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Los hijos y las drogas
(y el alcohol,
los cigarrillos...)

Al igual como sucede en los otros ámbitos, lo más importante es darles a los hijos toda la información que sea necesaria. "Hay que decirles que existen, que son sustancias que alteran, que hacen daño y que generan enfermedad. Deben reconocerlas, saber que hay diferentes tipos", dice Blanco, y continúa: "los padres deben chequear con quiénes salen los hijos, sus grupos de amigos, acompañarlos al colegio y observar quiénes están por los alrededores. Conocer otros representantes también ayuda... sus hábitos, estilos de vida".
Los nuevos modos de relacionarse y de compartir en fiestas urbanas implica, muchas veces, el consumo de las denominadas drogas de diseño. Los padres deben estar al tanto de lo que está sucediendo en los ambientes juveniles y conversarlo con sus hijos. Sin temores. En caso de que sospechen que ha habido consumo (el hijo da señales; es cuestión de observarlo y notar los cambios), pues no queda otra salida que buscar ayuda. Los chicos seguramente lo negarán, pero a la larga quedará de manifiesto la nueva conducta, por lo que los especialistas le darán estrategias para manejar la situación.

De madres e hijos
Raúl Chacón Soto
Por un lado, mujeres más ocupadas; por el otro,
niños más exigentes e informados. La relación podría ser explosiva... pero no hay que desanimarse. Cumplir con solvencia el rol materno no es tan difícil como parece. Tres especialistas dan algunas claves.

Bonita tarea la de ser madre... y ardua, y dura. ¿Quién no lo sabe? Basta mirar alrededor. Basta mirar la propia vida. Si no eres madre, has tenido una. Nadie ha dicho que sea fácil educar a los hijos. Absolutamente nadie... y en estos tiempos, parece que menos. Las mujeres andan cada vez más ocupadas cumpliendo con las obligaciones de los innumerables roles que ahora desempeñan en la sociedad, y los pequeños parecen cada vez más despiertos, más ágiles, más informados, más exigentes. La avalancha de estímulos les llega desde todos las fuentes imaginables, y hay que estar allí para identificarlos, canalizarlos, explicarlos... hay que estar allí, pero, muchas veces, no se está (por lo menos no lo suficiente). Tres especialistas han conversado con Estampas para abordar, justamente, los retos que enfrenta la mujer moderna a la hora de mantener en equilibrio la relación madre-hijo en estos tiempos de globalización y rápidos cambios. María de los Angeles Hernández, terapeuta ocupacional; Gisela Blanco, psicóloga, y Cecilia Aulí, educadora, todas promotoras de un programa de talleres que lleva por nombre Padres como modelo (lo que es bueno para una, también lo es para el otro...), exponen las pautas sobre las que se construyen relaciones sanas, echan por tierra falsas creencias y dan sus opiniones cuando se tocan temas más difíciles como el sexo, las drogas y el uso desmedido de la televisión y de Internet... algunas afirmaciones son conocidas, y otras, no tanto, pero siempre es bueno volver a dar con ellas.

Las premisas
Lo primero que sostienen es que no existe la "madre perfecta" (tampoco el padre, así que no se entusiasme). Prefieren hablar de la "madre humana". De aquella que se reconoce como persona y sabe cuáles son sus limitaciones. Sobre esta base construyen su discurso cuando se aborda el espinoso asunto de cómo educar a los niños. Observación. Esa es una palabra clave. A los niños hay que observarlos, y mucho más cuando no se está casi nunca con ellos. Aquella manida frase de que con los hijos es más importante la calidad que la cantidad sólo es cierta si durante el tiempo compartido, aunque sea muy poco, realmente se preocupan por ellos, por lo que están haciendo, por lo que dicen, por la manera cómo se comportan. No se puede hablar de calidad si al mismo tiempo que el pequeño habla con la madre, ella se encuentra lavando los platos o echándole un ojo al arroz. "¿Qué significa eso de calidad? ¿Cuánto tiempo? ¿Media hora de qué?", se pregunta Aulí, y responde: "Hay que convertir la calidad en algo real. Para ello hay que prestar atención y enfocar. Observar es enfocar. Aquello que dicen tantos padres: 'es que no tengo tiempo', es un mito. En vez de estarse quejando es preferible que se fijen en cosas muy concretas para poder ayudarlos".
Tan importante como la observación es la comunicación. Sin duda es otra palabra clave, aunque muchos dirán que también muy obvia. Con este tema pasa que todos lo saben pero no tantos lo practican. Comunicarse con el hijo es esencial, y una tarea a realizar desde que aquel es sólo un bebé (incluso antes). "Muchas veces los padres hipotetizan sobre lo que está pasando y no se comunican con los hijos. Los inscriben en muchas actividades y ni siquiera saben cómo les está yendo, cómo lo están haciendo y, luego, se desentienden por completo". La afirmación de Hernández es compartida por Blanco: "Hay que chequear cómo ha sido el día del niño, cómo estuvo la escuela, qué pasó con los compañeros... allí está el inicio de la comunicación". En lo que se refiere a este tema, las maneras son importantes. "El tono de voz, las palabras que se usan... no se le puede decir a un niño, por ejemplo, no seas grosero, coñi...", remata Aulí. Hernández va más allá: "Hay que tener cuidado con la agresividad. Si los padres se comunican de esa forma, ese será el modelo de comunicación que aprenderán los niños. Nuestra agresión, rabia, la transferimos a los niños de forma inconsciente".
Un mito que se encargan de echar abajo es aquel que se sustenta en la creencia de que los niños no saben lo que quieren. Según Aulí, sí lo saben, a su nivel, sólo que lo comunicarán a su manera. "Debes escucharlo, preguntarle, y repreguntarle, para finalmente aceptar que el niño puede decidir... a veces metemos a los hijos en actividades que no les gustan... hay que oírlos y tomarlos en cuenta. Nosotros después pondremos los límites que sean necesarios, esa es nuestra responsabilidad".
La comunicación juega un rol vital en otro aspecto que se debe tomar en cuenta a la hora de la educación. Las especialistas hablan de la formación de hábitos. "Los hábitos de alimentación, higiene, sueño, horas de estudio, de juego... todos son importantes y, por lo general, no se llevan de forma coherente y persistente. Se crea un círculo vicioso. Cuando los hábitos no están empiezan a surgir problemas en todos los ámbitos de la relación porque las pautas no están claras. Ellas permiten a los niños predecir qué viene después y les dan seguridad", dice Hernández. Blanco agrega: "Es un principio de organización de la vida, porque eso se extrapola a cuando eres adolescente y adulto. Si tienes una formación de hábitos consolidada, entonces podrás, cuando te enfrentes a retos más importantes, tener un antecedente que te permita una adaptación más fácil".
Se dice muy fácil, pero, ¿cómo conseguirlo? Todas responden: Con constancia e insistencia. La tarea de crear hábitos en los niños no se logra si los padres no se mantienen firmes en el propósito. Se debe insistir hasta que el hábito se instale. Quizás se lleve un cierto tiempo, pero finalmente se verán los resultados. Ayuda, y mucho, conocer qué habilidades y destrezas deben tener los niños a determinada edad, porque en función de ellas existen herramientas que dan la pauta a los padres en cuanto a la toma de decisiones. Estar al tanto de estas habilidades también permite no exigirles más de la cuenta, lo que evitará alarmantes consecuencias. Una vez conocidos estos parámetros, la mayor responsabilidad corre por cuenta de la madre (y del padre). Es ella quien debe insistir en los horarios, en la rutina, procurando, de acuerdo con la edad del hijo, que haya lugar para la negociación y que las decisiones sean tomadas por mutuo acuerdo. Durante los primeros años, por supuesto, todo va por cuenta de los padres. Se debe enseñar a los pequeños que hay horas para jugar, para comer, para dormir y para estudiar. Un consejo: a la hora de las tareas lo que se recomienda es revisar lo que ha hecho el pequeño y no sentarse con él a trabajar juntos. "Lo que necesitan es una guía y que se les dé la posibilidad de que decidan qué van a hacer. Al final, revisar que las cosas estuvieron bien, pero la responsabilidad es de ellos", apunta Blanco.

Los hijos y la tv (o Internet, o los juegos de video...)
La exposición a estos medios tecnológicos debe ser controlada. Si en la familia los hábitos se formaron con antelación, los niños saben a qué hora -y por cuánto tiempo-, pueden dedicarse a ver TV o a navegar por Internet. Sobre la red de redes las especialistas hicieron las mayores advertencias: "Es con Internet donde los padres deben agudizar la observación. Es peligroso si hay descuido, porque al niño le llega información, e imágenes, que no puede conversar con nadie, que no puede procesar o que procesa de una manera que no es debida", apunta Aulí. La recomendación es que sólo se permita el acceso a la red cuando se pueda acompañar al hijo mientras navega, lo que fácilmente se consigue guardando para sí el password que facilita el uso de la computadora.
"Lo importante es indagar. Sentarse con él de vez en cuando y fijarse en la programación. Si el niño vio alguna escena perturbadora (en la TV) hay que conversar... y no adelantarse o anticipar las respuestas", sostiene Blanco. "Hay que hacer un plan para el tiempo libre... hay espacio para jugar, para ver TV, para estudiar. La mamá tiene que planificar, marcar las pautas, establecer límites. La planificación debe ser mutua, el niño debe participar para que sea parte de su responsabilidad. Así se le trata como persona", remata Aulí.


Ineludiblemente unida a la tarea de formación de hábitos se encuentra la de establecimiento de límites. No le tema al asunto: ellos son indispensables para la buena formación del pequeño, sólo que hay que saber hacerlo. Un buen punto de partida es haber mantenido desde temprano una buena comunicación con el hijo y haber sido exitoso en aquello de los hábitos. "Si partes de que oyes la necesidad del niño, ya éste se siente tomado en cuenta. Después tienes que explicarle cuál es la norma y por qué se establece hasta ese punto, para que empiece a comprender que hay cosas que sólo puede hacer ayudado o vigilado, y que hay otras que quedarán para más adelante". Blanco retoma el punto de Aulí: "Eso no garantiza que cuando pongas límites tu hijo no se moleste, no tenga una reacción emocional de rabia o de ira ante la situación negada... una de las cosas más difíciles de manejar en la relación madre-hijo son estas reacciones emocionales negativas. Hay que entender que eso es parte de la frustración y, la frustración, parte de la vida, pero el límite está ahí. También hay que hacerle entender al niño que uno sabe que está molesto, que le da mucha rabia. Hay que reconocer la emoción y el sentimiento; eso es vital. Hay que combinar el principio de autoridad con el principio de la comprensión".
Un aspecto a tomar en cuenta a la hora de establecer límites es que no se puede estar siempre negándolo todo. Tampoco es recomendable aquella conducta en la que caen algunos progenitores de desautorizarse mutuamente delante de los pequeños. "Los niños deben saber las consecuencias de sus actos y los padres deben ser firmes en ello. Si les dices que no irán al cine si no hacen las tareas, pues así será. Es importante que sepan que sus actos tienen consecuencias. Aquí volvemos con lo de la congruencia", precisa Hernández, y agrega: "los adultos toman los límites como algo negativo, como algo que crea trauma, pero no es así... si se habla con ellos, si hay claridad, los límites les darán seguridad. Les permitirán, cuando sean adultos, asumir dificultades y superar obstáculos, porque estarán confiados de sus capacidades y potencialidades. Si no supiste establecer límites a tiempo, cuando llegue la adolescencia no tendrán ninguna validez". Las tres cierran el tema de los límites derrumbando otro mito, aquel que hace a muchos padres decir orgullosamente que se consideran, más que progenitores, amigos de sus hijos. "Ser papá no es ser amigo del hijo, es justamente ser papá. El no va a ser amigo tuyo porque espera de ti algo diferente... una cosa es establecer un clima de confianza, de afecto, de cercanía y otra que te conviertas en un pana. Tu hijo tiene amigos y esos son sus pares, y la relación de amistad es diferente a la de padres e hijos".
Hasta ahora todo suena muy bien, pero qué sucede en estos tiempos modernos, con mamá tantas horas fuera del hogar. ¿Cómo formar hábitos y establecer límites en el cada vez más pequeño lapso que se comparte con los hijos? He allí una gran cuestión. La pregunta tiene que ver directamente con ese niño que sale solo de su colegio, toma el metro, llega a su casa y hasta cocina su comida y cuida de los más pequeñitos. Con el niño que pasa seis horas solo, con responsabilidades que no son para su edad. "Allí es donde entra la comunicación como algo fundamental... un niño pequeño, en esas condiciones, puede sentir, incluso, un miedo vital, un miedo a morir. Por eso debe saber que aunque no estés presente hay un ámbito de seguridad", responde rápidamente Aulí, y añade Blanco: "los niños pueden estar solos pero deben tener una guía... pueden estar llamándolos, hay que chequear las tareas, dejarles responsabilidades y ver si las cumplieron... hay una serie de estrategias, todo tiene solución. Lo importante es la intención. Esa intención con la que te acercas a tu hijo aunque sea sólo durante media hora". Hernández toma la palabra: "lo más importante es esa parte afectiva, la manera cómo te acercas... el afecto, la emoción... que el niño se sienta seguro, que sepa que es querido, que es reconocido. No hay que ser un superpadre tipo librito. Hay que rescatar esa parte intuitiva que tenemos y que se ha perdido".
Al final queda claro que un buen primer paso es tratar de lograr el equilibrio en la relación madre-hijo, después de que las dos partes se han observado y han expresado la manera que tienen de dar y recibir afecto. Como bien lo dice Aulí: "Esa parte emocional es el sustento para la buena relación con el niño. Estar comunicados emocionalmente abre caminos a los límites, a los hábitos, a todo lo que implica la educación del niño". l

rchacon@eluniversal.com

Los hijos y el sexo...
¿Acaso le incomoda el tema?¿La sexualidad es para usted un tabú? Si ese es el caso, lo que le recomiendan es que, a sabiendas de sus propias limitaciones, busque ayuda de un tercero, quien le indicará cómo formar a sus hijos en el sexo responsable. Vital es estar informado para responder cualquier pregunta de la manera más clara (y real) posible. A los hijos hay que hablarles según la edad que tengan. Recomiendan indagar primero para no dar explicaciones gratuitas. Con los adolescentes es importante el diálogo aunque éste sea casi imposible en una etapa cuando los padres son casi una raya. Pero, ¿qué es el sexo responsable?
"A las adolescentes se les da informaciones muy vagas: 'ojo con una barriga, tienes que cuidarte', pero son pocas las madres -quizás porque eso las enfrenta con su propia sexualidad- que les dicen: 'estas son las pastillas, se toman así... aquí están los condones, así se usan...". Blanco continúa: "además existe la creencia de que si se habla de esa manera, se está empujando a los hijos al sexo, y no es así... eso es darles la verdadera formación". Aulí recomienda no esperar demasiado para abordar el tema: "A estas alturas, quizás a los ocho años ya les explicaron todo".
Otra pregunta difícil: ¿qué hace usted si sospecha que su hijo es gay o su hija es lesbiana? La psicóloga responde: "Hay que revisar los patrones y creencias acerca de la homosexualidad. Si la madre siente que no es capaz de abordar directamente el tema debe buscar ayuda. Si yo como mamá creo que los homosexuales no deben existir, que son enfermos, voy a negar la posibilidad por un buen tiempo. Tendría que suceder algo crítico para darme cuenta". Agrega Aulí: "Una creencia no se puede modificar si no estás dispuesto a hacerlo. No importa lo que digan, que no es una enfermedad, que es normal".
En esos casos, lo más probable es que el hijo, conociendo a la madre, tampoco decida dar el primer paso. Pero una vez se revele la verdad -lo que a la larga es lo mejor porque es muy pesado llevar una doble vida-, quizás sea más fácil que el joven haga un esfuerzo por entenderla a esperar que ella cambie, por lo menos en un primer momento. "El debe entender que la aceptación es un proceso, pero que en algún momento ella va a terminar quizás no aceptándolo del todo pero sí sintiendo que hay que respetar su forma de vida, que es tan válida como la de cualquiera", asegura Blanco. Respeto es la palabra clave.
 
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