Decidí estudiar Periodismo a los 15 años, una edad —digo yo— en la que nadie puede estar seguro de nada. Hoy, creo que fue una intuición, más que una certidumbre, la que en cuarto año
de bachillerato me llevó a asegurarle a mi profesora de Psicología cuál sería la profesión que pensaba ejercer el resto de mi vida. Periodista, le dije, como si fuera lo más natural del mundo.
Dos años después entré a estudiar Periodismo, y en el preciso momento en que descubrí mi nombre en la lista de alumnos de la sección C del primer año, un nudo de miedo se instaló en la boca de mi estómago. A la sección C le correspondía, ese mismo día —era jueves—, un salón inmenso, en donde en vez de pupitres había mesones con máquinas de escribir, y aguardaba —apoyándose en un escritorio— un tipo alto, sonriente, de lentes gruesos como fondos de botella, entradas pronunciadas y cabello lacio y mojado —¿de brillantina?— peinado hacia atrás. Era el profesor de Periodismo Informativo.
A partir de entonces, todos los jueves y durante cuatro horas seguidas, tendríamos que vernos con él (daba vueltas, mirando y comentando por encima de nuestros hombros el texto que luchábamos por escribir de la forma más clara, más directa y más noticiosa posible). Se llamaba Gilberto Alcalá. El primer periodista de verdad-verdad que conocí en mi vida.
Aquel día de inicio, a manera de abreboca, nos habló del deber ser del periodismo escrito y de la profesión de reportero, un oficio —sostenía— duro, exigente y mal pagado. Oyéndolo hablar sobre valores, importancia y fundamentos, el nudo de miedo apretó más fuerte mi estómago. Yo nunca tendría el coraje ni la tenacidad ni el temple ni la disciplina ni la claridad ni la intuición que se requería. Tampoco la rapidez que se necesitaba —aún recuerdo la velocidad asombrosa con que se movían sus manos sobre la máquina—, y menos la habilidad para plasmar en blanco y negro la realidad. Mis dudas crecieron con el “08” que saqué en el ejercicio de esa mañana —mi primera práctica—, aunque cuidé bien en disimular mis sentimientos.
Seguí disimulando durante toda la carrera, especialmente en sus clases, mientras me enfrascaba en redactar notas perfectas respondiendo a las cinco preguntas fundamentales (qué, quién, cuándo, dónde, cómo), a partir de datos reales. Porque Alcalá, enemigo del amarillismo, tenía un especial olfato para detectar cuándo se “inventaba” una información, y nos corregía no sólo estilo e instinto periodístico sino veracidad y exactitud. Apostaba por el rigor, el hecho cierto, y descubría con facilidad los gazapos, las “ollas” o la nota montada a partir de la falsedad. “No hay necesidad —decía—, la noticia está ahí”, y para probarlo echaba el cuento del estudiante que mandó al Congreso en búsqueda de información. El muchacho regresó con las manos vacías porque “el Congreso estaba cerrado”.
-Esa es la noticia —le dijo el profesor—, que el Congreso estaba cerrado, que no estaba trabajando.
Siempre hay noticia, machacaba. La cuestión es saber verla, encontrarla, olfatearla y, sobre todo, saber transmitirla.
Por eso batallé tanto mientras fui su alumna. Quería escribir lo mejor posible. Ser precisa, clara, rigurosa… En fin, quería ser como él. Y, una vez, creí acercarme a sus talones.
Cursaba segundo año y, como reconocimiento a la mayor nota en un examen, me tocó acompañarlo a una rueda de prensa. El evento era con motivo de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Mar que, por esos días —año 1974—, se iba a realizar en Caracas. El plan era que yo —en su lugar— cubriera el acto. Y lo hice. Al día siguiente mis compañeros me felicitaron por la nota que, sin firma, apareció publicada. Qué privilegio. Emocionada, no daba crédito a lo sucedido. Con las manos temblorosas busqué mis líneas en el periódico… ¡y mi mundo se vino abajo! Lo publicado no era mi texto. O por lo menos no era por entero mío: no era mi título ni mi encabezamiento ni quién sabe qué más. Mi profesor lo había corregido. Cabizbaja y con los ojos llorosos por la vergüenza, así se lo dije al encontrarlo en un pasillo. Pero Alcalá —generoso—, lo negó. “Claro que es tu reseña”, aseguró, y sonriendo me dio la espalda.
Desde entonces, cada vez que alguien menciona a Gilberto Alcalá, rememoro ese episodio. Y por estas fechas, cuando acaban de cumplirse dos meses de su muerte y cuando está por celebrarse otro Día del Periodista, quise escribir estas líneas. Para evocar al primer periodista de verdad-verdad que conocí en mi vida. Para recordar a quien me enseñó a querer, pero, sobre todo, a respetar la profesión que escogí como opción de vida. l
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