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Una doctora
de malas
intenciones

Ruth Dean lo tenía todo, menos
un compañero

Max Haines

Ruth Dean, nacida en Greenwood, Mississippi, era una joven bonita, de ojos azules y piel aceitunada. Sus padres murieron de causas naturales cuando ella tenía unos 12 años. Debido a ello, fue criada por un tío acaudalado e influyente.

Ruth, quien siempre fue una excelente estudiante, sorprendió a su tío al expresarle su interés en la medicina, una ocupación totalmente inusual para una mujer en 1924. Siendo una joven de voluntad firme, insistió en seguir la vocación que había escogido. Se graduó en la Universidad de Mississippi antes de ingresar en la Universidad de Virginia, donde se convirtió en la primera mujer en esa institución que recibiera el título de médico.

La doctora Dean abrió un consultorio en el prestigioso Edificio de Médicos y Cirujanos del doctor Kennedy, ubicado en su ciudad natal.

Hasta este punto, la vida de Ruth Dean sólo puede ser vista como un éxito. Lo tenía casi todo. Sin embargo, algo extrañamente ausente en su vida era la compañía de un hombre. Esta situación pronto mejoraría, o empeoraría, dependiendo del punto de vista del lector o lectora.

Dejemos a Ruth con sus fórceps y suturas por un momento y concentrémonos en el pasado del doctor Preston Kennedy.

Preston nació en el pueblito de Dlo, Mississippi. Asistió al Memphis Medical College y luego cursó estudios de postgrado en Nueva York. Regresó a Mississippi y se estableció en Greenwood.

El doctor Kennedy, un hombre amigable y apuesto, se convirtió rápidamente en uno de los médicos más populares en esa parte del estado. En junio de 1924 se casó con Bessie Brunson, de 24 años, quien daba clases en la escuela de Greenwood. Preston tenía 32 años. Dos años después, la feliz unión fue bendecida con una hija, Ann Margaret.

El doctor Kennedy luego procedió a construir el Edificio de Médicos y Cirujanos. Ruth Dean mudó su consultorio al nuevo edificio. Las cosas nunca serían lo mismo.



Preston Kennedy y Ruth Dean se enamoraron de inmediato apasionadamente. Estaban en compañía uno del otro siempre que podían.

Hoy en día, Greenwood es una activa comunidad de más de 20.000 habitantes. Pero en 1930 era un pueblo de 11.000 habitantes. Todos conocían los asuntos
de los demás. Las lenguas no
descansaban.

Un buen día de abril de 1931, Preston
y Ruth habían salido de Greenwood para asistir a una convención médica.
La señora Bessie Kennedy recibió

una llamada telefónica. Le informaron de la  aventura
amorosa de su esposo. Bessie quedó devastada.

Aún aturdida, Bessie se dirigió a la desierta oficina de su esposo. Revisó sus papeles. Allí estaba la prueba, en negro sobre blanco. Las tórridas cartas de amor que Ruth le había escrito a Preston. Las cartas, que posteriormente serían presentadas como evidencia, se conservan hasta nuestros días.

Bessie era una dama práctica. Miró las cartas, se fue a su casa, las colocó en la almohada de su esposo, empacó una maleta y, junto con Ann Margaret, se marchó.

Cuando Preston llegó a casa recibió el mensaje fuerte y claro. En las semanas siguientes, le imploró a su esposa que le perdonara y regresara con él. Finalmente, Bessie cedió y volvió, pero su relación nunca fue igual. Durante más de un año, el atribulado matrimonio Kennedy se esforzó por recuperar la armonía, pero inútilmente. En marzo de 1933 estaban divorciados. Todo el proceso fue muy civilizado. Preston le dio a Bessie toda la asistencia financiera que ella pidió.

Ruth trató de mantenerse alejada de su amante. Abandonó Greenwood y abrió un consultorio en Lewes, Delaware, pero después del divorcio de los Kennedy regresó a Greenwood. Ella y Preston continuaron su relación donde la habían dejado. Nada había cambiado, salvo por la gran diferencia en el estado civil de Preston. Ahora estaba libre para casarse.

Los meses transcurrieron. Uno pensaría que después de años de compartir el fruto prohibido, Preston saltaría ante la oportunidad de legalizar su relación con Ruth. Pero los asuntos del corazón a veces son difíciles de comprender. Preston le dijo a Ruth que había cometido un terrible error y estaba pensando en casarse de nuevo con Bessie.

Cerca de la medianoche del 27 de julio de 1933, Ruth telefoneó a Preston y le pidió que la visitara. Preston permaneció con Ruth hasta las 4:30 am. Cuando regresó a sus aposentos, estaba enfermo. Su amigo y casero, August Thalheimer, declararía más tarde que Preston le dijo: “Me siento como si estuviera literalmente en llamas”. Thalheimer llamó al doctor George Baskerville, quien llegó momentos después y examinó a su paciente. El buen doctor no anduvo con rodeos. “¡Dios mío, te han envenenado! ¿Qué estabas tomando y dónde estabas?”. Preston insistió en que había comido un sándwich de cerdo y que debía haberse envenenado con tomaína. Se aferró  a esta historia durante los días de agonía que seguirían.

Con cada día que pasaba, el estado de Preston empeoraba. Una semana después de su visita a Ruth, su condición se consideraba crítica. Sus dos hermanos, Henry y Barney Kennedy, ambos dentistas, fueron llamados a su lecho de enfermo. Preston estaba lúcido. Discutió sus asuntos financieros con sus hermanos. Henry Kennedy, comprendiendo que su hermano estaba a punto de morir, le preguntó: “Preston, ¿cómo ocurrió esto? ¿Qué te pasó? Queremos saberlo”.

Por primera y única vez, Preston cambió su explicación del sándwich de cerdo. “La doctora Ruth me dio un trago de whiskey con veneno. Creo que tenía mercurio”.

Tres días después, el 6 de agosto de 1933, con su madre a su lado, Preston Kennedy expiró. El día en que enterraron a Preston, Ruth Dean fue arrestada y acusada de homicidio.

El 25 de enero de 1934 se inició su juicio por asesinato en Greenwood.

Las cartas de amor explícitas se leyeron en voz alta. Sin embargo, al final, los abogados rivales discutían si la declaración de Preston Kennedy en su lecho de muerte, en la que incriminaba a la mujer que una vez había amado, fue hecha por un hombre en pleno uso de sus facultades.

Los hermanos de Preston juraron que él se encontraba perfectamente cuerdo. Los médicos que lo atendieron declararon que no había recibido fármacos que pudieran afectar su juicio.

La corte aceptó la declaración hecha en el lecho de muerte y el jurado la creyó. Los médicos afirmaron rotundamente que Preston había muerto por envenenamiento con mercurio. La defensa alegó débilmente que se trataba de la enfermedad de Bright.

Aunque a la defensa le resultaba difícil rebatir la sólida evidencia circunstancial, los abogados señalaron que nadie había visto a Ruth verter el veneno en la bebida de su amado ni a Preston beberlo. En algunos casos de envenenamiento, sólo esto ha sido suficiente para dejar en libertad al acusado. Ruth Dean no sería tan afortunada. Fue encontrada culpable y sentenciada a cadena perpetua.

La doctora Dean prestó servicio como médico del Mississippi State Hospital durante años antes de obtener su libertad. Se casó y aparentemente pasó el resto de su vida cerca de Jackson, Mississippi. l

 

Traducción: José Peralta.

Ilustraciones: David Márquez

david.marquez@cantv.net

 
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