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Los animales y la violencia
Rosa Montero
Los animales y la violencia
Recientemente se ha llevado a cabo en Escocia una meticulosa investigación
sobre la posible relación entre
la violencia contra los animales y la violencia en general.
Han intervenido psiquiatras, médicos de familia, asistentes sociales,
policías. Los resultados han sido espectaculares: el 86% de las
mujeres maltratadas que tenían un animal de compañía habían denunciado
que éste también había sufrido daños. Y entre un 30% y un 88% de
los tipos condenados por exhibicionismo, acoso, violación, asesinato
y abuso familiar tenían antecedentes de maltrato a animales. Y eso
que en Escocia, como en todo el Reino Unido, está muy desarrollada
la cultura del respeto a los animales. Que se haya realizado este
complicado y costoso estudio es una buena prueba de esa sensibilidad.
Me temo que, si se hubiera hecho el mismo estudio en los países
hispanos, el porcentaje de actos de barbarie contra los bichos hubiera
aumentado significativamente. España es, de todos los estados de
la UE, el que posee un sistema legal menos proteccionista. Somos
los menos desarrollados de Europa en este campo, y es un territorio
muy significativo, porque estoy convencida de que uno de los más
ajustados termómetros para medir el grado de civilidad de un país
es el modo en que trata a sus animales. La feroz tradición taurina
no nos favorece nada a los latinos (y lo digo a sabiendas de lo
que hablo: soy hija de un torero); pero aún mucho peor que las corridas
de toros reglamentadas y legales son las llamadas fiestas populares
de los pueblos, en donde se cometen las mayores salvajadas.
No consigo entender cómo la gente puede encontrar regocijante torturar
sádicamente a un animal. Acuchillar con lentitud a un toro hasta
la muerte, por ejemplo, como se hace en Tordesillas; el animal puede
tardar una hora en morir atravesado por lanzas que pueden entrarle
por la tripa y salir por el lomo (qué dolorosísimos estragos deben
de producirle en las entrañas cada vez que se mueve), mientras centenares
de energúmenos le siguen persiguiendo y apuñalando. O colgar patos
vivos de una cuerda, boca abajo, y jugar a arrancarles la cabeza,
como se hace en el País Vasco; y lo peor es que no se la suelen
arrancar del primer tirón.
A todas estas bonitas celebraciones, y a otras muchas igual de monstruosas,
llevan los lugareños a sus niños. No me extraña que crezcan aprendiendo
a pegar, a violar, a torturar, como las investigaciones demuestran.
Además, es probable que sus padres ya les hayan maltratado también
a ellos. Y a sus madres. Y a los abuelos. La violencia contra los
animales es un continuo de la violencia general, que se ceba siempre
en los más débiles.
O, para decirlo de otro modo: no todos los que aman a los animales
son por desgracia buenas personas (Hitler adoraba a los perros),
pero todos los que les tratan con crueldad son, sin lugar a dudas,
unos miserables y unos tipos socialmente peligrosos.
Las últimas investigaciones sobre el genoma demuestran que entre
los seres humanos y el resto de los animales hay una perfecta y
armónica continuidad. No somos los únicos seres de la Tierra capaces
de pensar y sentir. Está fuera de toda duda que los animales superiores
son inteligentes; que fabrican herramientas para ejecutar determinadas
tareas; que desarrollan fuertes lazos afectivos unos con otros;
que sienten el dolor, el amor, la furia, el miedo, la esperanza,
los celos.
Hay primates capaces de mantener conversaciones con el lenguaje
de signos de los sordomudos; y elefantes que ejecutan complicados
ritos de duelo cuando muere uno de los suyos. ¿Vamos a seguir siendo
tan ignorantes y tan insensibles como para seguir maltratando a
las otras criaturas de esta manera bárbara? Dentro de un par de
siglos, nuestros descendientes pensarán en nosotros y se horrorizarán
de nuestra crueldad, como nosotros nos horrorizamos hoy de aquellos
antepasados nuestros que consideraron que la esclavitud era algo
admisible.
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