
Madres por vocación
En las próximas páginas, una madre adoptiva, una madre cuidadora y una monja guía de niñas huérfanas demuestran, con su testimonio, que criar a un niño es cuestión de Dios... y no sólo de ovarios.
Por Efraín Castillo. Fotos: Natalia Brand
"Parí mis hijos
con el corazón"
Loly Sanabria,
madre adoptiva
Hace treinta y tres años se convirtió en madre aunque
no podía concebir. Hoy
confirma con su experiencia
que la maternidad es un asunto de corazón. Ésta es la historia
de una venezolana para quien
el tema de la adopción no puede seguir siendo tabú. "Cuando
eres madre tienes una conexión de piel con tus hijos, aunque
no hayan crecido en tu vientre".
Loly Sanabria y su esposo decidieron adoptar cuando
recién casados descubrieron
que para ellos era físicamente imposible procrear. Sin embargo, su deseo de ser padres era tan grande que la limitación física
no los detuvo. Se plantearon alternativas, y la inseminación artificial no fue una opción para ellos. A partir de ese momento, adoptar se convirtió en el vehículo para obtener su objetivo: tener una familia. "Nosotros queríamos un hogar y sabíamos que aunque los niños no nacieran de mi barriga, finalmente vendrían por otra vía, la que Dios dispusiera. Y así fue, vinieron por la vía del corazón", comienza relatando Sanabria con un orgullo que irradiaría a kilómetros.
La cruzada comenzó y aunque Loly quería realizar la adopción en Venezuela, las dificultades legales para lograrlo se lo impidieron. Por eso se trasladó a Colombia e inició los trámites con una fundación en Bogotá. En 1975, después de meses de trámites, le pusieron en brazos a Enrique Jorge, su primer varón. "Tenía un mes y una semana de nacido. Desde que lo vi sentí que era mi hijo, pero, al principio, lo cuidaba como si fuera un bebé prestado. A los tres días le dio una angina y cuando el médico me advirtió que su fiebre era muy alta, fue como si dentro de mí se desatara la fuerza de una leona; sentí que tenía que proteger a mi niño y que no iba a permitir que le pasara algo. Ese día yo parí a mi primer hijo".
En 1978, Loly y su esposo se convirtieron en padres por segunda vez, luego de adoptar a Claudia, pero en esa oportunidad quien la cargó en brazos fue su hermano mayor, quien ya tenía tres años. El resto es una historia que ella resume en una palabra: amor. Un amor con el que fue capaz de amamantar aun sin poder hacerlo. "Yo desvestía mi pecho, ponía la carita de mi bebé allí y le daba su tetero mientras lo mecía. Mi bebé tomaba tetero, pero sintiendo el contacto físico natural e instintivo que necesitan los niños recién nacidos". Por cierto que hace cinco años, Loly y su familia vivieron el sufrimiento del amor, cuando su hijo mayor, Enrique Jorge, murió a causa de un accidente cerebro vascular. "Fue duro, pero sentimos la paz de que lo amamos los 28 años que estuvo con nosotros físicamente, porque, por supuesto, sigue en nuestro corazón".
¿Ve diferencia entre una madre adoptiva y una biológica?
"No. Yo no creo poder querer más a mis hijos de lo que los quiero ni que pueda tener más o menos dedicación, más sacrificio, más entrega, que los que puede tener una madre que haya parido. Es como si le preguntaran a una madre que tiene diez hijos si quiere más a uno u otro. Al asumir la "Maternidad" con mayúscula, te estás entregando por entero, con la emoción y responsabilidad que eso implica, porque lo haces con amor. Y el amor de madre no es biológico ni adoptivo. Es amor verdadero. Ahora, yo sí veo diferencia entre ser madre y ser progenitora. La progenitora es capaz de tener una relación física y procrear. Para la madre, los hijos son su vida".
¿Cómo deben manejar los padres el tema de la adopción
frente a sus hijos?
"Con naturalidad, porque no hay nada raro cuando no hay nada oculto. Desde que nacieron, yo arrullaba a mis hijos diciéndoles que habían nacido de mi corazón, del amor de papi y mami. Y nuestra familia es absolutamente abierta al tema de la adopción. Los niños van haciendo las preguntas cuando creen que es necesario y, en ese momento, hay que responderles con honestidad y hacerles entender que tenerlos fue una bendición".
¿Qué piensa cuando ve tantos niños abandonados?
"Siento un gran dolor. Por eso, junto a mi esposo y varios amigos creamos Proadopción, asociación que busca facilitar este tema en el país. Algún día tiene que haber justicia para esos niños. Esos niños no pueden seguir siendo transparentes, alguien tiene que ver que sus derechos están siendo vulnerados. Los niños tienen derecho a todo y está en nuestras manos hacer que tengan la posibilidad de una vida feliz. Mi esposo y yo les dimos la posibilidad de un hogar a nuestros hijos. ¿Por qué negársela a otros? Los niños no tienen derecho a estar solos".
Coordenadas
Asociación civil Proadopción Telf.: (0212) 577.3985.
Página web: www.proadopcion.org
| Bendita entre todas las hijas |
Treinta años después de haber llegado a los brazos de su madre, Claudia Pérez ratifica la bendición de tener una familia. "Hay gente que duda que soy adoptada, porque me ven parecida físicamente a mamá o papá. ¿Cómo no voy a parecerme si soy lo que soy porque ellos me criaron?Una amiga me dice que soy doblemente afortunada, porque mis padres no sólo pensaron que querían tener una hija sino que no descansaron hasta encontrarme".
¿Qué significa tu mamá para ti?
"Todo. Es mi aliada, mi cómplice, tenemos una conexión inexplicable y eso es muy hermoso. Además, la admiro por su sinceridad, su naturalidad, su sencillez y su valor para enfrentar la vida. A veces uno ve las cosas complicadas y ella es capaz de mostrar las salidas. Ella siempre es guía y apoyo".
¿Cuál es la mayor enseñanza que te ha dejado tu mamá?
"La generosidad. Mi mamá es una mujer que da, y da sin esperar, porque sabe que la vida se encarga de recompensar y devolver lo que siembras".
¿Has pensado en adoptar?
"Sí, claro. Incluso si pudiera tener hijos biológicos, aunque creo que es una decisión que tendría que tomar con mi esposo. Sería una experiencia muy bonita, porque le daría la oportunidad a alguien de tener una familia, como yo la tuve". |
"Amor con amor se paga"
Norelys Martínez, madre cuidadora
Aunque no tiene hijos, Norelys Martínez vive la maternidad con mucha entrega, porque a los 25 años es una de las mujeres que trabaja como madre cuidadora en la Villa de los Chiquiticos de Fundana. "Enseña a esos niños lo que yo te enseñé en casa", fue lo primero que le aconsejó su mamá cuando supo que aceptaría este reto. "Y es lo que estoy haciendo: amar como me inculcaron", dice.
Norelys Martínez es oriunda de Cariaco, en el estado Sucre. Creció en un hogar humilde, junto a su madre, su padre y siete hermanos. A los 18 años se vino sola para Caracas ("bueno, sola no, con una maleta llena de los valores que me enseñaron mis padres", se apresura a decir orgullosa), hizo cursos de enfermería y comenzó a trabajar. Poco después regresó a su tierra natal, pero con la idea de ser independiente… y de ayudar. Hoy domingo Norelys celebra su primer Día de la madre, gracias a lo que ha hecho en los últimos 11 meses: cuidar, escuchar y querer, los siete días de la semana, a los niños que la vida le encomendó y que comparten con ella una de las casas dispuestas por Fundana como su hogar. No tiene hijos propios, pero es como si los tuviera, y de todas las edades. "Tengo de dos, de tres, de cuatro, de cinco y de siete años Eso sí. A todos los quiero igualito", dice con una sonrisa en los labios y brillo en los ojos. Y es que la vida de Norelys Martínez cambió a mediados de 2007, cuando leyó un anuncio de periódico en el que solicitaban una asistente para cuidar niños en la Villa de los Chiquiticos, centro de refugio de la Fundación Amigos del Niño que Amerita Protección, Fundana, ubicado en Caracas. Luego de mes y medio en la organización, su vocación la convirtió en Madrina (nombre que le dan a las madres cuidadoras o sustitutas) y comenzó a vivir con 10 pequeños la experiencia de dar y recibir amor de una manera que nunca imaginó.
La entrevista con Norelys ocurre cerca del mediodía, cuando sus niños todavía están en el colegio. Lo primero que queda claro es que la jornada de esta mujer no es nada fácil. Su día comienza a las 4 y 30 de la mañana, cuando se levanta a preparar el desayuno de sus diez críos de corazón, luego de lo cual comienza la rutina de levantarlos, asearlos, ayudarlos a vestirse y prepararlos para que vayan a la escuela (Fundana tiene una guardería para los más pequeños y convenios con colegios aledaños para que los que están en edad escolar reciban educación formal). El resto de la jornada transcurre entre las labores domésticas (lavar la ropa o limpiar la casa), cocinar para los pequeños, esperar a que lleguen, ayudarlos a bañarse, darles el almuerzo, asearlos, velar que hagan su siesta, ayudarlos a hacer sus tareas y llevarlos a jugar. "A las cinco subimos a casa nuevamente, vigilo que se bañen, preparo su cena, los aseo y me siento con ellos a conversar, a jugar, leemos cuentos, vemos televisión y luego a dormir".
¿Qué ha significado para ti esta experiencia?
"Mucho. Siempre digo que cuando tenga mis hijos no se me hará tan complicado, porque ya tengo 10 y los crío muy bien (risas). Además, cuando ves que tu trabajo da frutos, te sientes satisfecha. Estos niños llegaron acá en condiciones difíciles y cuando los ves sonreír, se te llena el alma. A veces los pequeñitos se me acercan y me abrazan, y eso es tan bonito que me provoca no soltarme nunca. Además, aunque no se pueden expresar bien, me dicen mamá, mami o mae. Y cuando lo hacen, me da sentimiento y a la vez me da alegría".
¿Qué tan importante es el amor de madre?
"Es lo más importante. Los niños perciben cuando uno les habla de corazón, y cuando hay amor ellos lo sienten. Si tú le hablas a un niño con carácter, pero sin amor, le estás haciendo daño. Pero dentro de ese cariño hay algo muy importante, que son las normas y los límites. Yo les hablo, yo juego con ellos y cuando alguno quiere faltarle el respeto a otro de sus hermanos, siempre imparto normas y límites. Aquí enseñamos valores como la tolerancia, el respeto y la no violencia. Y los niños lo entienden. Y responden a esos estímulos. Si un niño recibe amor y respeto, responde de la misma manera".
¿Sientes que tu labor ha ayudado a cambiar el comportamiento y la visión de los niños que cuidas?
"Hay una diferencia grande. Cuando llegan aquí, muchos no saben pronunciar las vocales y se las enseñamos, o no tienen hábitos de aseo y aquí los aprenden. Pero más importante que eso, muchos niños llegan acá llenos de miedo. Uno los orienta, los abraza, les da seguridad y calor. Y el cambio se nota, porque después de un tiempo se ven seguros de sí mismos y llenos de vida".
¿Qué esperas de esos niños cuando crezcan?
"La mejor recompensa será ver que estos niños sean alguien en la vida, salgan adelante y de adultos den lo que un día recibieron: amor, respeto, cariño. Eso es lo único que yo les pediría".
¿Qué mensaje les das a las madres?
"Que llenen siempre de amor y respeto a sus hijos, porque el amor lo puede todo. Amor con amor se paga".
¿Cómo va a ser este Día de las madres para ti?
"Lo voy a vivir con mucho orgullo. Sé que no soy la mamá biológica de esos niños, pero siento que lo soy en mi corazón. Cuando ellos se levanten el domingo y me digan 'feliz Día de las madres', ése será mi mejor regalo".
| Sobre Fundana |
Las Villas de los Chiquiticos de Fundana albergan y educan a más de 100 niños abandonados o maltratados entre 0 y 7 años de edad, y funcionan gracias a los aportes de empresas privadas y particulares. Si desea más información o quiere realizar algún aporte, comuníquese por los teléfonos (0212) 257.5152 / 6941. También puede conectarse a la página web
www.fundana.org o enviar un e-mail a fundana@viptel.com |
"Mi mayor recompensa
viene de lo alto"
Sor Goretti, madre espiritual
Hace casi 50 años consagró
su vida al servicio religioso
y para ello hizo votos de
castidad. Sin embargo, junto
a las hermanas que hacen vida
en su congregación, ha sido madre de muchas niñas huérfanas o provenientes de familias de bajos recursos.
Su mayor satisfacción: haberlas hecho mujeres de bien.
Sus padres la bautizaron con
el nombre de Juana María
Aguilar cuando nació por allá
por los años treinta en la población de Chivacoa, estado Yaracuy. Sin embargo, es difícil que responda a ese nombre, porque tiene 49 años
escuchando que la llaman
Sor Goretti, el nombre religioso que adoptó por voluntad cuando se ordenó monja de la congregación Presentación de María Santísima al Templo. Desde entonces, Sor Goretti ha dedicado su vida al servicio de otros y a predicar el Evangelio con una máxima que repite mucho en su conversación: "Todos somos parte de la Iglesia y nuestro objetivo es único, llevar a los hijos de Dios hacia Él, mostrándoles el camino".
Sor Goretti es una mujer menuda, de hablar pausado, de tono muy venezolano y de un verbo a ratos tierno, a ratos reflexivo, pero siempre transparente. En sus palabras no hay lugar para las frases hechas. Cuando conversa, se siente que lo hace desde el corazón. Hoy es directora del Colegio María Santísima, institución educativa ubicada en Caracas, pero durante casi cinco décadas ha tenido misiones en Barquisimeto, Mérida y Colombia. Ha sido docente de miles de niñas que en este tiempo le han visto el rostro llenarse de surcos y el cabello de canas. Pero también ha sido madre de muchas de ellas, de las que alguna vez sus padres dejaron abandonadas o entregaron para que las cuidara. En ese colegio, el María Santísima, Sor Goretti ha dado cobijo y ha visto crecer a muchas pequeñas. A todas las ha tratado con el mismo amor: el amor de madre.
¿Cómo llegaron esas niñas hasta usted?
"No llegaron a mí, sino a nosotras, porque, como yo, todas las hermanas de la congregación cumplimos esta labor. Unas son huérfanas y hay otras cuyos padres vivían en zonas muy alejadas del país donde no podían darles la educación que deseaban. Como siempre hemos hecho obras de apostolado por pueblos y caminos, muchos nos han conocido y nos han encomendado a esas niñas. Por ejemplo, Yohana (se refiere a Yohana Ramírez, de 25 años) llegó acá de 14 meses de nacida con su mamá, que trabajaba en el colegio. Luego ella se quedó con nosotras, creció como una más de nuestra familia y estudió. Se graduó de licenciada en Educación y da clases de matemáticas en esta institución. De aquí a lo mejor sale a formar una nueva familia. Como Yohana, otras niñas en situación similar que han estado aquí son profesionales y se han casado".
¿Qué formación han recibido esas niñas en sus manos?
"Fundamentalmente las hemos formado para la vida. Estudian, reciben formación académica, formación para el hogar, se les ha impartido disciplina y se integran a nuestras tareas cotidianas. También las instruimos en el conocimiento de la fe y la palabra de Dios. Como son parte de la familia, hacen vida comunitaria con nosotras, celebran sus cumpleaños junto a las hermanas y nos acompañan en la celebración de nuestras fiestas religiosas. Eso sí, cuando han ido a la escuela son unas más en el grupo. Aquí nadie sabe cuándo un pequeño viene de una familia de escasos recursos o no. Para nosotras, la hija de un ministro o de cualquier personaje público tiene el mismo valor que la de la señora que cocina, porque es la persona lo que cuenta. Y eso se lo enseñamos a todos los alumnos por igual. Que el valor de la persona es lo principal, que lo importante es que la persona se forme bien para la vida, para ser un buen ciudadano, para ayudar a los demás".
¿Cuál es la siembra más importante que han querido dejar
como madres en esas niñas?
"Creo que lo más importante es que estamos sembrando a Dios en sus corazones, a través del amor y la solidaridad con el prójimo. A Dios no lo vemos, sino que vemos a nuestro hermano, al que tenemos enfrente. Dios se hizo hombre por nosotros y por eso está en cada una de las personas. Si cada una de ellas es nuestro hermano y es la imagen de Dios, cuando lo ayudamos y lo respetamos estamos sirviendo a Dios. Eso es lo que nosotros hemos querido sembrar"
Después de 50 años de labor, ¿cree que esa semilla ha germinado?
"Definitivamente sí. Y no sólo en las niñas que han sido como mis hijas sino en todas las alumnas que han pasado por esta institución. Cuando están aquí pueden ser quejonas o rebeldes, pero cuando ya son mayores, una las consigue en el camino y son muchas las que se acercan para decirnos en qué están trabajando o qué familia han formado. Cuando ellas están fuera y se enfrentan al mundo es cuando verdaderamente se entregan al trabajo apostólico y de formación para la vida. Además, es muy satisfactorio sentir que nuestras hijas recurren a nosotros a pedir consejos cuando se encuentran en situaciones difíciles, o regresan a compartir una alegría y a confirmar su amor por la vida".
Al consagrarse a la vida religiosa, usted hizo un voto de castidad. ¿Siente que Dios le ha dado la oportunidad de ser madre?
"Definitivamente. Me ha dado la fortaleza, el valor y la capacidad de amar con esa fuerza de madre. Es muy fácil amar a los que son de nuestra sangre, pero es mucho más complicado amar a aquellos con los que no tenemos nexos biológicos, sino que son nuestros hermanos o hijos por parte de Dios. Creo que Dios me ha dado la oportunidad de sentir un amor sublime, porque gracias a Él yo estoy entregando todo ese sentimiento a aquellos que no nacieron de mis entrañas carnales, sino de las entrañas espirituales. Por eso creo que soy una madre espiritual".
¿Y qué se siente ser una madre espiritual?
"Es una responsabilidad muy grande, uno se siente que tiene que darle a estas niñas la conciencia de que son hijas de Dios y que como tales deben formarse. Muchas veces uno se pregunta si logrará el objetivo, pero si tienes confianza en Dios, sales adelante. Eso sí, sin oración nuestro trabajo es infecundo".
¿Qué mensaje le da usted a las madres de familia?
"Que orienten a sus niños, que les enseñen lo que está bien y lo que está mal. Que los formen en valores, porque sólo así podrá salvarse la sociedad de la descomposición. El niño es como un papagayo. Si se tensa mucho la cuerda, se rompe, y si la dejas muy larga o flexible, no se eleva. Por eso las madres deben enseñarles que no todo en la vida está permitido y que sus actos tienen consecuencias. Un país es lo que son sus ciudadanos. Y los ciudadanos se hacen en las familias".
¿Para usted el Día de la madre es importante?
"Claro, porque desde los más chiquitos hasta los más grandes se preocupan por demostrarle el cariño a su mamá. Sin embargo, ese cariño debería demostrarse todos los días. Y la mejor forma es cuando los hijos siguen los consejos de sus madres y se hacen hombres y mujeres de bien".
¿Cómo madre espiritual, espera algún regalo para ese día?
"En la vida religiosa uno sabe que debe hacer todo sin esperar nada, porque la recompensa viene de lo más alto, viene de Dios. Y con ese regalo es más que suficiente".
efcastillo@eluniversal.com
| La niña del María Santísima |
Yohana Ramírez tiene 25 años y es profesora de matemáticas de 5to. y 6to. grados en el Colegio María Santísima. Es licenciada en Educación, está haciendo una maestría y también da clases en la Unefa. Yohana es una de las niñas que creció con Sor Goretti y las otras monjas de este colegio y sigue viviendo con ellas.
¿Qué significó ser criada por todas estas monjas?
"Yo llegué al Colegio María Santísima a los 15 meses de nacida. Es una experiencia poco común, pero muy rica, porque me dieron una formación integral. No sólo se preocuparon por prepararme académicamente, sino por darme herramientas para entender lo que es bueno y lo que es malo en la vida. Yo agradezco toda esta experiencia, porque gracias a ese proceso me he convertido en una persona consciente, con una personalidad definida, una autoestima consolidada y eso me ayuda mucho a enfrentar cualquier reto".
¿Qué tipo de amor recibiste?
"Ha sido un amor comunitario, porque no tuve una sino muchas madres. Todas las hermanas de este colegio contribuyeron con mi formación como mujer y como persona. Nunca hubo algún tabú porque ellas fueran religiosas. Al contrario, siempre me dieron la confianza para acercarme a ellas a buscar orientación, siempre han estado allí para mí. Incluso, me conocen tanto que a veces se me acercan y saben que necesito ayuda sin yo decirlo. Eso es amor verdadero, es preocupación, es entrega. Con su amor, además, buscaron encaminarme. Y lo lograron. Nunca sentí la ausencia de una familia. Yo fui criada con mi mamá hasta los 18 años, porque ella trabajó aquí en el colegio, pero para mí, mi familia más cercana son ellas. Son las que estuvieron en los cumpleaños conmigo, en los momentos de felicidad, en los momentos de tristeza".
¿Te sientes una hija de todas estas monjas?
"Sí, y lo digo sin vergüenza. Éste es mi mundo, aquí crecí, rodeada de las mujeres más maravillosas, las que supieron darme amor, encaminarme y hacerme la mujer entera, profesional y sensible que soy hoy en día. Y siento que eso es un privilegio, porque gozas de una formación espiritual muy rica y, además, tienes cerca el cariño, la mano amiga y el apoyo no de una, sino de madres". |
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| La Casa Hogar |
Desde hace tres años funciona en Chivacoa, estado Yaracuy, la Casa
Hogar San Pablo, bajo las alas de la congregación religiosa Presentación
de María Santísima al Templo, a la que pertenece Sor Goretti. Allí, 23 niñas abandonadas reciben cobijo, educación
y amor, y las que están en edad escolar acuden al Colegio Santa María que la congregación tiene en esa localidad yaracuyana. "Algunos las llaman niñas
de la calle, pero, para mí, son la esperanza de la nación, porque si las formas desde pequeñas con valores y educación, el día de mañana llegarán a ser tan importantes
en la sociedad como cualquiera que haya crecido 'sobre la leche de su madre', como dicen".
La casa Hogar se sostiene con el esfuerzo de la congregación, así como con donaciones de empresas y particulares. Para mayor información puede llamar al teléfono (0254) 556.5475
Foto: www.shutterstock.com/podfoto |
Asistente de fotografía: Anita Carli
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