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Orgullo herido
Max Haines
El dueño de un bar pagó con su vida la malcriadez de su asesina

En 1986, Sharon Faye Young era una lesbiana enloquecida, de 26 años, que frecuentaba tanto bares gays como bares heterosexuales de Cincinnati, Ohio.
Sharon, una mujer alta y fuerte, tenía un pasado tras de sí. Decía que su padrastro, que era alcohólico, la había sometido a abusos sexuales. A los 17 años tuvo un hijo cuyo padre no quiso saber nada ni de la madre ni del niño. Sharon, que bebía como una cosaca, decía en sus momentos más sobrios que algún día enderezaría su vida e intentaría ponerse en contacto con su hijo, algo que nunca ocurrió.
El 12 de junio de 1986, Sharon prometió a sus dos compañeras de piso, también lesbianas, que las invitaría a cenar fuera esa noche. Tenía un pequeño problema de dinero pero pensó que podría remediarlo a su manera habitual. Su estratagema funcionaba prácticamente siempre. Sharon entraría en un bar heterosexual. Sabía que, al llegar la noche, los parroquianos tendrían los ojos bien abiertos para ver si había mujeres no acompañadas. Sharon pediría un bourbon doble y dejaría que la naturaleza siguiera su curso. Cuando la víctima se acercara a ella, Sharon, después de tomarse unas bebidas más, revelaría que era lesbiana, pero sólo porque nunca le había hecho el amor a un hombre de verdad. Su acompañante siempre se jactaba diciendo que él era un hombre de verdad. Y, seguidamente, la víctima se encontraría en un callejón oscuro, sin su cartera.
Ese día en concreto, ningún hombre mordió el anzuelo y Sharon se estaba quedando sin dinero. Decidió ir a locales más sórdidos, terminando al final en un bar gay llamado Café Patches, del que era dueño Larry Smyrlakis, de 61 años, quien había logrado que el bar dejase de ser frecuentado por motociclistas y lo había convertido en un paraíso para homosexuales. Larry era del agrado de su clientela. Permitía que se mostraran signos de afecto entre los clientes pero todo el mundo sabía que había unos límites que no se debían traspasar. Larry tenía mujer y dos hijos, que nunca iban a verlo al bar.
En conclusión, el bar de Larry tenía sus limitaciones, pero era un lugar agradable. Cuando Sharon entró en el local, dotado de aire acondicionado, su experiencia le dijo que era una posible fuente de problemas. Fue pasando la tarde y Patches se fue llenando. Hacía muchísimo calor afuera, así que Larry sabía que iba a hacer buen negocio. La caja registradora no paraba de sonar. Cuando los billetes empezaban a acumularse, Larry los sacaba de la caja registradora y los colocaba en una caja cercana al bar. Al lado de esta última, Larry tenía un revólver Smith and Wesson de calibre 0,38 que nunca había usado en su vida.
Desde donde Sharon se encontraba, vio que Larry estaba pasando el dinero de un sitio a otro. También vio el Smith and Wesson. Tuvo una idea. Justo entonces, sus amigas lesbianas entraron en el bar. Sharon pegó un grito tan fuerte que molestó a varios clientes. A Larry no le hizo gracia pero supuso que esa indomable mujer se marcharía pronto.
Sharon le preguntó al chico que estaba ayudando detrás de la barra si podía utilizar el teléfono del bar. El chico se mostró de acuerdo y Sharon se puso detrás de la barra. Con la mano agarró el revólver y rápidamente se lo colocó en el cinturón, detrás de la chaqueta. Buscó la caja donde estaba el dinero, pero maldijo su suerte cuando se la encontró cerrada con llave. El camarero no se dio cuenta del robo cometido por Sharon pero un parroquiano habitual sí, y le dijo a Larry lo que acababa de ver.
Larry estaba furioso. Llevaba toda la tarde y toda la noche aguantando que esta mujer insultara a sus clientes, pero robar era demasiado. Se acercó a Sharon y le dijo: "Devuélveme ese revólver, o vamos a tener problemas". Sharon le respondió maldiciéndolo. Larry sujetó a Sharon y la registró de arriba abajo, como hace la policía. No dio con el revólver. Entre tanto, las amigas de Sharon estaban burlándose del dueño del bar, acusándolo de tomarse libertades con su amiga.
Frustrado, Larry echó a Sharon de su establecimiento. Sharon había quedado humillada al ser echada de un bar en frente de sus amigas. Su cerebro, afectado por el alcohol, sólo podía pensar en una cosa: la venganza. Esperaría que ese idiota se acercara y le haría ver quién era la jefa.
A las tres y media de la madrugada, Larry, cansadísimo después de una larga jornada, terminó de limpiar Patches y se dirigió hasta su vehículo, que estaba en el estacionamiento. De repente, allí estaba Sharon Faye Young, apuntándole directamente al pecho con su Smith and Wesson de calibre 0,38.
A la mañana siguiente, un conductor de un camión de reparto de periódicos se topó con el cadáver de Larry en una carretera apartada en la zona este de Cincinnati. Había recibido un disparo en la nuca, como en una ejecución.
Al cabo de unas horas, los detectives oyeron hablar de una mujer que conducía el vehículo de Larry, llevaba un revólver y lo sacaba por la ventana. Se había jactado ante varios de sus amigos que desde entonces tenía mucho dinero y un vehículo. Les había dicho a sus conocidos que se iba de vacaciones a Columbus, Ohio. No se tardó en descubrir el vehículo de Larry con Sharon al volante. Debajo del asiento trasero estaba el revólver de su víctima.
En el camino de vuelta a Cincinnati, Sharon admitió que le había pegado un tiro a Larry, pero añadió que él le había pedido una cita después de cerrar el bar y había intentado violarla. Arguyó que fue él quien le apuntó a ella con el revólver y que la había obligado a caminar por la carretera, solitaria y oscura, para luego arrancarle la ropa. En el forcejeo, el revólver se disparó accidentalmente. Nadie creyó su versión. Sharon no tardó en cambiarla, confesando que había robado a Larry y después le había disparado.
Unos meses más tarde, en el juicio, los abogados de la defensa hicieron todo lo posible por salvarle la vida a Sharon, porque se le podía ejecutar en caso de declararla culpable. Admitieron que su cliente había mentido al ser entrevistada por primera vez por la policía. También admitieron que Sharon le había disparado a Larry y le había robado. No obstante, insistieron en que el disparo no fue intencionado y que, por tanto, no era culpable de asesinato con agravantes. Arguyeron que había robado el revólver para venderlo por unos 40 o 50 dólares, en vez de usarlo como arma para cometer un asesinato. Se inventaron la teoría de que Larry se había ofrecido a llevar a Sharon a su casa en auto y que, entonces, es cuando se le ocurrió a ella robarlo.
La Fiscalía recordó que Sharon, blandiendo el arma, había obligado a Larry a ponerse de rodillas y le había disparado en la nuca a sangre fría, como si lo estuviera ejecutando. La teoría de la Fiscalía fue respaldada por el examinador médico del condado, quien concluyó que el arma tan sólo se hallaba a una corta distancia de la nuca cuando éste recibió el disparo.
Sharon fue declarada culpable de asesinato. El jurado tenía que dictar sentencia. Sharon pidió que le perdonaran la vida: "Me gustaría poder devolverle la vida, pero no puedo. Me siento avergonzada. No quise hacer daño a nadie, pero lo hice". El jurado se mostró inmutable y llegó a la conclusión de que Sharon debía ser sentenciada a muerte.
El juez le impuso la sentencia, añadiendo que en caso de que en el futuro la pena de muerte llegara a anularse en Ohio, Sharon tenía que cumplir cadena perpetua, sin posibilidad de libertad condicional durante 30 años. Además, fue sentenciada a entre siete y 25 años por hurto con agravantes y a otros tres años más por el uso de un arma al cometer un delito.
Hoy, Sharon Faye Young sigue en la cárcel. l

 
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