
Este pancito salado, generalmente relleno con tiras de jamón, es propio de las panaderías venezolanas. Surgido de la idea de aprovechar los recortes de masa y jamón sobrantes, a la hora del desayuno es ley, con su siempre bienvenido cafecito al
gusto o "un cuartico de jugo".
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Luego de haberle quitado al chocolate el lugar privilegiado que ocupaba en las mesas de todo el globo, el café irrumpió con fuerza en la cocina venezolana para convertirse en uno de los símbolos inequívocos de la hospitalidad en esta tierra de gracia.
Un cafecito dulce, servido en pocillo, es, para la gran mayoría de los criollos, una bebida de dioses y un sinónimo de bienvenida que, además de despejar la mente y avivar el espíritu, es la excusa perfecta para una prolongada tertulia. Nos despertamos con el olor del café recién colado y éste suele seguirnos adonde quiera que vamos: no hay sobremesa ni merienda que lo excluya, tampoco es posible pensar en un estudiante o un empleado que durante algún trasnocho obligado no recurra a él para sacudirse el sueño y, mucho menos, eliminar el recuerdo de un desayuno una cena infantil
que no tenga una taza de café con leche, una hogaza
de pan y un poco de queso blanco rallado como protagonistas.
Pero llegar a un cafecito bien servido, al menos en Venezuela, no es tan sencillo; requiere tanto de destreza como de una paciencia extremas, pues, por lo general, cada variante responde a la concentración, a la manera
de servirlo y, por supuesto, al capricho particular de quienes lo piden. José Rafael Lovera, en su libro Gastronáuticas, habla de cerrero para referirse a un café bien negro, servido en vaso corto y sin azúcar; de un negro tinto, que sería el equivalente al café expreso; un guayoyo, que sigue siendo negro, pero mucho más claro;
y un guarapo, que es menos concentrado
que el anterior, pero
endulzado con papelón.
Al agregar leche la variedad
sigue creciendo, incluyendo al clásico marrón, que es un café fuertecito y con poca leche que, muchas veces, se acompaña de adjetivos como oscuro y claro, dependiendo de la cantidad de leche que se le añada; también está el café con leche, que resulta
bastante claro, y el tetero, prácticamente una taza de
leche caliente con aroma de café.
Si bien tener tantas variaciones y modismos
para pedir el café no es algo exclusivo del
venezolano, al menos nadie puede decir
que no somos creativos.
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