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Desde hace un par de meses Mario, el esposo de Coromoto, está trabajando en el exterior. El hombre aceptó la oferta de una multinacional para encargarse de un proyecto en el golfo deMéxico, y por un semestre —como mínimo— dejará de dormir en su cama, al lado de su mujercita.
Como es natural, el hecho alteró el ánimo y la vida diaria de mi amiga, que en diez años nunca se había separado de su pareja por más de cuatro días seguidos. Un parapeto de hombre siempre hace falta, dijo repitiendo las palabras que más de una vez había oído a su mamá y su abuela. Aunque sea para pelear con él. Así que, desde el principio, se armó de valor y, como los alcohólicos, se empeñó en vivir el día a día.
Para coparse la agenda y paliar la ausencia, hizo una lista con actividades obligatorias. Así encara dos asuntos a la vez: asume tareas que venía posponiendo desde hace tiempo y ocupa el cuerpo y la mente con trámites, diligencias, mandados, minucias.
Su listado es largo: trasplantar un árbol de ficus, cambiar las plantas de la jardinera de la entrada, atender la filtración en el baño de visitas, comprar dos archivadores, conseguir un electricista confiable que solucione el cortocircuito en la puerta del garaje, hacerse la mamografía anual que tiene cuatro meses de retraso, ir al oftalmólogo porque los lentes que venden en la farmacia ya no sirven para su presbicia, convencer al abogado que es amigo de su marido para que por fin termine de notariar el poder que le dejó Mario, cambiar las correas resecas del ventilador del carro, contratar a un consultor de feng shui para que le haga un estudio a su casa y —por último— ir al gimnasio y resolver de una vez por todas el tema de la celulitis y los pellejos que cuelgan.
Sobra decir que Coromoto jamás ha sido mujer de ejercitarse. A ella, al contrario de su marido o su hija, que se sienten “livianitos” después de un partido de tenis o una sesión de tai-chi, la aburre escalar el cerro, caminar en círculos oyendo un walkman o encaramarse a una máquina para “trabajar” los músculos. Nunca en su vida le ha visto gracia al ejercicio físico y es la última persona que uno imagina haciendo abdominales, y sudando —literalmente— la gota gorda. Coromoto sólo transpira si está asustada o si se le echa a perder el aire acondicionado del carro.
Por eso cuesta creer que desde hace dos meses asista religiosamente al gimnasio —o al gym, como le gusta decir para pavonearse— y se mueva entre tipos “kilúos” con cinturones de cuero que les marcan la cintura de avispa y mujeres con los pechos y las nalgas en su puesto que usan camisetas ceñidas y pantaloncitos de lycra.
El día que se inscribió, el instructor especificó “hay que ir poco a poco”. Al oírlo, Coromoto sintió que hacía referencia a las hojas de su almanaque. No hace falta que le confiese la edad, pensó. Al tipo le bastó con ver la pinta (franelas de hombre, monos de gimnasia) y las ojeras (que no son producto de mucho trabajo ni de una noche de farra) para darse por enterado de su grupo etario. Y no sólo el entrenador. Sus compañeros de faena —treintañeros a lo sumo— también. Todos se dirigen a ella con deferencia y solicitud. La llaman “señora”, la tratan de “usted” y le ofrecen de manera espontánea consejos condescendientes: “encoja la barriguita”, “no doble la espalda”, “podemos alternar, para que usted descanse”, “tómelo con calma, que después le puede doler”.
Pese a todo, mi amiga no se amilana. Soporta estoicamente, y a diario cumple con su programa de ejercicios: 15 minutos de bicicleta para calentar y después a entromparse con cuanta máquina o ejercicio le impongan.
-Lo importante es que sudes, eso es lo mejor —la alentó Mario a través del hilo telefónico.
-No, amorcito —le respondió ella desde Caracas— lo que importa es llenarme las horas y tratar de ponerme buenota para cuando tú regreses. O por lo menos, creerme lo de buenota. l
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