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  Velo sanador
Mirtha Rivero

Tendría yo como 11 ó 12 años, cuando mi abuela Rosa me contó que después de que las mujeres paren, la Virgen pasa un velo por la cara de las parturientas para que se les borre de la cabeza todo lo vivido. Para que se olviden del dolor y el miedo sufridos, y así, lavadas de dolor y limpias de miedo, puedan -podamos- encarar nuevamente con ilusión y alegría la aventura de un nuevo alumbramiento.

Recuerdo el episodio con claridad. Estábamos en el patio, bajo la inmensa sombra de dos árboles de mamón que desde hace más de 70 años constituyen el centro de lo que aún hoy -después de su muerte- sigue siendo la casa de mi abuela. A mi lado estaba una de mis hermanas o quizá Carmen, que por aquellos tiempos era mi mejor amiga. Estábamos hablando de cualquier cosa y de repente una de nosotras preguntó que si acaso parir dolía mucho. Ella, madre de siete hijos, todos nacidos en su casa en la primera mitad del siglo pasado, debía tener respuesta.

Mi abuela -sabia como todas las abuelas que saben querer bien- nos contestó contándonos el cuento, que a su vez y en su momento, le había contado su abuela a ella.

-La Virgen pasa un velo por la cara, y todo se olvida-dijo, mientras una de sus manos regordetas simulaba una tela invisible que caía sobre su rostro-.

En aquel instante agradecí sus palabras. Mi abuela era el ser que más me quería en el mundo, pensaba entonces, y así debía ser. La Virgen llega y deja caer un velo. Desde aquel día, recuerdo con cariño esa conversación. Aún más después de que me hice grande y parí.

Hace unos meses se la referí a una amiga que entre alegre y temerosa se preparaba para ese trance, y hace exactamente treinta días se apareció de súbito en mi mente.
El cuento vino solo, y no fue para celebrar la vida. El cuento esta vez -el 11 de marzo- llegó invocado por el llanto de una mujer que besaba la tapa de un ataúd. Por la pregunta de una anciana: "Mi hijo, ¿por qué?". Por el comentario de un padre desolado: "Hemos enterrado a un hijo de 23 años, un hijo lleno de futuro".

Diez explosiones consecutivas en unos trenes españoles me devolvieron de improviso a una sombra frondosa y protectora. Diez bombas en cadena hicieron que desde lo más hondo rogara -a Dios, la Virgen, la vida- por un velo como el que tuvo mi abuela para burlar el dolor. Un velo que borrara lo ocurrido, una película transparente que cayera por encima de los familiares de las víctimas, y por encima de los propios muertos y heridos para que los limpiara de sufrimiento, los lavara de pena. Una mantilla de gasa que hiciera desaparecer la impotencia, la indignación, y la rabia que yo misma estaba sintiendo, y que en nada era comparable a lo que se estaba padeciendo en los alrededores de la estación de Atocha.

Lo malo es que parece no haber velo capaz de evaporar el fanatismo. No hay manto, tul, ni cortina que pueda burlar el dolor de una abuela que perdió a su nieto en Madrid, de una adolescente que vio morir a sus padres por el estallido de un coche-bomba en Bogotá, de la esposa del cocinero que desapareció con todo un edificio en Nueva York, de la niña mutilada en un atentado a un jardín de infantes para hijos de policías. Ni tampoco existe un velo sanador que pueda borrar el odio que sienten, que recrean y multiplican los que vuelan trenes, torres, centros comerciales, escuelas, autobuses o disparan a mansalva desde un puente. l

 
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