| Todo
está
en su cabeza
Del cerebro todavía falta mucho
por estudiar, pero cada vez se sabe más gracias a nuevas
y avanzadas herramientas tecnológicas. Estampas ha
querido echar un vistazo a este apasionante tema para compartirlo
con los lectores. Raúl Chacón
Soto
Durante años —no tantos como cabría
imaginarse—, el hombre ha imaginado su cerebro como una especie
de computadora; el receptáculo de un “disco duro”
que contiene las miles de instrucciones que, a su debido tiempo
—y quién sabe por qué mágica razón—,
se activan para permitir el desarrollo y funcionamiento de esa extraordinaria
máquina que es el cuerpo humano y, sobre todo, el florecimiento
de lo que se conoce como la mente, apasionante concepto donde se
conjugan las capacidades —únicas entre los seres vivos—,
de pensar, de sentir emociones, de recordar, de estar conscientes
de la existencia y también de tener una identidad. Pero el
cerebro, más que a una computadora, se parece, en su funcionamiento,
a la “urdidumbre de un telar encantado”, como muy bien
lo describen en el número especial dedicado a la mente en
la revista National Geographic. Y ello porque cualquier actividad
mental puede implicar la participación de una intrincada
red de circuitos neurales —las neuronas se comunican unas
a otras a una velocidad de vértigo— en un área
determinada del cerebro y sus tejidos circundantes. Así que
podría decirse que aquella idea de que a cada parte del cerebro
le correspondía una función cognitiva específica
está... cambiando; ahora se sabe que hasta el simple hecho
de mirar un objeto involucra el trabajo de un complejo entramado
del que todavía falta mucho por aprender.
¿Cómo se produce el milagro
del pensamiento? ¿Cómo es posible que de la simple
materia surja la mente? ¿De qué están hechos
los sueños, las esperanzas, los recuerdos? Estas interrogantes
se las ha formulado desde hace muchísimo tiempo el hombre,
y es ahora, gracias al adelanto tecnológico, que empiezan
a aparecer las respuestas. La manera de entender el cerebro ha cambiado
dramáticamente, y mucho de ello se debe, entre otras, a tres
técnicas revolucionarias: la Imagenología Optica de
Señales Intrínsecas (IOS), la Imagenología
por Resonancia Magnética Funcional (IRMf) y la Tomografía
por Emisión de Positrones (PET). No le tema a los nombres,
de inmediato se hablará de ellas.
Poderosas herramientas
Las primeras dos técnicas permiten registrar la actividad
cognitiva que se manifiesta en el cerebro siguiéndole los
rastros al incremento del flujo sanguíneo que se produce
en el citado órgano cada vez que se realiza cualquier acción.
La principal diferencia entre ambas es que la primera es una técnica
invasiva, pues se practica en pacientes que, de hecho, están
siendo sometidos a una operación del cerebro. En esos casos,
al equipo responsable de la intervención —puede ser
para extirpar un tumor, por ejemplo—, se une otro que se encarga
de registrar, con una cámara, todos los minúsculos
cambios en la manera como la superficie del cerebro refleja la luz
—indicador de aumento del flujo sanguíneo—, lo
que a su vez obedece a la presencia de una actividad cognitiva precisamente
en esa región. Así, cuando el paciente reconoce —y
así lo expresa, con su nombre— al animal que le están
presentando, dibujado, ante sus ojos —a los pacientes que
se someten a estas operaciones se les debe mantener conscientes
por un tiempo para evitar daños mayores—, de inmediato
se produce un destello de luz —un patrón de circuitos
neurales— que hace evidente la parte del cerebro que trabajó
para dar esa respuesta. La información obtenida es enviada
a una supercomputadora —en el trabajo publicado en National
Geographic se habla específicamente del Laboratorio de
Neuroimagenología de la UCLA—, donde es almacenada
junto a la que proviene de otros cientos de pacientes. Pero la mayor
parte de las imágenes que allí se procesan se han
obtenido con la segunda de las técnicas, que, como ya se
ha dicho, no es invasiva, y puede aplicarse a cualquiera. La IRMf
también registra el incremento del flujo sanguíneo,
pero en personas que descansan dentro de la máquina de IRM.
No es tan precisa como la IOS, pero ha permitido estudiar qué
sucede en el cerebro de personas que sufren depresión, esquizofrenia
o que simplemente obedecen a ciertas órdenes específicas:
“mueve un dedo”, “recuerda a tu madre”.
La tercera de las técnicas (PET por sus siglas en inglés),
tampoco es invasiva. Como lo indica su nombre es una tomografía
que se hace del cerebro y que registra, según explica el
neurocirujano del Centro Médico de Caracas, Mauricio Krivoy,
también docente en el Hospital Universitario, la actividad
cognitiva siguiéndole el rastro al consumo de glucosa. El
resultado son cortes de tomografía del cerebro en colores
que ayudan a discernir cuáles regiones están activas
y cuáles no.
Es mucho lo que se ha visto y se ha aprendido
del cerebro siguiendo estos rastros de luz y de glucosa... pero
todavía falta mucho camino por andar. Se necesitan nuevos
instrumentos, mejor tecnología, pues, por ejemplo, ese destello
de luz que delata al circuito neural que está trabajando
se produce en un reducidísimo lapso, y habría que
contar con la máquina que pudiera registrarlo en su completa
complejidad, milésima a milésima de segundo... Con
todo, se sabe mucho más del cerebro... he aquí sólo
algunos aspectos de los que se ha hablado en los últimos
años.
Amígdala
de terror
Los últimos estudios han revelado, por ejemplo, que cuando
el miedo hace de las suyas, las vías neurales implicadas
—el circuito que se vislumbra a fuerza de luz— se encuentran
en una estructura pequeña del sistema límbico del
cerebro —es el área encargada de regular las emociones—
llamada amígdala. A la amígdala, pues, llega la información
que denotará la percepción de peligro. Esta información
puede llegar por la vía rápida —información
visual, auditiva o de cualquier otro órgano de los sentidos
que llega a la amígdala después de hacer parada en
la corteza; o por la más rápida, directamente de los
sentidos tomando los atajos de las regiones subcorticales. En materia
de miedos es mucho lo que se ha aprendido. Se sabe, por ejemplo,
que hay una predisposición a temerle a determinados animales,
como consecuencia de una memoria histórica que viene dada
por la lucha del hombre contra ciertos depredadores —Krivoy
habla de memoria filogenética—; y que esta predisposición
se hace manifiesta una vez que se observa un comportamiento similar
en otros seres humanos. Pero la amígdala no sólo maneja
los miedos. Aclara el especialista que la agresividad también
es manejada por esa pequeña estructura, al punto de que se
ha logrado controlar a pacientes agresivos en extremo “eliminándoles”
la amígdala con radioterapia.
Un hipocampo para
recordar
Este es un pequeño ejercicio: ¿Puede identificar su
recuerdo más antiguo? Haga el intento... piénselo
bien. Probablemente permanezca en su memoria algún acontecimiento
o imagen de cuando tenía cuatro años de edad... de
antes, es muy difícil. Esto no es gratuito. Lo que sucede
es que el hipocampo, una parte del sistema límbico que se
encuentra muy adentro del cerebro —en el lóbulo temporal—,
no ha madurado lo suficiente antes de esa edad, y es precisamente
esa estructura la encargada de almacenar recuerdos de largo plazo.
Pueden existir recuerdos más antiguos, pero están
guardados, precisamente, en la amígdala, y desde allí
no hay paso a la mente consciente. Lo curioso es que si bien no
hay conciencia de ellos, igual pueden influir en la manera como
se actúa y se siente... increíble. Otro aspecto curioso
lo explica Krivoy: los recuerdos más ántiguos —de
la memoria retrógrada— con mayor carga emocional, son
los más difíciles de borrar. “Cuando hay una
enfermedad los recuerdos más antiguos se preservan, mientras
que los más recientes se pierden o se dañan”...
y agrega un ejemplo elocuente: “Un italiano inmigrante, que
lleva más de 40 años hablando español, conservará
sólo su lengua natal después de sufrir un accidente
cerebro vascular, sin importar que su segunda lengua haya sido de
uso diario por tanto tiempo”. Igualmente habla de lo que denomina
“confabulación” y que no es otra cosa que la
capacidad del cerebro por “llenar” espacios vacíos
de memoria —un hecho que genera gran angustia al ser humano—
echando mano a información que no ha sido propiamente vivida
por el individuo. Es lo que sucede cuando una persona —mediante
hipnosis, por ejemplo— retrocede en sus recuerdos, y llega
a un punto donde ya no los hay. Su cerebro, entonces, empieza a
“confabular”, lo que quiere decir que se da a la tarea
de tomar elementos de relatos y cuentos que alguna vez le marcaron
—puede ser una canción que le cantaba su madre, o una
historia que le leyeron— y los convierte en fragmentos de
experiencias propias, como si realmente los hubiera vivido.
En
todos los sentidos
Al cerebro llega la información del mundo exterior a través
de los cinco sentidos. Los científicos siempre habían
querido observar qué pasaba allí arriba en el momento
del verdadero trabajo: es decir, cuando se huele, cuando se mira,
cuando se escucha... y ahora, por fin, lo pueden hacer, gracias,
sobre todo, a la IRMf. ¿El mayor descubrimiento? Si bien
el cerebro está organizado en modalidades sensoriales —una
región específica para cada sentido— esto no
implica que cada una de ellas actúe de forma independiente.
Por el contrario, como explica Krivoy —y es algo que en realidad
se sabe desde hace bastante tiempo—, el trabajo es en conjunto,
siempre asociado a otras regiones como las que tienen que ver con
la memoria, las experiencias previas... Así, mirar un objeto,
por ejemplo, parece simple, pero no lo es. La imagen del objeto
viaja de la retina hasta la corteza visual, donde es descompuesta
en color, forma y orientación. El resultado se envía
a áreas especializadas (a lo largo del lóbulo temporal)
donde se genera la forma del objeto. Pero no es todo, el hipocampo
y la amígdala contribuyen a reconocer al objeto y a disparar
el mecanismo de reacción que provoque su simple observación...
y todo en fracciones de segundo. l
rchacon@eluniversal.com
| Plasticidad |
¿Niños
a quienes se les ha eliminado un hemisferio del cerebro, pueden
desarrollar su habilidad motora, hablar, ver, escuchar...
con normalidad? Definitivamente, sí, dice Krivoy, quien
ha sido testigo de estos casos. El cerebro tiene la extraordinaria
capacidad de asumir en unas regiones las funciones que se
han perdido en otras. “La exigencia hace la función;
una afirmación que vale en sentido contrario: función
que no se use, se pierde”. Esto explicaría por
qué la mayoría de las personas que se jubilan
—sin importar cargo desempeñado— empiezan
a sufrir los síntomas del deterioro a los tres o cuatro
meses del retiro. De allí una máxima que podría
servir de corolario a este trabajo: “Hay que mantenerse
activo física e intelectualmente toda la vida”.
Es cierto, mucho se ha aprendido sobr el cerebro en las
últimas décadas, pero aún quedan enormes
retos por delante. En los próximos años el hombre
habrá aprendido más sobre su funcionamiento
y, casi con seguridad, habrá desarrollado mejores tratamientos
para combatir los males que lo afectan, sobre todo valiéndose
de la manipulación genética y de la utilización
de las células madre. Pero probablemente costará
un poco más darles respuestas a las grandes interrogantes:
¿Cómo de la simple materia surge la mente? ¿Qué
explica la conciencia? Ese seguriá siendo el “divino”
reto.
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