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  Mariana mariposa
Rosa Elena Pérez

 

Mariposas, sólo revolotean en mi mente mariposas cada vez que te pienso en el colegio saltando la cuerda con tus amiguitas o saboreando un sorbito de esa limonada granizada que tanto te gusta y que compras en la cantina de tu cole. Sólo pienso en mariposas cada vez que te imagino haciendo las figuras rocambolescas que sueles dibujar sobre las paralelas de tu patio de recreo de 2º, o cuando te recuerdo cantando las melodías del coro paradita muy correctamente entre tus compañeros con tus manitas atrás y tus dos colitas firmes. Sí, Mariana, así te recuerdo los fines de semana que no estás conmigo porque toca el turno de alegrarle la vida a papá. Te recuerdo susurrándome al oído los “te quiero” más dulces y sinceros que haya escuchado. Te recuerdo riendo a carcajadas cada vez que te hago cosquillas en la barriga. Te recuerdo también haciéndome reír cuando pones caras graciosas al tiempo que caminas derechita como un soldado con tu cuerpo de niña de siete años. Siete años de ternura profunda y conmovedora hasta llevarme a escribir una crónica para ti, Mariana, mi corazón de amor, mi conservita de coco, mi lluvia de papeloncito. Porque eres como la miel: oscura, dulce y deliciosamente pegajosa. Y entonces te vas a alegrarle la vida a otros y yo me quedo aquí esperándote tres largos días sin tu voz ni tu sonrisa saltarina, sin tus protestas por los caprichos no cumplidos ni tus palabras con “eses” tan bien pronunciadas al tropezarte con los plurales, sin tus cuentos leídos antes de dormir. Porque ya lees como una señorita, Mariana, como una señorita que entona muy bien e interpreta con certeza la emoción que indican los signos admirativos, y que interroga muy enfáticamente cada una de las preguntas que hay en las líneas de los libros que ahora leemos entre las dos: Manuela color canela o Tafetania la princesa que del comostro fue presa o Miguel Vicente pata caliente o La historia de un caballo que era bien bonito. Y me gustaría recitarte todas las noches Margarita de Rubén Darío y no me dejas porque estás cansada, con razón, de que insista en esos versos, pero es que, Mariana, te me pareces a la princesa Margarita en lo idealista y sensible que eres, en lo honesta.

Psss, ¿te digo un secreto? Tengo un ángel que hace que me dé cuenta de que eres una niña profunda y fascinante, y le pregunto, a veces, cómo podré encauzar sabiamente tanta energía bonita, y él me aconseja y me deja ver que no es complicado tratar con una niña valiente y resuelta como tú. A ratos me preocupa un poco si esa sensibilidad tan honda y tan tuya será buena para ti y de inmediato él me convence de que sí, porque de ese material están hechas artistas como Isadora Duncan o Isak Dinesen, como Teresa Carreño y Manuela Sáenz, y tú eres una de ellas, Mariana, tú que dibujas niñas de ojos grandes y gatos que las acompañan mimosa y acicaladamente, tú que escribes poemas corticos para mami, tú que cantas aguinaldos en navidades y siembras amor en cada acción. Buena como eres, mi niña, me dan ganas de alzarte a cada rato y decirte lo mucho que te quiero delante de todos los amigos y lo orgullosa que me siento de que tengas un corazón tan noble y generoso, de que seas tan comprensiva con los otros, tan solidaria con el mundo y su gente.

Marianita, cada vez que vas al cole, a ese edificio de escaleras empinadas al subir, que ahorita te parecerán grandísimas, pero que cuando crezcas las verás mínimas; cada vez que, desde la entrada del colegio, veo que subes esas largas escaleras, a mí me dan celos tus amiguitos y maestras porque se quedan con una parte tuya que no podré saborear. Pero debes ir allí para que aprendas a sumar y a restar, a escribir composiciones y a hacer collages y a lanzar y atrapar pelotas correctamente. Es importante que vayas para que formes lazos afectivos más allá del círculo familiar, ¿sabes? Montones de asuntos importantes que me ponen contenta de una vez, pues sé que de adulta serás una maestra de la vida. Eso pasará cuando desaparezcan tus colitas y dejes de ponerme caras graciosas, en un tiempo en que, quizás, seas tú quien se encargue de llevarme a mis actividades, y también serás tú la que me despedirá a lo lejos, cuando en la cúspide de una escalera larga como la vida te diga adiós.
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