Lo doméstico
no quita lo viril
En este milenio las labores del hogar se llevan a cabo en equipo... al menos en algunos casos. He aquí cuatro caballeros que no sólo “llevan los pantalones del hogar”, sino que eventualmente también los lavan. Pablo Blanco. Fotos: Natalia Brand
Cuenta la historia que las mujeres primitivas fabricaban utensilios mientras sus hombres de las cavernas cazaban el mamut para la cena. “¡Nadie las manda!”, gritaría algún machista conforme con el hecho de que el rol “doméstico” haya sido asumido mayormente por las féminas desde tiempos remotos. En pleno siglo XXI el cuento ha cambiado. Ahora ellas, además de “cazar el mamut”, también lo cocinan, lavan la ropa, planchan y hacen la tarea con sus hijos. La llamada “super mujer” tiene rato evolucionando en este consternado planeta. No obstante, el sexo opuesto, cómodo en su papel de proveedor del hogar, se ha desligado un poco de esa vieja “norma” de que los quehaceres de la casa le corresponden exclusivamente a las damas. Es así como ambos géneros han asimilado que deben “gerenciar” este tipo de tareas.
Jessica Díaz Nagel, psiquiatra de la Unidad de Estudios y Terapia Cognitiva y Sexual, asegura que “es posible que el hombre que colabore con las labores domésticas sea visto como un ser poco viril por algunos de sus congéneres. La desaprobación se observa de distintas formas: pueden hacer chistes a costa suya, por ejemplo”. Ciertamente, tampoco es tan fácil cambiar algunos paradigmas. Carlos Silva, psicólogo social, investigador del Instituto de Psicología de la Universidad Central de Venezuela, aclara que “si bien, durante las dos últimas décadas del siglo XX, ha habido una apropiación o conquista de espacios tradicionalmente masculinos por parte de la mujer, quizás es muy pronto para afirmar que los hombres decidieron asumir las labores del hogar como si se tratase de un asunto de lo más normal. Las féminas siguen ejerciendo el poder sobre del mundo doméstico: ‘Tan lindo como friega, pero no lo hace como se debe hacer’, soltará alguna experta en la materia. La igualdad de roles es utópica. Lo que sí se puede dar es la diversidad justa. Un hogar justo es aquel en el que siempre estamos dispuestos a hacer por el otro lo que el otro hace por nosotros”. Partiendo de esta última premisa, se puede afirmar que los entrevistados para este reportaje pertenecen a esos “hogares justos”. En todo caso, es mejor que lo digan ellos mismos.
Caso 1
Fregar es divertido
Cuando de lavar platos se trata, el músico Andy Durán es toda una autoridad. Y es que no sólo de Latin Jazz vive este hombre. Para él, lo doméstico —como la música— se ha transformado en un placentero estilo de vida. La práctica de una cosa no supone el descuido de la otra. Según cuenta entre risas, su esposa, que trabaja como secretaria en una clínica, ya asumió su “derrota doméstica”.
“Cocinar me hace feliz, es como dar un regalo a los seres que amo: mi mamá, mi esposa, mis dos hijas, mi nieto, mis hermanos, mis amigos. Claro que esto tiene como consecuencia que ahora me agarraron pa’ cien: ‘Mi amor, ¿por qué no cocinas una paellita este fin de semana?, ‘Papá, prepáranos un lomito teriyaki’, ‘Andy, haznos un risottico’. Son las especialidades que me han permitido descubrir, después de 34 años de casado, que cocino mejor que mi mujer. Ella ya asumió que yo lo hago mejor, me lo confesó recientemente (risas)”.
Pero, después de tanto placer culinario, retumba en el comedor una pregunta a la que todos temen: “¿Quién va a fregar?”. En su familia, el único que no teme levantar la mano es Durán, quien hasta creó una suerte de “manual” del lavado de platos que bautizó Fregar es divertido. Estas son algunas de sus recomendaciones:
• Mentalícese: Fregar es una actividad que le tocará hacer tarde o temprano.
• No se asuste; está comprobado que el odio que existe alrededor de esta tarea doméstica es un mito, sustentado en errores cotidianos.
• Antes de comenzar, trate de colocar una música que evoque el placer: Escoja entre Diego El Cigala o Martirio, ya deje descansar a Olga Tañón.
• Erradique esa mala costumbre de dejar que el fregador se le llene de peroles sucios. Conforme termine de comer, lave su plato.
• Si le toca recoger los platos de la mesa y llevarlos al fregador, ni se le ocurra colocarlos uno encima del otro para trasladarlos, eso hace que el que está abajo ensucie de comida al que tiene encima, lo cual le dará doble trabajo.
• Por rebuscado que le parezca, desocupe toda el área del fregador y acomode cada plato uno detrás del otro. Bote los residuos de comida y enjabónelos previamente. Posteriormente, sí puede colocarlos uno encima del otro.
• Déjelos “reposar” enjabonados. Esto contribuye a eliminar los olores que deja la comida. Mientras tanto, puede ir aplicando el lavaplatos en vasos y cubiertos, eso sí ¡con otra esponja!
• Proceda a abrir el grifo y enjuague con sensualidad.
• Deje que todo se seque al natural. Evite colocar los vasos boca abajo después que los lave, ya que eso hace que acumule una cantidad de agua que termina siendo desagradable al nuevo usuario.
Para terminar, el maestro explica que, si al espíritu doméstico se le agrega una pizca de yoga, el resultado puede ser óptimo. “El yoga invita al equilibrio y al orden en todos los aspectos de la vida. Claro, tampoco los extremos son buenos; si uno se vuelve vegetariano termina transformándose en un aguafiestas permanente. Te lo digo a mis 57 años”.
Caso 2
La eficiencia de Pepe
Ya es una costumbre que los congéneres de José Entrialgo (Pepe, para los cercanos) se asombren cada vez que él comenta que colabora con las tareas de su hogar. A sus 47 años, este ingeniero civil venezolano, de ascendencia ibérica, es de los que opina que el hogar es una materia que marido y mujer deben asumir como un equipo. Más cuando tanto el marido como la mujer trabajan en la calle. No obstante, su esposa, quien es psicólogo clínico, asegura que él es más “apasionado” que ella en estos menesteres. Si, por accidente, se derrama algún líquido, Pepe tarda segundos en limpiarlo del piso, cuando la ocasión lo amerita prepara una suculenta tortilla española. Además, saca a pasear a la perra, tiende las camas, hace el desayuno todos los días, improvisa con la decoración de la sala y ayuda a su hija de 11 años a hacer las tareas del colegio.“Cómo le agradezco a mi suegra esa educación que le dio”, comenta su esposa. Que lo diga Pepe.
“Llevo a cabo estas labores de manera organizada para, luego, pasar más tiempo con mi esposa y mi hija. No tengo un plan especial para hacerlo, lo hago cuando se puede. Pienso que el hecho de que me llamen ‘amo de casa’ no es algo que me reste cualidades, por el contrario, me las agrega. No existe ningún truco doméstico que pueda darte, mas sí hay dos aspectos fundamentales que señalar respecto a las responsabilidades del hogar: tener, al mismo tiempo, la disponibilidad para cumplirlas y la flexibilidad para no convertirse en un esclavo de las mismas”.
Caso 3
Lavando espero
a la mujer que quiero
“¿Les provoca algo de tomar? ¿Cafecito, agua? Pónganse cómodos, siéntense en donde ustedes quieran”. Así es la bienvenida que da Mario Rosato a sus invitados. En 2002, el destino le puso una prueba fuerte: la línea aérea en la que trabajaba como mecánico aeronáutico cerró sus puertas y, poco tiempo después, su mujer quedó embarazada. La cosa no estaba fácil, pero Rosato, de 33 años, ya era un experto en eso de resolver dificultades. Fue entonces cuando entre él y su amada decidieron, sensatamente, que ella, que es periodista, continuaría trabajando en el área corporativa, fuera de casa, y él se ocuparía de la crianza del bebé y de los oficios del hogar.
“Actualmente, me levanto a las cinco de la mañana hago las arepas, el café con leche, y les preparo las viandas de comida a mi esposa y al niño, que ya tiene cuatro años. Cuando ellos se van, hago las camas, barro, lavo las pocetas y paso un trapito sobre la mesa. Dependiendo del día, baño a las dos perras que tenemos. Y en las tardes, después de darle el almuerzo a mi hijo, abro mis consultas como babalawo (rango especial de la religión Yoruba) hasta que haya gente. Con eso genero un ingreso que llega a representar entre dos y tres salarios mínimos. Así que se puede decir que mi ‘oficina’ está en casa. ¿Trucos? Bueno, más bien te podría dar recomendaciones que tampoco es que son tan extraordinarias. Para lavar, por ejemplo, tengo todo un ritual que se guía por las siguientes normas:
• Escoja un día a la semana para hacerlo. Por lo general toma toda la mañana y toda la tarde.
• Establezca prioridades: si su esposa es la que trabaja, lave primero la ropa de ella y los uniformes del niño para ir al colegio. Deje su franelita y su jean de último.
• Separe la ropa por colores al momento de lavarla, para evitar que se manche.
• Recuerde que a la ropa blanca es a la única que se le echa cloro.
• Evite que sus prendas se llenen de desagradables pelusas: no lave las toallas junto con las franelas, ni estas últimas con las medias y lave las prendas oscuras al revés.
• No lave la ropa nueva con la vieja. La primera puede “teñir” a la segunda.
• Si tiene muy pocas prendas sucias póngalas en un ciclo corto de lavado y con un bajo nivel de agua.
• Ahorre detergente. No es necesario que gaste grandes cantidades para una sola lavada. Asegúrese de leer las instrucciones de uso en el empaque del producto donde se le indicarán medidas y procedimientos.
• Las prendas de seda sí se pueden meter en la lavadora, pero sólo en un ciclo corto y agregándoles, únicamente, suavizante.
• Si por algún error, una vez que la ropa está seca usted se da cuenta de que agarró pelusa, tome un trozo de tirro y proceda a pegarlo y separarlo de la prenda para quitarla.
Los consejos de Mario parecen nunca agotarse: el pescado que se compre debe oler a salitre, haga sus compras de charcutería en un supermercado en el que todo esté a la vista, para que chequee si la marca que le están dando es de su preferencia y si el charcutero se puso los guantes. Gánese al carnicero, si usted se lo propone él puede llegar a ser su mejor amigo. La lista no para, y Mario tampoco. “Si hoy me preguntas si quisiera cambiar esta realidad, probablemente te diría que no. Claro, cuando la situación económica se pone muy difícil no puedo evitar sentirme mal; me recuerda que mi esposa gana más que yo. Pero ella es una excelente persona y sabe que esta fue una sabia decisión. Además, nadie me quita la sonrisa de la cara cuando cuento que he vivido el crecimiento de mi hijo paso a paso”.
Caso 4
Carlos, una madre
en potencia
Son casi las cinco de la tarde, el clima está fresco, lo que queda del día está tranquilo y Carlos Oropeza nos recibe en su pulcro apartamento con un exquisito dulce de durazno. De fondo se escucha, a un volumen perfecto para conversar, un jazz con el que los visitantes se sienten “arrullados”. No en vano en casa hay un bebé cómodamente instalado en su coche, mientras papá trabaja en la computadora y atiende llamadas telefónicas para pautar futuras reuniones de negocios.
No es la primera vez que a Carlos, de 43 años, le toca vivir entre teteros y teclados. Ya hizo el “postgrado” con los dos hijos de su primer matrimonio, quienes actualmente son unos adolescentes. Es arquitecto, diseñador gráfico y chef. La responsabilidad del hogar la comparte con su esposa, quien es psicólogo clínico, y con quien establece horarios: si ella tiene consultas, él se queda en la casa, en caso contrario él sale a reunirse con sus clientes.
“Siempre bromeo diciendo que soy ‘una madre en potencia’, lo cual es cierto. He aprendido a disfrutar de la crianza de mis hijos a plenitud. Me ‘gradué’ con honores: aprendí a cambiar pañales, a distinguir si el llanto es de hambre o de sueño, recorrí cuanto pediatra existía hasta dar con los mejores y fui presidente de la junta de padres del colegio, entre otras cosas. Es por ello que le llevo cierta ‘ventaja’ a mi segunda esposa en materia de crianza (risas). No he querido interrumpir su proceso de aprendizaje en este sentido, ella lo está disfrutando al máximo, pero sabe que no me puede ganar (risas). Desde el nacimiento de mi primer hijo, que ahora tiene 16 años, pasando por el del segundo, de 13, y el tercero que, apenas tiene meses, he trabajado desde casa. Eso me ha hecho amoldar mis horarios laborales a los horarios del bebé de turno. Quien lo ha vivido, sabe de lo que estoy hablando: no hay nada más sabroso que estar con tus hijos, a tiempo completo, durante sus primeros siete años de vida. Para mí es una satisfacción muy grande el hecho de que hoy, los dos primeros me digan que todavía se acuerdan de cuando yo los iba a buscar al colegio y nos regresábamos en mi camioneta —que sigue siendo la misma— abrazados improvisando canciones”. l
pblanco@eluniversal.com
Ver también en Encuentros:
-
Expedición Sahara 2006. Aventura en el desierto
- Dietas todopoderosas
|