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—Ahí está Ligia, ¡tan
linda y dulce! Aletargada en su centro asistencial con un ojo cerrado
de tanto golpe, pero el otro abierto; con sus labios despedazados
y casi inexistentes, pero contando su historia, ¡una historia
real! Es valiente Ligia. Con su dignidad hecha palabra. Con sus
deseos de vivir para ver hacer justicia.
—Y ahora viene el patiquincito criollo
y apoyado otra vez, ése que no convence a nadie con su actuación,
disque con ínfulas de ganadero y lo que tiene es currículum
de desquiciado. Además, tenía las más sofisticadas
herramientas de tortura humana en su casa: jeringas, mecates, guantes
de kick boxer, bozales, escopetas, chopos y sale negando con cierta
vergüenza los injustificables actos realizados… Típico
galán de telenovela rodeado de influyentes familiares. Qué
va, ese cuento no me lo trago yo. El poder adquisitivo no matará
los valores, pero los compra.
—¿Con qué soñará
Ligia mientras duerme, Rigoberta? ¿Con qué imágenes
liberará su mente las tensiones recogidas a lo largo de aquellos
cuatro meses horribles que vivió al lado de aquel monstruo?
¿Cuál será el final del sueño de nuestra
nueva, humilde y frágil protagonista?
—Con qué va a soñar sino
es con Cenicienta bajo los efectos de la droga, Blanca Nieves envenenada
y casi muerta a manos del príncipe azul o Caperucita masacrada
por el lobo y el cazador a la vez.
—¡Ay, Rigo! Pero es que todas
esas famosas protagonistas de cuentos se insinuaron. Fíjate,
la primera asistió a un baile y, quién la manda, ahí
tiene su merecido por safrisca; la segunda, se puso demasiado bonita
como para andar mostrándose a través de un ataúd
de cristal; y la tercera, nada más y nada menos que venir
a trajearse de rojo para dar un paseíto, ¡y con esa
edad! Esas son insinuaciones, ¿no crees?
—Ujuuum. Y yo cada vez que voy al mercado
de Quinta Crespo a comprar verduras cómo será que
me tengo que vestir. A ver si levanto algo, m’hijita, porque
es que ni así.
—¡Ave María Purísima,
Rigo! ¿Cómo te atreves a decir eso?, ¿y si
te ocurre algo parecido?
—Hago lo misma que Ligia, pues, me levanto
con miedo y todo, pero denuncio, hablo. Las cosas no se pueden quedar
así, tiene que haber justicia.
—Es verdad. ¡Tiene que haber justicia!
Sobre todo porque no nos pueden dejar sin el happy end. Para mí,
que soy una entendida en materia televisiva y bien cultivada en
lides telenovelescas, tú lo sabes, no en balde llevo cincuenta
y pico de años en esto de ser televidente, para mí
que esta historia necesita un giro, algo distinto y refrescante.
¿Tú crees que él podría corregirse,
recapacitar y enmendar sus errores? Y así volver con nuestra
humilde Ligia, en otros términos, claro, con más respeto
y consideración, pero, sobre todo, con amor.
—¿Qué es? ¡Tú
como que te volviste loca, Hermenegilda! ¿Acaso no sabes
que hay gente que no tiene arreglo? El que nace barrigón
ni que lo fajen chiquito, mi amor. Así que, olvídate,
porque ése no tiene compón. Además, quién
va a querer andar con semejante prontuario al lado, la que se entere,
mínimo pega una carrerita. Ese es un problema de concepción
de la historia. ¿A quién se le puede ocurrir personaje
tan escalofriante? Parece un relato escrito a puro puño y
sangre, escrito en el cuerpo de Ligia con pulso cuidadoso, con experiencia
sabia, con el tino de quien crea ficciones, ensayos y discursos
durante años. Escrito en la piel, pues, más nada.
¿Te acuerdas? La película aquella en que la protagonista
se buscaba un amante que al mismo tiempo fuese calígrafo,
pero en su propio cuerpo. Eso fue lo que se encontró Ligia,
aunque sin buscarlo por supuesto, escribieron la historia en su
cuerpo a punta de porrazos.
—Entonces, ¿cuál será
el final de Ligia, Rigoberta?
—No sé, pero te aseguro que tendrán
que colocar aquel cartelito de cualquier semejanza con la realidad…,
eso sí, al revés, cualquier semejanza con la ficción
es pura coincidencia. Ya está, chica, vámonos a dormir,
mañana veremos el próximo capítulo. l
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