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  Y fueron infelices para siempre
Mónica Montañés

 

No se crea, no se trata de otro de mis artículos hablando horrores del matrimonio. Ni siquiera voy a hablar mal de los hombres. Hoy no, lo juro. Voy a hablarles de un tema que me tiene obsesionada desde hace un tiempo, al punto que escribí una obra de teatro al respecto, Yo, tú, ella, que por cierto está en estos momentos en cartelera en la sala Escena 8 (je, je, disculpen la cuñita). Se trata de esa obsesión tan humana que tenemos todos de ser felices y del miedo -pánico- que puede causar alcanzarla. Miedo -pánico- que puede sonar a paradoja pero que se genera porque a veces, muchas veces, aquello que nos hace felices genera rechazo en aquellos que más amamos y, por lo tanto, optamos por el sacrificio para no quedarnos solos. ¡Qué cosa tan terrible!

Mi interés por este tema vino por una mujer muy cercana a mí, queridísima, que se dio cuenta tarde, tardísimo, cuando ya era vieja, viejísima, de que había perdido su vida tratando de ser querida, aprobada, aceptada por su adorado padre, sacrificando mil impulsos, dejando de ser quien quería ser, cuando encontró una carta donde el hombre confesaba que la mujer que más admiraba era nada menos que la muy libre Isadora Duncan. Comencé a indagar y, como suele suceder con los temas universales, me encontré de pronto rodeada de casos y más casos de otras mujeres y otros hombres en la mismita situación. Hombres y mujeres tan brillantes como para saber perfectamente qué es lo que quieren, pero que no lo hacen por el terror a ser rechazados por sus familias, sus parejas, por la sociedad. Por el terror a quedarse solos. Hombres y mujeres que todavía no son viejos, viejísimos, al contrario, que tienen mi edad, incluso menos, y que por lo tanto están más que a tiempo de lanzarse al vacío vertiginoso de intentar ser felices, de realizarse como personas, y que, sin embargo, prefieren sacrificarse para no quedarse solos. Yo los observo desde afuera, desde mi coraza de escritora, y me dan ganas de llorar porque a pesar del sacrificio los veo solos, íngrimos. Junto a sus parejas, rodeados de sus familias, inmersos en la sociedad, pero íngrimos. Y lo que es peor, amargados, frustrados, furiosos. Con la rabia inmensa que se puede sentir hacia el ser amado que te pidió, tácita o abiertamente, un precio tan alto para poder seguir a su lado. ¿Se puede seguir viviendo al lado de los que amas pero con la frustración y la rabia de lo que te impidieron lograr?

Se puede, claro que se puede. A mi alrededor tengo un gentío que me lo demuestra día tras día. Un gentío que sigue casado, yendo a domingos familiares, saludando en centros comerciales, y que lleva por dentro no un aplauso, sino las ganas mudas, amordazadas, de haber querido ser quien sabe si actriz, cantante, poeta, bailarina, gay, o vaya uno a saber qué sueño que en sus casas sonaba a locura, a desatino. Que cargan en silencio un eterno "si yo hubiera sido, si hubiera podido" pero que tienen la certeza, cuidado si errada, (como el caso de la mujer querida que me desató la obsesión por el tema), de que sus parejas, sus familias, sus hijos, sus amigos, los habrían rechazado y se habrían quedado solos. A todos ellos dedico mi pieza que es, a pesar del drama que encierra, una comedia. Está contada desde la risa por dos motivos. Primero porque yo no sé escribir de otra manera. Segundo, porque pienso que la risa libera, ahuyenta a los espantos y da paso ligerito a la esperanza. Y de eso se trata, de no perderla a pesar de haber tomado en algún momento la terrible, aunque entendible, decisión de ser infelices para siempre. l

 
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