| Una estafa espléndida
Tony y Nick habían alcanzado el sueño
americano, pero entró en escena
el señor Grenfell
Tony y Nick Fortunato tenían muchos motivos para sentirse orgullosos. Habían alcanzado el sueño americano. Los dos chicos italianos habían emigrado de su Italia natal a Estados Unidos alrededor de 1900.
Habían trabajado duro y descubierto que se podía ganar mucho dinero en el negocio de las frutas; finalmente se convirtieron en grandes comerciantes de manzanas, peras y otros comestibles. Todo el proceso les tomó 25 años. Ahora, en la primavera de 1929, Tony y Nick podían sentarse bajo el sol, beber vino tinto y regañar a sus regordetes hijos. La vida era dulce para ellos.
En nuestra idílica historia de éxito entra en escena
un tal T. Remington Grenfell. Era era un hombre alto e imponente que usaba un extraordinario bigote a lo Dalí. Entró vigorosamente en el negocio de Tony y Nick
y se presentó como vicepresidente de Grand Central Holding Corp. Grenfell felicitó
a los hermanos Fortunato. Realmente eran afortunados por haber sido escogidos
de entre todos los más destacados comerciantes de frutas de Nueva York. “¿Escogidos para qué?”, preguntaron Tony y Nick al unísono. El supuesto empresario se acarició el bigote y les explicó que el puesto de información de la estación de trenes Grand Central se convertiría en un gran puesto de frutas. Un extenso estudio había revelado que los viajeros hacían muchas preguntas innecesarias, por lo que a partir del 1 de abril, las informaciones se darían en la ventanilla de venta de boletos y el viejo puesto se alquilaría sólo para vender fruta.
Ahora bien, Tony y Nick no eran precisamente unos patanes. Conocían muy bien el negocio de las frutas. Ese puesto en la estación Grand Central estaba ubicado en lo que probablemente podría ser uno de los lugares más transitados en Nueva York, quizás en todo Estados Unidos. Quién sabe, a lo mejor de todo el mundo. En todo caso, Tony, quien parecía ser el vocero de los hermanos, preguntó cuánto sería el precio de alquiler de ese puesto. Grenfell lucía sumamente ofendido. Al ponerse de pie y erguirse todo lo alto que era, pronunció lo que se podría considerar un pequeño discurso. En esencia dijo que el dinero no era el punto principal para la compañía ferroviaria, pero que la cantidad insignificante, que se debía pagar por adelantado, era 100.000 dólares anuales. Agregó que si el puesto no arrojaba una ganancia de 1.000 dólares por semana, la empresa devolvería la mitad del adelanto.
Tony miró a Nick. Nick miró a Tony. Pero en realidad no se veían. Vislumbraban viajeros que pasaban apresurados por la estación, comprando magníficas cestas
de frutas, o costosos frascos de mermelada y gelatina, además de dátiles e higos envueltos en celofán. Su entusiasmo no pasó desapercibido para el señor Grenfell. Rápidamente anunció la asombrosa noticia de que el principal competidor de los Fortunato era el siguiente al que le ofrecerían el negocio, y éste estaba
impaciente por entrar en el mismo. Eso fue suficiente.
Sí, sí estaban interesados. “Bien”, dijo Grenfell, quien al mismo tiempo extrajo documentos que enumeraban ciertas restricciones relativas a la fabricación
del nuevo puesto. El producto final debía ser una estructura conservadora
y digna que fuera cónsona con la decoración de la estación.
El vendedor del puesto de frutas sugirió que se reunieran con el presidente de Grand Central Holding; los Fortunato estuvieron de acuerdo. En un abrir y cerrar de ojos, los hermanos fueron conducidos en una limosina con chofer
a un edificio de oficinas adyacente a la estación Grand Central. En el vidrio escarchado de la puerta se leía: Wilson A. Blodgett, Presidente. Grand Central Holding Corporation. Dentro de la oficina, una joven con las características generales de Sofía Loren invitó a Grenfell, Tony y Nick a sentarse. Obviamente, Blodgett estaba ocupado por un momento. De hecho, podían escuchar al gran hombre hablando por teléfono. No pudieron dejar de oírlo cerrando el mismísimo trato que ellos habían venido a consumar. Mal de males, el hombre conversaba
con el competidor número uno de los Fortunato.
Finalmente, el hombre invitó al grupo a pasar a su oficina privada. Era muy sociable
y generoso con los cigarros, pero, lamentablemente, se sentía sumamente apenado. En el acelerado y movido mundo de negocios en el que se desenvolvía, Blodgett
tenía la errónea impresión de que los hermanos Fortunato no podían reunir los 100.000 dólares. Automáticamente le había cedido el trato al siguiente nombre
de la lista.
Grenfell le aseguró a Blodgett que Tony y Nick sin duda podrían conseguir una suma tan irrisoria. El presidente de Grand Central Holding Corporation estaba ante un dilema: quería ser justo con todas las partes involucradas. Con la sabiduría de un Salomón, ideó una solución: otorgaría la licencia al primero que entregara
un cheque certificado en su oficina.
A la mañana siguiente, poco después que el rocío se había evaporado y se había secado la tinta del sello de certificación estampado en el banco, los Fortunato se presentaron en la oficina de Blodgett con un cheque certificado por 100.000 dólares. Grenfell y Blodgett ya estaban allí.
La doble de Sofía salió y trajo a un notario. El asunto no tomó mucho tiempo. Los documentos fueron firmados y autenticados. El cheque certificado cambió de manos. Los hermanos se marcharon. Había mucho trabajo que hacer durante los 13 días
que faltaban para el 1 de abril. Se debía comprar la madera y los demás materiales
de construcción, había que contratar a carpinteros y el puesto debía surtirse de mercancía.
El gran día llegó: Tony y Nick se frotaron las manos, dado que esperaban recibir jugosas ganancias. La madera y los materiales de construcción llegaron antes
de las 9 am. A las 9 en punto, cuando su licencia estaba por comenzar, los hermanos se acercaron a los cuatro hombres que operaban el puesto de información.
Seguramente les habrían informado que el puesto sería transformado en una sofisticada venta de frutas. Los cuatro empleados de la firma ferroviaria pensaron
que alguien les estaba gastando una broma. Tony y Nick no les prestaron atención. Indicaron a sus carpinteros que comenzaran a construir el puesto. Mientras los martillos claveteaban y los serruchos aserraban, los empleados buscaron a un oficial de policía. Éste escuchó pacientemente la historia de cada uno de los bandos y luego presentó un informe a uno de los ejecutivos de la empresa ferroviaria.
Un vicepresidente de la compañía se presentó en el puesto de información y les explicó que la empresa no tenía intenciones de convertir su puesto de información en algo que no fuera lo que ya era.
Prosiguió diciéndoles que creía que habían sido víctima de una estafa. Los Fortunato insistieron en visitar la oficina de Blodgett. ¡Sorpresa! La oficina estaba vacía. No estaban Blodgett, Grenfell ni la chica parecida a Sofía Loren ni el notario, ni siquiera un nombre en el vidrio escarchado de la puerta.
Tony y Nick corrieron al banco para averiguar qué había ocurrido con su cheque de 100.000 dólares, expedido a nombre de Grand Central Holding Corp. Descubrieron que había sido depositado en otro banco, pero esa institución no dio más detalles.
Los Fortunato fueron a la policía y contaron su historia; un detective los acompañó al segundo banco. Allí se supo que los dos estafadores habían abierto una cuenta cerca de un mes antes a nombre de Grand Central Holding Corp. Unos 13 días atrás habían depositado un cheque certificado por 100.000 dólares. Desde entonces, habían hecho retiros que totalizaban exactamente 99.000 dólares.
La policía no tenía idea de las identidades de Grenfell y Blodgett. Cuando las semanas se convirtieron en meses y los meses en años, era obvio que nadie capturaría los dos hombres que vendieron el puesto de frutas que nunca existió.
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