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Pisada de tacón alto
Carla Tofano

Cuando me dispongo a rescatar del fondo de mi mundo unipersonal el menoscabado y vapuleado deseo de ser -por un día- una mujer de paso altivo y arrebatador, tomo del estante asignado en mi habitación al reposo del calzado, un par de tacones de vértigo pronunciado. Siempre recomiendo iniciar la sensata transformación de chica en pantuflas a fémina en estiletos con silenciosa convicción provocadora. Para empezar el matutino ritual camaleónico, es necesario tomar el par de zapatos seleccionado como lo haría el personaje que tu imaginación dibuja para representarte en sueños. En mi caso, prefiero el estilo desfachatado de las nenas acostumbradas a coquetear con el glam rock, o la cándida sensualidad de la feminidad que abraza, en lugar de azotar con látigo de mujer fatal.
Cuando me dispongo a enfilar mi pie en la estrecha dimensión del plástico o el cuero del modelito seleccionado para la ocasión, entiendo que muy a pesar de lo que dice el proverbio, el hábito es lo que definitivamente hace y deshace al monje. ¿Cómo podría sentirme divinamente perturbadora si no me valiera del valor agregado de los objetos que me decoran? La respuesta a esta interrogante me hace adicta al discurso explícito del calzado, aunque en el fondo sepa que esta atracción es de un fetichismo básico y estereotipado.
Calzar dos afiladas agujas incómodas y antiergonómicas es una manera de probar el extremo hasta el cual eres capaz de blandir el discurso seductor de tu cuerpo. Sin embargo, no siempre el día amanece para ser transitado con tantos aspavientos, pero si dejamos que la rutina decida cuándo es el momento de vestir para dar crédito a nuestros sentimientos, nunca será ocasión para el júbilo, el deseo, el amor, o el sexo. A fin de cuentas, el engranaje social apela a la vida moribunda y resistirse al aburrimiento con un buen par de tacones plateados, puede ser parte de la diversión.
Todos los estilos valen si lo que prevalece es la intención de liberar en los demás el deseo de observación. Así como me gusta mirar los pies de los otros, también prefiero que el resto del mundo mire los míos. Este imperceptible contacto, visual e instantáneo, perpetúa una forma de comunicación necesaria para facilitar la conservación de la especie urbana.
Un buen par de plataformas, gruesas y confiables, te puede hacer sentir supremamente poderosa; unas sandalias de suela chata pueden ser la elección perfecta para congeniar con el espíritu libre de la naturaleza o para sentirte deliciosamente sofisticada; unas botas de tacón espigado y trenzas sobre el empeine pueden obsequiarte el toque de glamour estilo cabaret que un día cualquiera debe merecerse; unos zapatos de goma combinados con imaginación y seleccionados con originalidad legitiman tu excelente disposición para entregarte a la aventura todo terreno; pero un buen par de zapatos de tacón agudo y elevado -con una latente dosis de estrógeno y progesterona-, constituyen la elección perfecta para vestir tus pies de desinhibido deseo y mundana pasión.
El calzado sujeto al tobillo constituyó la esencia de los dorados años 20, la década de los maratones de baile y las fiestas interminables. En el 55, el italiano Salvatore Ferragamo -el zapatero de las estrellas de Hollywood- inventó el tacón de agujas que todavía hoy las mujeres piden y visten a gritos. Carolina Herrera declaró para un singular reportaje de la revista Harper's Bazaar que si fuera una prenda de vestir sería un par de zapatos firmados Manolo Blanick y yo digo que si por la boca muere el pez, yo muero por un par de Ives Saint Laurent trenzados en cuero y diseñados por Tom Ford para la más reciente colección Rive Gauche.
Un ejército de mujeres haciendo equilibrio para dominar el curvilíneo acento de sus cuerpos es la prueba más resuelta de cuán relativa es la importancia de sentar buenas bases para lograr loables aciertos. En épocas de crisis y guerra, la moda se torna frívola y escapista, y en mi caso, elegir la incomodidad del vértigo me permite expresar mi desapego a nuestro desabrido contexto y mi facilidad para transitar senderos paralelos.

 
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