
"Tras un rato me habitué a la sensación de ser un pájaro"
¡Volé! ¡Volé!
En Mérida, Guamanchi Expeditions invitó a Estampas a vivir la alucinante experiencia de volar en parapente, o lo que es lo mismo:
ser un pájaro por media hora
Texto y fotos: Johan M. Ramírez
"¡Corre!", grita el instructor. Yo corro. Tres, cuatro, cinco pasos, y llego al borde de la montaña. El sexto paso va al aire, y se acaba el tiempo para dudar. Levanto el otro pie, y me despego de la tierra. La sensación es muy extraña, pues por primera vez en mi vida, insólitamente, venzo la fuerza de gravedad. En lugar de caer estrepitosamente, mi cuerpo se eleva, mis piernas se liberan de toda carga, quedo suspendido, flotando en la nada.
La certidumbre de ser libre me embarga. La idea de no tener límites me conmueve.
La adrenalina se hace presente. Un grito de alegría, y dos más de emoción
rompen el silencio de mi primer vuelo en parapente.
Quizá han pasado quince segundos, pero siento que tengo rato en el aire. "Siéntate", dice el instructor. Yo me apoyo en una pequeña silla de lona, como me enseñó en tierra, y me siento. Entonces comienza un suave vaivén de derecha a izquierda, y viceversa. Estamos planeando sobre el viento. "Así hacen los pájaros", me indica.
En efecto, me sentía ya como uno, deslizándome sobre el aire en zigzag. El viento sopla con fuerza y silba en los oídos un rumor delicado, mientras la adrenalina cede paso a la contemplación. Vemos en la distancia el pueblo de San Rafael y, por momentos, aparece Mérida mucho más lejos. Enfrente, la hermosa Serranía de La Culata, y, justo bajo nosotros, corre con parsimonia el caudal del río Chama.
Desde la cima de Tierra Negra |
"Por cada siete metros que planeamos, descendemos uno", me dijo el instructor. Y de hecho, se puede sentir el vuelo en línea recta, y luego una leve caída, de nuevo el vuelo recto, y otra vez la suave caída. Tras un rato me habitué a la sensación, a la sensación de ser un pájaro. Volteas de un lado a otro, con la visión única de las aves. Divisas un chivo, un roedor, otro pájaro, una fruta que cuelga de un árbol… sólo miras. A medida
que la experiencia continúa,
se marchan las preocupaciones
e inquietudes de la vida diaria.
La ansiedad, el temor y los nervios previos al vuelo desaparecen. Me sentía realmente cómodo y seguro.
Las vistas aéreas, lógicamente, espantaban toda distracción,
y ya no importaba la llamada telefónica que no hice o el correo electrónico que debía enviar.
Entonces la imagen de los otros "parapentistas" cruzándose frente a mí, se volvió absolutamente inolvidable. Eran los cómplices de un momento único, fabuloso,
uno que no debería faltar en la vida de nadie.
Descendíamos, pues, con sutileza desde una altura de mil metros. Parecía mentira que sólo éramos sostenidos por unas cuerdas y una suerte de colchón de aire. Por supuesto, hay una gran sensación de vulnerabilidad. Uno es apenas visible en medio de aquel paisaje enorme, una cosa diminuta que pretende emular la gracia de las aves, pero, sin duda, no siendo más que un hombre que sólo sabe caminar, y que intenta por un rato negar su propia naturaleza.
Pero el vuelo en parapente lo justifica. Esos treinta minutos dejándose llevar por el viento son suficientes para comprobar que el riesgo tomado valió la pena. A fin de cuentas, jamás sentí algún peligro, sino paz y emoción.
Tras un largo descenso, el instructor me dijo: "agárrate, que vamos a hacer unas piruetas". Lo siguiente fue muy parecido al clímax de una montaña rusa. Bajábamos vertiginosamente en forma de espiral. Ahora la contemplación se marchaba de un soplo y regresaba la adrenalina aumentada mil veces.

Sobre el río Chama |
Todo era muy rápido. Primero estábamos sobre el río Chama, y en un par de segundos cruzábamos como un rayo la transitada autopista que va hacia el Zulia. Por fin retomamos la calma, y nos dispusimos a aterrizar. "Párate", me dijo el instructor. Nos acercábamos cada vez más al suelo. Era un baldío terreno que nos serviría como pista de llegada. Ahora me sentía como un avión, esperando tocar tierra para correr algunos metros antes de detenerme.
Y pisé firme de nuevo, ya lo extrañaba. Todos los parapentistas de esa mañana éramos presas de la euforia. Y no queríamos parar, sino seguir volando, seguir venciendo los límites humanos. Quizá era eso, quizá en el fondo lo que deseábamos era no ser humanos por otro rato más, para seguir siendo (o seguirnos sintiendo, por lo menos), como los audaces pájaros que cruzan el cielo a su antojo.
Coordenadas
Guamanchi Expeditions
Alojada en Mérida, muy cerca del Teleférico, esta agencia le hará vivir la inolvidable sensación de volar en parapente. Para mayor información sobre vuelos, disponibilidades y costos puede llamar al (0274) 252.2080 o visitar www.guamanchi.com
johan_ramirez3@hotmail.com
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