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A las puertas
de la muerte

Klansman estaba dispuesto a morir antes que delatar a los asesinos. Max Haines

Acompañenme al Condado de Marion, Mississippi, justo antes del siglo pasado. En ese momento el Ku Klux Klan era una organización tan poderosa como las agencias estadales gubernamentales.

Will Buckley y su hermano James eran miembros del Klan. Todos eran conscientes del poder de sus capuchones blancos.

Sin ninguna razón aparente varios miembros del Klan golpearon gravemente al sirviente negro de los hermanos Buckley, Sam Waller. Will y Jim estaban enfurecidos. La paliza fue cruel, un ataque sin sentido.

La mañana después de la paliza Will y Jim se subieron a sus fieles caballos y fueron a Columbia. Dejaron saber que querían que los autores de la golpiza fueran castigados. Si no se sentían satisfechos divulgarían los secretos del Klan. Entonces los hermanos salieron de la ciudad y esperaron a ver si sus peticiones eran cumplidas. El Klan optó por una actitud de pensar que los muchachos sólo se estaban desahogando. Los Buckley se calmarían y el incidente pronto sería olvidado. Estaban equivocados.

Unos cuantos días más tarde los dos hermanos cabalgaron hasta la corte de Columbia con Sam Waller. Entraron mientras las cortes estaban en sesión e hicieron un discurso imprevisto. Jim numeró a los atacantes de Sam y exigió que fueran castigados. Los dos hermanos cabalgaron de vuelta en sus caballos lentamente. La granja de los Buckley estaba a algunas millas a las afueras de Columbia. Ya que Sam les seguía a pie, ellos viajaban muy despacio a través del territorio deshabitado. A poca distancia de ellos se escucharon tiros cerca de unos arbustos. Sam corría para salvar su vida. Will cayó al piso, herido mortalmente. Murió una hora más tarde.
Cuando los dos hombres salieron de atrás de los arbustos, Jim intentó agarrar la pistola de su hermano del cinturón. Desafortunadamente tuvo problemas al intentar dar la vuelta a Will para agarrar su pistola. Desesperado se enfrentó a los dos hombres. Afortunadamente ellos perdieron su valentía y corrieron hasta perderse en el bosque.

El sheriff del condado pronto se hizo cargo del caso. Siguió las pistas de los asesinos hasta llegar a un riachuelo, encontrándolas de nuevo donde uno de los hombres abandonó el riachuelo cerca de un asentamiento. Will Purvis, de 19 años, un miembro conocido y ávido del Ku Klux Klan, vivía en una de las casas. Dos días más tarde, cuando unos perros llevaron al sheriff hasta la casa de Will Purvis, fue llevado hasta la justicia y acusado de asesinato. 

En agosto, 1893, Will Purvis se presentó a juicio por asesinato. Cientos de ciudadanos honestos, temerosos de Dios querían que fuera ahorcado, aunque sentían que un miembro del Klan nunca sería condenado a muerte.

Según iban apareciendo las evidencias era aparente que había un caso fuerte contra Purvis. Las pistas que salían de la escena del crimen correspondían precisamente a un par de botas, propiedad del acusado. El vecino de Purvis, Jeff Hanton, testificó que Purvis había ido a él antes del asesinato cuando estaba trabajando en el campo, diciéndole: “Si pasara algo esta noche quiero que testifiques que estaba aquí”.
Hanton era un ciudadano respetable. Su testimonio fue de gran importancia. El hermano del hombre muerto testificó que había estado cara a cara con el asesino y de inmediato reconoció a Will Purvis. No cabía duda en su mente. Casi la única cosa a favor de Purvis era la evidencia de varios de sus ayudantes en el campo, que juraron que Purvis estaba trabajando en el campo con ellos en el momento del asesinato. El jurado no les creyó.

Purvis fue declarado culpable y sentenciado a la horca. Todas las apelaciones fracasaron. El gobernador del estado se negó a intervenir y el hombre acusado, aún profesando su inocencia, se preparaba para encontrarse con el Creador.

Will Purvis se dirigía a las escaleras de la horca señalada enfrente de la corte de justicia de Columbia. Un gran multitud se había reunido para presenciar cómo Purvis moría ahorcado. El hombre maldito se dirigió rápidamente hacia la trampilla. Se le puso una capucha sobre su cabeza. Se abrió la puerta y Purvis cayó a través de ella. Todo su peso rebotaba según se estiraba la cuerda. Entonces se rompió la cuerda. Purvis, pálido como un fantasma y temblando sobre sus pies, se levantó y miró alrededor. Dándose cuenta de que no estaba ni en el cielo ni en el infierno murmuró: “Terminemos con esto”.

Alguien gritó: “Este hombre ya ha sido colgado una vez”. Otros miembros de la multitud empezaron a gritar lo mismo. En vez de ser ejecutado Purvis fue conducido a su celda.

Con el tiempo la Corte Suprema ordenó que se llevara a cabo la ejecución. En el día de su segundo encuentro con la muerte Will escapó de sus custodios. Su caso se convirtió en un candente acontecimiento político. Cuando los políticos que habían defendido su causa llegaron al poder, él se entregó, recibió un perdón y fue liberado de la prisión. Purvis fue uno de los pocos hombres en la historia que fue colgado y vivió para poder contar su experiencia. Pero su caso estaba muy lejos de haber terminado.

Después que Purvis recuperara su libertad muchos expresaron la opinión de que él sabría quiénes eran los verdaderos asesinos, pero fiel al código del Ku Klux Klan se negó a revelar los nombres de los asesinos. También se creía que el respetable Jeff Hanton había dicho la verdad. Purvis había acudido a él para crear una coartada para el momento del asesinato porque sabía cuándo se iba a producir y quería protegerse él mismo. Purvis no quiso decir que era él quien iba a hacer una emboscada a los Buckley.

¿Y qué había de la identificación válida de Jim Buckley? Claro, que si hubiera sido capaz de identificar al asesino en el momento de la muerte no hubiera sido necesario para el sheriff emplear perros para seguir las pistas dos días más tarde. ¿Era posible que el hermano del hombre asesinado había echado la culpa al primero que se le puso enfrente para pagar por su pérdida?

Pasaron 27 años hasta que se supo la verdad. Un hombre, cuyo nombre no podemos usar, ya que nunca fue culpado por el crimen, se presentó ante la congregación de su iglesia y declaró que él había sido el hombre que hizo la emboscada a los hermanos Buckley hacía 27 años. Juró que Will Purvis había sido elegido para ser uno de los asesinos, pero se había retirado del plan. Purvis había preferido ser colgado antes que delatar a los dos asesinos.

Veintiocho años después de la emboscada Purvis fue recompensado con 5.000 dólares, una suma bastante impresionante por vivir la experiencia traumática de ser colgado.

Ilustraciones: David Márquez

 
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