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Casarse
a los cuarenta
Kate Kellaway
Existen un montón de razones para contraer
matrimonio más adelante en la vida; y ninguna para no vestir de
blanco. La autora de este texto da fe de ello con su propio testimonio
y unas cuantas entrevistas a solteras empedernidas.
Hasta hace poco, se informaba a las mujeres,
con alarmante regularidad, que era más probable que murieran
en un ataque terrorista a que se casaran por primera vez teniendo
más de cuarenta años de edad. Tal y como apunta la
escritora estadounidense Nancy Wartik, se trata de una comparación
que resulta "menos divertida ahora de lo que era entonces".
No sólo no es divertido sino que ya no es verdad. Las mujeres
están casándose más tarde que nunca e incluso
las candidatas menos probables están ablandándose.
Candace Bushnell, autora de la exitosa serie de televisión
Sex and the City, se hizo un nombre como mujer soltera a quien le
satisfacía estar así. En una ocasión describió
el matrimonio como "una invención del hombre" y
añadió que, "estadísticamente, las mujeres
casadas y los hombres solteros son las personas más desdichadas".
Sin embargo, este año, a la edad de 43, cedió y se
casó con Charles Askegard, bailarín principal del
Ballet de Nueva York. "Se trata de la persona correcta en el
momento correcto", señaló.
¿El "momento correcto"? ¿Cómo pueden
ser los 43 años el momento correcto? Mi madre se casó
a los 29 años, lo cual se consideraba tarde en su época
y decidió vestir de terciopelo gris porque se consideraba
muy vieja para vestir de blanco. ¿Muy vieja para el blanco?
Las novias maduras de hoy día se casan todas de blanco.
Pero ¿por qué dejar el matrimonio para tan tarde?
Las mujeres defienden sus propias razones.
Caso 1
Nancy Wartik es una neoyorquina deliciosa
y divertida. De niña, le gustaba vestir a su muñeca
Barbie de blanco matrimonial pero nunca planeó casarse. Actualmente
es la autora de Casada a los 46, la agonía y el éxtasis
(parte de Bitch in the House, antología de escritos de mujeres
que acaba de publicarse en Estados Unidos).
Wartik no transigió graciosamente: presenta al amor de su
vida de la manera siguiente: "Si hubiera podido ordenar un
hombre de un catálogo, no creo que Dennis ("el elegido"
en este caso) hubiera sido el que escogiera". Como "canosa
veterana de la vida soltera de Nueva York", le lleva un tiempo
darse cuenta de que se ha ganado un premio: "No me permitía
ser muy optimista. La idea de poder conocer a un hombre... darse
cuenta de que nos gustábamos mutuamente y descubrir que él
no estaba necesitando urgentemente ayuda psiquiátrica resultaba
encantadora, pero todos los cuentos de hadas que había devorado
de niña eran encantadores también".
Telefoneé a Wartik a Nueva York, a sabiendas de que le gusta
retirarse tras su contestadora, uno de sus varios hábitos
antisociales que su marido espera curar. Tras sólo un intento
fallido hablé con ella. Acordamos que, como mujeres jóvenes,
sentíamos que el matrimonio era inimaginable. Para siempre
es mucho tiempo... ¿por qué hacer una promesa que
no se puede esperar mantener razonablemente? Wartik se maravilla
de las personas que, al igual que sus propios padres, se casaron
jóvenes y permanecieron juntos. "No sé cómo
lo logran; es tan difícil. Cuando las personas jóvenes
dicen que van a casarse tiemblo por ellos internamente. Ahora que
tenemos más opciones y somos más móviles es
más complicado crecer juntos".
Wartik no habría podido tomar la opción correcta cuando
era joven, según cree. No obstante, ¿por qué
no contentarse con vivir junto a su pareja ahora? "Nuestra
sociedad es realmente dura con los solteros, pero no puedo ofrecer
los motivos racionales. Sencillamente descubrí que deseaba
hacer esto que siempre desdeñé y envidié".
Le pedí que me contara detalles de su vestido de novia. "Era
de tiras finas, tenía adornos de bordados de perlas y no
era precisamente descotado. Era largo y blanco, de los que no se
confunden con nada que no sea un vestido de novia".
¿Se sintió avergonzada por casarse de blanco? Rió:
"¡Dios mío, sí! No sé si era por
lo de la juventud; fue más por lo del feminismo". Estuvo
considerando "cosas hippies multicolores", pero tan pronto
como se midió el traje blanco éste le pareció
adecuado: "te absorbe. Es como el matrimonio mismo. Uno descubre
reservas de tradicionalismo oculto que no esperaba estuvieran por
allí".
Es feliz, se le siente en la voz. "Lo reconozco: me veo tratando
de deslizar la palabra 'esposo' en la conversación. Estoy
comenzando a sentir la presunción y la emoción".
Además, ahora tiene un nuevo desafío ante sí:
ella y su esposo están a punto de ser padres. A principios
de 2003 adoptarán a una hija proveniente de Kazajstán.
Wartik dice que cuando era una mujer más joven no estaba
preparada para la maternidad, si bien esto, desde luego, no le impide
preocuparse actualmente.
Caso 2
Sarah y James habían vivido
juntos durante diez años. Sarah es una persona "práctica"
que nunca se vio a sí misma como "novia de cuentos de
hadas". Se casó a los 42 años por una razón:
deseaba ser reconocida por otras personas como figura esencial de
la vida de su compañero.
Durante cinco años ella y James vivieron en una "turbulencia".
Un tiempo más tarde, James enfermó y se le diagnosticó
depresión maníaca. Ella trató de "mantenerse
calma, si bien había caos a mi alrededor".
A Sarah le asombraba que por no ser la esposa de James -sino una
"mera compañera"- fue pasada por alto por los profesionales
de la salud que lo atendían: "Ninguna de las figuras
de autoridad me reconoció como alguien digno con quien conversar.
En otras palabras: no era la esposa". Sin embargo, en el punto
en que se habría podido esperar que la relación se
derrumbara, Sarah comprendió que era "tan sólida
como una roca". Hoy reflexiona: "Es muy extraño,
pero nunca se me ocurrió que pudiera deshacerme del problema.
Cuando James comenzó a pasar a la fase maníaca, otras
personas me decían que debía apartarme, que iba a
ser muy difícil. Pero no podía marcharme cuando más
me necesitaba".
James le pidió matrimonio en el hospital. "Pensé
que estaba sencillamente loco", se ríe. El le dijo:
"Quiero que nos casemos tan pronto como sea posible".
Pero en el mismo instante hablaba acerca de "internarse en
la inconsciencia y no regresar jamás". Su respuesta
fue no.
James no volvió a mencionarlo sino unos meses más
tarde cuando se encontraba fuera del hospital, en un restaurante.
Su matrimonio fue un acontecimiento sencillo con siete personas,
sin flores y un poeta rebelde que se convirtió en el homenajeado
de la ocasión. "No sentíamos que debíamos
hacer tamaña declaración, pero quería que la
gente supiera que éramos un frente unido".
Ahora son una pareja "más relajada". Sarah piensa
que casarse más tarde es una buena idea porque "soy
menos caprichosa ahora. Sé qué quiero y no me siento
como si me hubiera perdido de cosas". No obstante, ni siquiera
Sarah pudo resistirse: contrajo nupcias con "un traje blanco
crema".
Caso 3
Donna Bradshaw tiene poderosas (y
prácticas) razones para casarse más tarde en la vida.
"Nuestro sistema legal (en Inglaterra) no reconoce a las concubinas,
de manera que si se produce la separación tras años
de convivencia éstas no tienen derechos legales a los activos
de sus ex parejas". Sin embargo, la "principal",
tal y como lo expresa, "es la pensión".
Para aquellas realmente creyentes en casarse tarde, pareciera que
planificar la jubilación tiene sentido en términos
financieros. La mayoría de los sistemas de pensión
de las empresas sólo permiten que los cónyuges accedan
a las pensiones; los compañeros de años quedan excluidos.
En tales circunstancias, "es rentable casarse", observa
Bradshaw.
Yo misma me casé al cumplir 40 años. Mi esposo dijo
recientemente que el matrimonio era un ejercicio de "imaginación".
Fue un salto imaginativo para el que nunca me sentí suficientemente
atlética. Me casaba porque, por primera vez en mi vida, pude
imaginarlo.
Ya compartía una casa con mi pareja (quien se casaba por
segunda vez) y entre los dos teníamos seis hijos. Solía
decirles a las personas cuando nos preguntaban qué nos había
hecho decidir a contraer matrimonio (como una forma de esquivar
la pregunta) que "necesitábamos más equipo de
cocina". Asimismo, dije: "Por el bien de los niños"
o "para demostrar antes nuestros amigos la fortaleza de nuestro
compromiso". Todo eso era verdad, pero evitaba la respuesta.
Los niños no facilitaban las cosas. Uno de nuestros gemelos,
quien para entonces tenía sólo cuatro años
me dijo: "No quiero que te cases con papá". "¿Por
qué?", le pregunté, sorprendida. "Porque
quiero que tú y papá sigan siendo amigos".
El vestido que elegí estaba hecho de encaje antiguo, suficientemente
blanco aunque hacia el amarillo. Mi hijo menor, Ted, fingió
no reconocerme al vérmelo puesto, y parecía contrariado
por mi trasformación de mamá en novia. No estoy segura
de si culpar a Ted, pero uno de mis hijos tiró con tanta
fuerza de las faldas que el encaje se desgarró desde la cintura,
lo que lo convirtió en una cola que no había querido
comprar.
Ver también en Encuentros:
- Paulina Rubio. Sueño
americano
- Ellos las meten en
cintura
- John Galliano
- Músicos versus
Dj's
- Jóvenes y con
título
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