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Esta es mi columna número sesenta, un número redondo, y para celebrarlo voy a aprovechar, precisamente, para hablarles de
redondeces. Resulta que, como ya algunos de ustedes sabrán, luego del nacimiento del gran Tomatito quedé como una ballena, como una ballena gorda. Les cuento que mi principito ya cumplió un año y yo, luego de un megaesfuerzo, recuperé mi delgadez. Se los cuento no sólo por coquetería sino por la razón que me llevó, mejor dicho, me obligó a hacer tamaño esfuerzo. Sencillamente, no aguanté la presión. Yo, que me juraba dueña de una personalidad a prueba de balas, que juraba que podía ostentar otras cualidades incluso más importantes que el peso y las medidas, no pude soportar la inmensa presión. Qué vaina tan fuerte es ser una mujer gorda en este país. Es impresionante. Ojo, mi familia no tuvo nada que ver, me seguían queriendo igualito, y mi marido menos, al contrario, mis kilos de más no le molestaban, incluso se sentía a gusto entre ellos, cosa que le agradezco. Pero del resto… Repito, es impresionante. Una mujer gorda en este país es, aunque suene paradójico, una mujer invisible. De verdad, si usted quiere pasar desapercibida en Venezuela láncese a comer como loca. Los hombres es que ni voltean ni te abren una puerta ni te ceden una silla, casi ni te dan los buenos días, es que no se enteran de que estás ahí, pero ni uno, ni el carnicero, pues. Y las mujeres, ¡Dios mío!, qué bárbaras somos las mujeres venezolanas, qué despiadadas con las gordas. Como nosotras estamos todo el santo día compitiendo con las demás (por genética, por idiosincrasia o por la escasez de galanes potables), solamente vemos, notamos, tomamos en cuenta a las rivales de cuidado. Por lo tanto a las gordas ni pendientes. Es que es impresionante, no me canso de repetirlo. Yo entraba a cualquier lugar lleno de mujeres, o sea en todas partes, y mis congéneres me dedicaban una mirada rápida, experta, evaluativa, con la cual determinaban de manera evidente: es una gorda; luego, no existe como rival, obvio. Cinco segundos a lo sumo les tomaba volverme invisible. Como si esto fuera poco, yo, quien por mi oficio vivo últimamente rodeada de actrices y misses, me tuve que calar no sólo mi invisibilidad sino escucharlas todo el santo día quejándose de lo gordísimas que están, de la barriguita que les sobresale, de las revolveras que detestan, de la celulitis que les atormenta. ¡Santo Cristo! Si ellas se ven así ¡¿cómo me verían a mí?! Si a eso le sumas que hoy en día la talla L es para las que están buenotas, la M para las anoréxicas con lolas recién puestas y la S para las anoréxicas y punto, la invisibilidad de las gordas cobra niveles atómicos porque, simple y llanamente, no encuentras qué comprarte, luego, no existes. De verdad que la presión es fortísima y yo no pude con ella. Y aquí me tienen, no flaca, pero al menos delgada, visible. He recuperado mi capacidad de ser vista y no salgo de mi impresión. Porque resulta que en ese año que anduve de ballena, de ballena gorda, escribí un guión para una película que ya está en rodaje, una novela que está a punto de editarse, una obra de teatro que ya estrenó y volé por los aires de un teatro convertida en hada madrina. A pesar de todo eso, cuando la gente que me conoce o reconoce me ve lo que me gritan es ¡Mónica, pero si estás flaquísima! No sé a ustedes pero a mí me impresiona. Lo que soy yo, de ahora en adelante, me la pasaré quitándome el sombrero ante cuanta gorda logre ver en este país 90-60-90. Aguanté un año pero no pude con la presión de ser la mujer invisible. No pude. l
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