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En materia de pescados, puede llegar a ser el rey. ¿Quién no ha tenido el placer de comerse a la orilla de cualquier playa de Venezuela una rueda de carite frita o a la plancha acompañada por tostones y profusa ensalada? O para meterse en otras profundidades: cómo rehusar un sancocho de pescado frito, ese clásico de la gastronomía neoespartana que se confecciona con carite "freído" en el caldero un día antes -¡sí, como se lee, porque si no, no es lo mismo!-, al que se le incorporan, al son de quien sabe de cocciones, la variedad de verduras que este plato conlleva, amén del ajo, la cebolla y el ají dulce que tanto gusto le aportan al caldo. La alquimia que aquello produce en los fogones es difícil de describir, pero cómo alegra un sancocho hasta al más circunspecto estómago a cualquier hora del domingo.

Foto: Contratipo
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Foto: www.scx.hu |
A nadie le molestaría que el cambur fuese escogido como fruta nacional, pues tanto
el sabor como la
textura de este manjar asiático -que muchos
ya hemos adoptado como nuestro- forman parte de la cotidianidad venezolana. Pero,
más aún, el cambur es materia esencial de varios de
los postres criollos más suculentos y, cuando está
verde, también se hace sentir en algunos platillos
salados, especialmente en los sancochos. En el país
sus variedades son tantas, que es difícil para muchos reconocerlas: el recorrido comienza por los más populares, que generalmente se comen crudos, como el llamado cuyaco, que es amarillo, bastante largo y con la piel gruesa; le sigue el manzano, más pequeño, regordete
y de piel fina; no podía faltar el guineo o pineo, cuyas pintas negruzcas lo delatan; y, finalmente, el titiaro barloventeño, que por ser el más pequeñito y dulce
de todos es uno de los más buscados. Hay que hablar también de esos que se comen sancochados, entre ellos
el topocho verde -coloquialmente llamado hartón-, que nunca está de más dentro de una sopita, como remedio ideal para los males de estómago; y, por supuesto, los
más negritos, como el cambur morado y el llamado mataburro, cuyo sabor amargo tiende a hacerlos menos demandados. En todo caso, a quién no le gusta coronar una comida con un trozo de torta de cambur, merendar
una clásica merengada espolvoreada con canela o, simplemente, comerse un camburcito con cereal
y leche para comenzar el día con buen pie.
Para quienes son fanáticos de esta fruta y les encanta comerla frita, con canela y azúcar, pueden probar un invento nacido de la chispa criolla. Tome una taza de hojuelas de maíz y pulverícelas en la licuadora; coloque
en una sartén a fuego bajo un poco de mantequilla y cuando se haya derretido añada unos cuantos trozos de cambur maduro -si es de los más dulces, mejor. Cuando
se hayan cocinado un poco, agregue un par de cucharadas de azúcar morena, espolvoree con canela
y, luego de que se haya disuelto todo, puede incorporar
las hojuelas molidas, siempre revolviendo con una cuchara de madera. Sabrá que el postre está listo
cuando el polvo se haya compactado con el resto de
los ingredientes y se haya formado una capa crujiente alrededor de los cambures. Llévelos a la mesa tibios
y disfrute de los comentarios de toda su familia.
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Brebaje es la palabra que mejor define a esta bebida típica venezolana que, siendo de origen indígena, hasta no hace mucho estuvo vigente en la cotidianidad de numerosas ciudades del país, especialmente en los poblados del interior. No falta quien lo confunda con la chicha -aquella que originalmente se preparaba con maíz fermentado-, pero en realidad el carato resulta más refrescante y puede incluir entre sus ingredientes la pulpa de alguna fruta, desde piña y guanábana hasta lechosa y mango. Rafael Cartay afirma que el más popular es el carato de acupe, una versión caraqueña de la época colonial, que bien fermentadita -luego de un par de días a temperatura ambiente- era capaz de envalentonar a todos los que salían de las tradicionales misas de gallo, convirtiéndose en el complemento ideal de las parrandas decembrinas. También está el carato de ocumo chino, que aún se elabora en Paria, y el de yuca y batata que hacen los indígenas del estado Amazonas,
utilizando como base el c asabe
tostado. Una receta sencilla, para los que quieran recordar viejos tiempos, consiste en cocinar en una olla un kilo de harina de arroz con abundante agua, cinco gramos de pimienta guayabita, una cucharadita de sal y un cogollo de naranja tierno. Cuando el atol resultante esté frío, se le añade más agua y se cuela, para luego incorporarle un melado de papelón (que no esté
muy grueso); y, si hace falta, se
agrega más agua y se refrigera
hasta que esté listo para servir.
Los espíritus curiosos que quieran
saber el origen de esta preparación,
deben saber que se trata del carato
de casaquita, famoso en la Caracas colonial, cuyo
nombre proviene de la casaca que vestía su vendedor.
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