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  Echar a correr
Mónica Montañés

 

No sé si a ustedes les pasa pero yo a veces me harto del mundo, del real quiero decir, llego como a un tope, y me provoca salir corriendo no sé a dónde. En esos momentos es cuando más agradezco el hecho de haber visto a mis padres leer siempre, el haberme inculcado desde pequeña ese amor loco por la lectura, esa pasión por la palabra escrita, esa certeza del libro como refugio cálido, infinito, mágico y posible.

En estos días llegué a uno de esos topes y eché a correr hacia una librería, paseé mi mirada enloquecida por el sinfín de títulos y me topé con uno que me sonó a refugio: Historia del rey transparente. Me rimó a escape y, cuando descubrí que lo firmaba Rosa Montero, escritora española a la que tengo grandes momentos que agradecerle, no me cupo la menor duda de que sería una buena elección. No me equivoqué en lo más mínimo. Es un libro gordo, gordísimo, pero que te atrapa desde la primera frase y no te suelta más nunca hasta que llegas a la última página extenuada y feliz. Feliz por lo bien escrito que está, feliz porque no decae ni en una línea, feliz por la maravillosa anécdota allí relatada, feliz por todo aquello de lo que te vas enterando como quien no quiere la cosa sobre momentos de la Historia con H mayúscula de los que, al menos yo, no tenía ni la menor idea, y por último, aunque en este caso el orden es lo de menos, feliz porque te congracia con el mundo real en el que te ha tocado vivir, tan distante del que allí se relata, aparentemente tan distinto y a la vez tan parecido.

La Historia del rey transparente ocurre en el siglo XII, un siglo del cual, no sé ustedes, pero yo sabía poco o nada. Pero resulta que la Montero, según explica al final en una suerte de epílogo muy personal, no sólo sí sabe sino que es una apasionada de la Edad Media en general y de ese siglo en particular. Fue por eso, y no al revés, que se le ocurrió escribir esta historia maravillosa en ese momento histórico terrible, jugando con los sucesos, fechas, lugares y personajes reales con la libertad de su inmenso talento como escritora. Es decir, las cosas no ocurrieron exactamente como ella las plantea, sino que las presenta de esa manera como para brindarnos, además de un gran cuento, una idea de lo que la humanidad vivió en aquel entonces. Yo se lo agradezco desde aquí profundamente. A través de Leola, la extraordinaria mujer protagonista de esta historia vertiginosa, mágica, cruda y fascinante, uno puede hacerse una idea clara de lo que era no sólo vivir sino ser mujer en el siglo XII y, al mismo tiempo, logra identificarse con ella como si de una mejor amiga del presente se tratase. Leola es una muchacha sencilla, cuya vida se ve abrupta y totalmente transformada por culpa de una guerra absurda (¿habrá guerras que no lo sean?). Para salvar su vida, su pequeña vida, se ve obligada a disfrazarse de hombre, de caballero para más señas, y gracias a ese aparentemente sencillo detalle del disfraz arranca a vivir una aventura alucinante de la cual uno, como lector, no puede despegarse ni siquiera al terminar el libro. Porque, y he ahí quizá lo más grande de este libro, es tanto lo que descubres sobre la historia de la humanidad que no sabías, y tan apasionante la manera en que te es descubierto, que te deja con ganas de leer más y más, de buscar otros libros que te hablen por ejemplo de lo que fueron los cátaros, los “perfectos”, de Leonor de Aquitene, de…

Les cuento todo esto no sólo para recomendarles este libro sino para recordarles el privilegio que tenemos nosotros, los seres humanos en particular, de aprender en los libros sobre tantas cosas. Porque lo que es la humanidad en general no aprende un pepino. El mundo, el real, sigue siendo el mismo. Afortunadamente existen los libros para salir corriendo de él y hasta comprenderlo. l
 
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