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  Escrito en la piel
Rosa Elena Pérez

 

—Ahí está Ligia, ¡tan linda y dulce! Aletargada en su centro asistencial con un ojo cerrado de tanto golpe, pero el otro abierto; con sus labios despedazados y casi inexistentes, pero contando su historia, ¡una historia real! Es valiente Ligia. Con su dignidad hecha palabra. Con sus deseos de vivir para ver hacer justicia.

—Y ahora viene el patiquincito criollo y apoyado otra vez, ése que no convence a nadie con su actuación, disque con ínfulas de ganadero y lo que tiene es currículum de desquiciado. Además, tenía las más sofisticadas herramientas de tortura humana en su casa: jeringas, mecates, guantes de kick boxer, bozales, escopetas, chopos y sale negando con cierta vergüenza los injustificables actos realizados… Típico galán de telenovela rodeado de influyentes familiares. Qué va, ese cuento no me lo trago yo. El poder adquisitivo no matará los valores, pero los compra.

—¿Con qué soñará Ligia mientras duerme, Rigoberta? ¿Con qué imágenes liberará su mente las tensiones recogidas a lo largo de aquellos cuatro meses horribles que vivió al lado de aquel monstruo? ¿Cuál será el final del sueño de nuestra nueva, humilde y frágil protagonista?

—Con qué va a soñar sino es con Cenicienta bajo los efectos de la droga, Blanca Nieves envenenada y casi muerta a manos del príncipe azul o Caperucita masacrada por el lobo y el cazador a la vez.

—¡Ay, Rigo! Pero es que todas esas famosas protagonistas de cuentos se insinuaron. Fíjate, la primera asistió a un baile y, quién la manda, ahí tiene su merecido por safrisca; la segunda, se puso demasiado bonita como para andar mostrándose a través de un ataúd de cristal; y la tercera, nada más y nada menos que venir a trajearse de rojo para dar un paseíto, ¡y con esa edad! Esas son insinuaciones, ¿no crees?

—Ujuuum. Y yo cada vez que voy al mercado de Quinta Crespo a comprar verduras cómo será que me tengo que vestir. A ver si levanto algo, m’hijita, porque es que ni así.

—¡Ave María Purísima, Rigo! ¿Cómo te atreves a decir eso?, ¿y si te ocurre algo parecido?

—Hago lo misma que Ligia, pues, me levanto con miedo y todo, pero denuncio, hablo. Las cosas no se pueden quedar así, tiene que haber justicia.

—Es verdad. ¡Tiene que haber justicia! Sobre todo porque no nos pueden dejar sin el happy end. Para mí, que soy una entendida en materia televisiva y bien cultivada en lides telenovelescas, tú lo sabes, no en balde llevo cincuenta y pico de años en esto de ser televidente, para mí que esta historia necesita un giro, algo distinto y refrescante. ¿Tú crees que él podría corregirse, recapacitar y enmendar sus errores? Y así volver con nuestra humilde Ligia, en otros términos, claro, con más respeto y consideración, pero, sobre todo, con amor.

—¿Qué es? ¡Tú como que te volviste loca, Hermenegilda! ¿Acaso no sabes que hay gente que no tiene arreglo? El que nace barrigón ni que lo fajen chiquito, mi amor. Así que, olvídate, porque ése no tiene compón. Además, quién va a querer andar con semejante prontuario al lado, la que se entere, mínimo pega una carrerita. Ese es un problema de concepción de la historia. ¿A quién se le puede ocurrir personaje tan escalofriante? Parece un relato escrito a puro puño y sangre, escrito en el cuerpo de Ligia con pulso cuidadoso, con experiencia sabia, con el tino de quien crea ficciones, ensayos y discursos durante años. Escrito en la piel, pues, más nada. ¿Te acuerdas? La película aquella en que la protagonista se buscaba un amante que al mismo tiempo fuese calígrafo, pero en su propio cuerpo. Eso fue lo que se encontró Ligia, aunque sin buscarlo por supuesto, escribieron la historia en su cuerpo a punta de porrazos.

—Entonces, ¿cuál será el final de Ligia, Rigoberta?

—No sé, pero te aseguro que tendrán que colocar aquel cartelito de cualquier semejanza con la realidad…, eso sí, al revés, cualquier semejanza con la ficción es pura coincidencia. Ya está, chica, vámonos a dormir, mañana veremos el próximo capítulo. l

 
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