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  Sobreviviré
Rosa Elena Pérez

“Mi voz puede volar, puede atravesar cualquier herida, cualquier tiempo, cualquier soledad. Sin que la pueda controlar, toma forma de canción. Así es mi voz, es alegre mi corazón. Y volará…”

de este modo Celia Cruz cantaba la versión en español de la pieza que la norteamericana Gloria Gaynor magistralmente inmortalizó para todos los melómanos del orbe en la década de los 70, y cuyo título hemos tomado para dibujar nuestra crónica de hoy. Un grupo de ex compañeros del Liceo Urbaneja Achelpohl de Caracas se dejaba envolver por esas palabras, por esos acordes y recuerdos, la noche del jueves 10 de agosto de 2006, a eso de las 7:00, en medio de un local ultradistinguido de nuestra ciudad de Caracas.

El grupo de cuarentones finalmente decidió realizar el reencuentro para dar fe de la memoria compartida, sin descartar, por supuesto, la obligatoria labor de reconocimiento en los cambios tanto internos como externos que se hubiesen podido operar en cada uno de sus integrantes: una personalidad callada convertida en otra más accesible y cálida, un personaje antes chispeante ahora más bien sosegado; kilos de más, arrugas, canas; tristezas, alegrías, frustraciones y satisfacciones. La camarilla de amigos se recibió con júbilo y expectación, al igual que con una gran cantidad de interrogantes por los compañeros ausentes. Veinticuatro años son tiempo suficiente como para dispersar por buena parte del planeta a algunos de estos sobrevivientes de la especie humana, así como también lo son para retornar al pasado y hacer un inventario vivencial que dé cuenta de una identidad aún en desarrollo, pero con buena parte del edificio construido.

Al margen de este reencuentro, días más tarde se efectuaría otra reunión entre dos ex compañeras de la misma generación del 82. Siempre sintieron afinidad entre ellas, pero no tuvieron mucha ocasión para sumergirse en las aguas de la poesía, que era el llamado que compartían. Sin embargo, a veces, la vida decide ser generosa, muy generosa, y el ansiado momento, aunque con retraso, llegó. Una pequeña sorpresa reservada para Alionka y la autora de estas líneas dentro del complicado vaivén de la existencia, se cumplió en el devenir tranquilo de los días de una ciudad de paz, llena de paz. Y a pesar de que la vida es generosa, son tantos los cambios experimentados en cada una, que la poesía ya no es primordial. Los ritmos y los tropos pasan a un segundo plano, y el discurso emprende la clave del testimonio. Alionka viene de lejos, del sur del Líbano para ser exactos, donde dejó a su esposo médico atendiendo víctimas de guerra.

Al inicio del encuentro, y por tan sólo un instante, me pregunté si debía colocar algo de música mientras la conversación se dejaba ir por los senderos crudos e inhóspitos que con seguridad nos esperaban. Pensé en Celia Cruz y su versión salsera de la canción ya citada: “Yo viviré, allí estaré, mientras pasa una comparsa, con mi rumba cantaré…” Desistí de esta idea por absurda. Los seres humanos, a ratos, podemos estar tan separados de la circunstancia que nos rodea, que llegamos a ser terreno fértil para lo superfluo y anodino. No obstante, a medida que avanzábamos en el río expresivo, en el apretado anecdotario, acudía a mí con más fuerza y persistencia el tono alegre de la canción. Mi mente se inundaba con la voz de Celia diciendo: “Y ahora vuelvo a recordar aquel tiempo atrás cuando me fui buscando el cielo de la libertad…” Y en eso escucho a Alionka relatarme cómo vio el horizonte libanés cruzado por bombas, cómo escuchó el estruendo abrazada de sus hijas, cómo tranquilizó a un bebé aterrado por la muerte. Describía y narraba lo vivido con una calma que descolocaba. Viene de la guerra y su espíritu se mantiene fresco y luminoso, como siempre lo fue. La guerra no logró borrar su sonrisa ni su optimismo. Ella afirma, sin dejar espacio a la duda, que lo destruido se vuelve a reconstruir. Y mi amiga, sin saberlo, me regala una lección simplísima y llana, pero tan profunda que, en definitiva, resuelvo tomarla como una consigna personal.

Ya finalizado nuestro encuentro, veo a mi amiga decirme adiós a lo lejos, mientras retumba en mi cabeza la melodía del coro: “Rompiendo barreras, voy sobreviviendo. Cruzando fronteras, voy sobreviviendo”.  Y fue así como culminó este episodio de reencuentros en nuestras vidas, en el que las protagonistas terminan afirmando, en tono de reto, a la vez que miran directamente al público: “Sobreviviré”. l

 

 
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