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Después de los 40

A diferencia de los países europeos, donde lo raro es ser padre a los veinte,
en estas latitudes los que eligen esperar siguen siendo una minoría.
No obstante, es una tendencia que se instala cada día más, entre otras razones, porque los hombres, ahora, dicen temer menos a las brechas generacionales
y se sienten “vigorosos” para acompañar a sus hijos a cualquier edad.

 Idalia De León / Fotos: Natalia Brand

Alvise Sacchi
Nada se parece a ser papá
“Si hubiese sido padre más joven creo que hubiese tenido que reprimir todos mis instintos, mis curiosidades”, comenta sin pensarlo mucho Alvise Sacchi, diseñador gráfico y músico de 58 años, quien confiesa, sin demasiado rubor, un pasado muy anclado en las vivencias de su generación, incluyendo el hippismo. Pospuso la paternidad porque su ex esposa era bailarina y quería desarrollarse profesionalmente. Esperaron hasta que ella tuvo unos 36 años, de manera que cuando llegó Luca, que así se llama el mayor, Alvise tenía 43. Después, como quería una hembrita, llegó Lucía, quien ya tiene seis años.

“Lo bueno de tener hijos a los cuarenta es que uno tuvo 20 años de libertad, para viajar, vivir experiencias, para permitirse momentos de austeridad, para vivir con poco”, refiere Sacchi en una suerte de acto de contrición de cuyo balance sale completamente airoso. “De lo que era mi vida antes de ser padre a lo que es ahora creo que, si perdí algo, gané mucho más. Una de las ventajas de la paternidad después de los cuarenta es que implica un corte neto con esa etapa. Después de que fui papá empecé a trabajar más, a estar más en casa, sobre todo porque un niño necesita todos los cuidados; se trata de armar a esa criatura que viene completamente desarmada, de llenar ese disco duro completamente virgen”, refiere.

Sacchi nunca sintió premura en ser padre pero llegando a los 40, experimentó el proverbial vacío que expresan algunos hombres y que a veces viene acompañado de ciertas interrogantes. “Me preguntaba a quién le dejaría mi cultura, mi legado familiar”. Quizá por esta inquietud es que su actual preocupación en relación con sus hijos se centra en la educación que están recibiendo, en el ejemplo que les está dando como padre. “Sobre la marcha te das cuenta de que hay cosas que vas improvisando, que haces por ensayo y error, y después de muchos años es que sabrás si la pegaste o no. Por ahora tu tarea es armarlo”. Toda esa preocupación, claro está, es impulsada por esos sentimientos que él califica de inéditos, de intrusos y a los cuales la vida les va asignado un lugar: “El amor que se tiene hacia los hijos es único, no hay otro amor que se le parezca. La experiencia de ser padre es algo trascendental. Por más que uno se lo pueda imaginar nunca va a tener una idea real de lo que es”.

Aunque Alvise y la madre de sus hijos están divorciados, la forma en la que comparten el tiempo no deja lugar a las distancias entre él y sus hijos. “Mis hijos y yo compartimos mucho porque, en principio, yo trabajo en casa, de manera que cuando a ellos les corresponde estar conmigo se meten en la computadora, hacemos las tareas juntos, y fuera de casa vamos de paseo, a la playa, a algún club, o parque”.

¿Temor al futuro? La pregunta no lo descoloca en lo absoluto. Piensa que no tiene sentido tener temores al respecto, porque a la larga puede crearse una paranoia que no tiene sentido. “Yo, la verdad, me siento muy juvenil, a veces me veo en el espejo y veo a un viejo, pero si yo tuviera que dibujarme cómo me veo yo desde adentro, creo que tendría como 30 años”.

 

Rubén Chacón
Mi hija me hace mejor persona
“Ariana cambio a Rubén, ahora es otro”. La expresión la escuchó más de una vez cuando empezó a ejercer el rol de padre. Y tampoco fueron pocos los chistes que aludían a su paternidad después de los cuarenta. “Papá viejo”, le llegaron a decir. Rubén sonríe cuando recuerda esos momentos, pues para él, tanto una cosa como la otra le enseñaron a ver la vida de manera diferente. Y es que sí, para quien hoy es director de ventas de Oracle, la vida ahora se mueve a un ritmo completamente diferente. Dice que hoy es mejor persona.

Varias circunstancias incidieron en que la paternidad llegara después de los 40. Primero, tanto su madre como su suegra atravesaban por severos quebrantos de salud que obligaron a postergar la boda. Más adelante, después de casados, la pareja se dedicó a viajar, a conocerse más, a construir, lo que el describe como un vínculo sano, positivo y basado en la alegría. “Nunca nos impusimos cuál sería la fecha adecuada para la llegada del bebé, no era una meta que había que cumplir, y estábamos claros en que llegaría cuando la familia estuviera preparada para recibirlo. Después de seis años de casados llegó Ariana”. Igualmente, jamás les había preocupado el paso del tiempo, pues dejaron que transcurriera con la mayor frescura. Sin embargo, después que tomaron la decisión se preguntaron si realmente podrían tenerlo. En ese momento Rubén tenía 41 años y su esposa XX.

“Nunca me preocupó eso de tener hijos a esta edad, porque en mi filosofía todos los días tienen que ser de calidad, todos los días tienen que ser de mucha interacción entre todos, de felicidad y bienestar. Y yo creo que la suma de todas esas felicidades me va a proporcionar momentos óptimos más adelante. Hay gente que como empezó joven piensa que los demás también tenían que hacerlo. Yo creo que no lo hice ni bien ni mal sino diferente”. Ese “hacer diferente”, significa estar seguro de que hoy es mejor padre de lo que hubiese sido 20 años atrás. A los 43 años se reconoce más paciente, más flexible, capaz de considerar que en la vida no todo es blanco o negro. “Cuando tienes 23 años crees que vas a cambiar el mundo y, además, rápido. Con la madurez sabes que ya no puedes irte a los extremos. Antes hubiese sido más rígido sobre cómo debería ser Ariana para que yo la aceptara como una buena hija. En este momento no tengo un perfil preconcebido, soy menos autoritario de lo que era a los 23 años”.

Aunque es capaz de llevarle el ritmo en todo a su hija de dos años, hay juegos en los que sus rodillas le dicen que ‘no’. Cuando regresa del trabajo se dedica a estar con su niña: juega con ella, arma rompecabezas, ven películas, pintan hasta que se les hace la media noche, hora en la que él la lleva a su cuna. “A esta edad uno entiende el valor del tiempo que le estás dedicando a tu hijo. Cuando estás más joven ocupas mucho tiempo en construir un patrimonio. Criar un hijo es muy bonito pero también es muy exigente, pues te obliga a sacar lo mejor de ti. Yo me ocupo del baño de mi hija, de que se cepille los dientes, la preparo para dormir. Yo soy un padre que se involucra”.

 

Gustavo Rivas
Volver a empezar
Gustavo ya sabia en lo que se estaba metiendo cuando él y su esposa decidieron tener otro hijo. Hace cinco años se les puso entre ceja y ceja el deseo de tener una niña, de manera que hoy, a los 46 años, Gustavo es el orgullosísimo papá de Grace Alexandra. No faltó quien le espetara un “pero tú estás loco, ¿no te da flojera ponerte a criar otra vez?”. Pero la respuesta de Gustavo Rivas —quien es vicepresidente de Recursos Humanos de Novartis— siempre fue la misma, que no le daba flojera, que a él y a su esposa les hacía mucha ilusión tener una niña. Además, había razones de fondo para plantearse el nuevo proyecto. “Cuando los hijos crecen empiezas a sentirte como solo porque tienes más tiempo para ti, te das cuenta de que ellos ya no te necesitan tanto, que la presión baja notablemente”. Así que catorce años después de haber tenido a Guillermo Alberto, el menor de los dos varones, decidieron buscar la hembrita. Sentían que tenían muchas ganas de ser padres otra vez, lo cual venía de la mano de las posibilidades reales de cumplir ese anhelo. Hicieron todos los exámenes de rigor, llevaron a cabo todo lo necesario para no correr ningún tipo de riesgo, y hoy lo que siente es una felicidad total. “Como tengo hijos mayores, puedo comparar y decir que el disfrute es bien diferente. Cuando tuve a mis hijos mayores estaba en la búsqueda de la estabilidad emocional con mi pareja, de tener seguridad económica; esa arrancada hizo que el tiempo estuviese muy compartido en relación con los afectos. Es verdad que de alguna manera los mayores fueron el motor para alcanzar la estabilidad, pero cuando nació la niña todo era diferente. La situación económica era más estable así como la relación de pareja”, expresa Gustavo.

Cuando piensa un poco más sobre el tema concluye que, efectivamente, la inmadurez de los 20 años ocasiona que la paternidad se asuma con otros ojos, y termine marchando bajo la máxima de “como vaya viniendo vamos viendo”. “Creo que, en mi caso, tener experiencia me ayuda a manejar mejor las situaciones que se van presentando con la niña. Ya tú sabes que si se va a caer se va a levantar y punto. Claro que ahora tengo otros temores, me pregunto si llegaré a estar con ella todos los años de vida que ella me necesite, si podré mantenerla hasta que sea completamente independiente, si tendré toda la energía necesaria”.

Las respuestas a estas interrogantes no las tiene, pero tampoco le quitan demasiado el sueño. De momento está dedicado a disfrutar el placer de sentarse a pintar con su hija, de cocinar juntos, de jugar con ella, de llevarla todas las mañanas a la escuela. “Creo que hay un mayor disfrute, porque, apartando que estás más maduro, tienes más tranquilidad para hacerlo, no estás corriendo detrás de la vida como en otro momento. Hoy damos gracias a Dios de tener a Grace. Claro, ya no te puedes quedar durmiendo los fines de semana, sino que te tienes que levantar para sacarla a pasear. Pero el volver a ser padre me permitió recuperar la Navidad, disfrutar todo nuevamente. Yo creo que si me dieran la opción de hacer mi vida otra vez la haría igualita”.

 

José Carvajal
Mi hijo me inyecta más energía
Proviene de una familia numerosa. Tiene ocho hermanos y antes de ser periodista se dedicó a la docencia. Así que los 17 sobrinos que suma, y el montón de alumnos que tuvo durante su época de maestro de escuela, parecen haberle otorgado, junto a la paciencia que dice caracterizarlo, las cualidades necesarias para afrontar la paternidad después de los cuarenta, sin mayores sustos, sin demasiadas amenazas. Además, el organismo está a tono con sus ímpetus de papá recién estrenado. Su hijo Mateo tiene un año y cuatro meses.

“Mi decisión de postergar la paternidad no fue muy razonada. El tema se fue presentando y sin mayor complicación se aplazó, porque todos sabemos lo que implica tener un hijo desde el punto de vista económico. Si lo hubiese tenido en otro momento lo hubiese asumido, pero hasta ahora no había sentido la necesidad de vivir esa experiencia”, explica. Reconoce que, en el fondo, la idea se engavetaba porque prevalecía la incertidumbre de si podría darle a un hijo todo lo que necesitaría.

“Creo que una circunstancia muy particular fue la que nos llevó a tomar la decisión de tener un hijo. Estábamos en Barcelona (España) haciendo una maestría, y cuando uno vive en otro país se generan nuevas emociones, la vida te cambia, adquieres nuevas formas de ver la vida, así que, imbuidos en esas nuevas sensaciones, decidimos tener un chamo”. En algún momento dudaron sobre cuál era el lugar conveniente para que naciera Mateo, si España o Venezuela. Finalmente decidieron que regresarían al país, pues les resultaba todo más sencillo desde acá”.

Más allá de las reflexiones obvias de que cuando se es padre hay menos chance de ir al cine, por ejemplo, José no siente “una brutal diferencia” entre su vida de antes y la de ahora. “En últimas, creo que hay un espacio que termina llenándose con tu hijo. No echo tanto de menos irme de rumba o ir a la calle a ver cosas, y es que además no creo que haya perdido esa capacidad, sólo que está allí administrándose de otra manera”. Sin embargo, algunas nuevas rutinas se han incorporado a la cotidianidad de José. El es quien se encarga de atender al niño si éste se despierta de madrugada. El es quien se ocupa de su baño diario todas las noches. Un día a la semana, específicamente los martes en la mañana, lo dedica a caminar por la ciudad con su hijo, actividad que Mateo disfruta mucho pues es muy observador. Explica que la idea es que su esposa pueda tomarse ese tiempo para dedicarse más a sus cosas.

“No sé cómo hubiese asumido esto de ser padre hace 20 años, pero la gran diferencia es que a lo mejor hubiese tenido menos operaciones en mi cuerpo, no hubiese sido intervenido de una hernia discal, de mi rodilla, lo cual me ocasionará que, cuando me toque jugar béisbol con Mateo, a lo mejor me cueste un poco pero igual lo haré. En todo caso, yo creo que Mateo termina por inyectarme más energía. Hasta ahora le puedo llevar el ritmo y espero poder hacerlo por mucho tiempo”. l

ideleon@eluniversal.com

 

 

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