, debido a que el marido y sus hijas
tenían que estar fuera de la casa. Cuando hacía una
entrega de carne, Noel también entregaba otras mercancías
a Penélope. La mujer lo sedujo la primera vez que le había
entregado carne. Noel era su chico.
Penélope también le había
dicho a su amante que divorciarse de su marido no era una opción.
Alan era un hombre profundamente religioso que nunca consentiría
un divorcio. Cuando Penélope sugirió que la única
forma de deshacerse del marido sería asesinándole,
Noel enmudeció. El nunca formaría parte de un asesinato.
El día del asesinato de Alan, Penélope había
hipnotizado a Noel. El era un excelente candidato y a menudo le
había permitido a ella controlarle. Esta vez, se despertó
y descubrió, para su consternación, que estaba de
pie enfrente de la casa de los Mitchell agarrando un hacha sangrienta.
Alan Mitchell yacía a sus pies con una horrible herida en
su cabeza.
Penélope le dijo que él había
matado a Alan, pero que no iba a pasar nada. Ella tomó el
hacha y le ordenó que se fuera a su casa, se lavara, y quemara
las ropas salpicadas de sangre. Ella le había prometido esconder
el hacha y le había asegurado que ahora no existían
obstáculos para quedarse juntos para siempre.
Noel declaró que no recordaba nada en absoluto. Mareado y
confundido, había puesto el hacha en las manos de Penélope
y había corrido hasta su casa.
La
viuda fue detenida. Su historia era totalmente diferente a la que
había contado su amante. Según Penélope, fue
Noel quien la sedujo. Ella había intentado terminar con su
amorío, pero Noel le había chantajeado amenazándola
con decírselo a su marido. En la tarde del asesinato, ella
había oído a su marido llegando a la casa. Cuando
salió a saludarle, había encontrado a Noel, con el
hacha sangrienta en la mano, justo al lado de su marido. Ella no
había contado antes la historia verdadera porque sabía
que se implicaría a Noel. Temía, además, que
la separaran de sus hijos y la metieran en prisión de por
vida.
Ahí lo tienen: dos historias diversas,
pero los policías no se sintieron convencidos con ninguna
de las dos. Los expertos estaban de acuerdo en que si bien Noel
era un excelente sujeto para hipnotizar, nadie podía ser
persuadido para hacer algo bajo hipnosis a lo que se sentía
moralmente contrario. Ni tampoco Noel sabía completamente
lo que estaba haciendo.
Los detectives comprobaron que el arma del
crimen pertenecía a la familia Mitchell. Noel no podía
haber tomado el hacha sin conocimiento de Penélope. Los dos
conspiradores habían planeado y ejecutado el asesinato juntos.
El 8 de enero de 1982, Penélope Mitchell y Noel Hatting fueron
declarados culpables de asesinato. Cada uno recibió 15 años
en prisión. l
Ilustraciones: David Márquez
|