| Libre para seguir
matando
Las autoridades no se tragaron
la historia de Bernard Pesquet
Francia estaba ocupada por Alemania
en 1941, cuando Bernard Pesquet,
de 19 años, fue declarado culpable
de asesinar a su mejor amigo, Julien Quivel. Bernard admitió haber
golpeado a Julien en la cabeza
con una viga de hierro, pero afirmó
que la víctima era un informante
de los alemanes y que lo asesinó
para proteger a su país. No hace
falta decir que tal defensa no era
la mejor en la Francia ocupada por Alemania.
El tribunal prefirió creer que el móvil
era robo. Bernard fue encontrado
culpable y sentenciad o a cadena perpetua. 21 años de cárcel después, fue liberado. Se radicó en el suburbio parisino de Pierrelaye, y los residentes locales lo consideraban una especie de celebridad.
En el transcurso de un año había establecido un próspero negocio de pintura
y decoración y se había ganado el respeto de sus conciudadanos. Bernard
era, incluso, un miembro importante de la cámara de comercio local.
En 1968 conoció y se casó con la atractiva Christiane Ruaux. Aunque ella tenía gustos un tanto caros, el matrimonio pareció estar bendecido con felicidad hasta el 24 de noviembre de 1974. Ese fue el día en que Christiane desapareció con todo lo que había de valor en la residencia Pesquet. La mujer se llevó varios de los trajes de Bernard, algo que causaba una risa ahogada en todos. El motivo era que Bernard tenía el diminuto cuerpo de un jockey.
Si Christiane se había fugado con un amante que podía usar los trajes de su esposo, éste tenía que ser realmente un hombre muy pequeño. Bernard lloró, pero la vida continuó.
El 30 de abril de 1976, los ciudadanos de Pierrelaye tuvieron otro motivo para chismear. Un agente de bienes raíces local, Henri Francqui, de 68 años, desapareció de la faz de la tierra. Nada había sido extraído de su oficina o lugar de habitación. Francqui, quien vivía solo, simplemente no se presentó en su oficina y nunca más fue visto de nuevo. Dos meses después, mientras la policía buscaba a Francqui o su cuerpo, ocurrió otra tragedia.
En esta ocasión, el suburbio parisino de Neuilly-sur-Seine fue el escenario de un triple asesinato. Emile y Elizia Bergaud conformaban una pareja acomodada que faltó a una cita para cenar con su yerno. Emile tenía 73 años y Elizia 63. Junto con su criada, Alfia Borgioni, fueron encontrados muertos a balazos en su apartamento. Los detectives hallaron una hoja de plástico en el comedor. Se había endurecido con sangre desecada. El asesino había encontrado una caja fuerte oculta en el baño. La había abierto y se llevó su contenido. Una cartera de mujer se encontraba abierta en el piso del dormitorio. Todo el dinero había sido retirado. Aunque el motivo lógico parecía ser robo, la policía pensó que se trataba de un aficionado. Un ladrón profesional rara vez mata y no suele andar armado.
Una autopsia reveló que la señora Bergaud había recibido un disparo en la cabeza y dos en la espalda. El señor Bergaud también había sido abaleado en la cabeza y en un brazo. La criada, Alfia Borgioni, había sido estrangulada y luego le dieron un tiro en la cabeza mientras estaba inconsciente. Las pruebas de balística revelaron que todos los proyectiles habían sido disparados con la misma arma, un revólver calibre 38.
La policía supuso que el derramamiento de sangre había ocurrido para impedir que las víctimas identificaran al ladrón. Después de analizar la escena del crimen y estudiar la trayectoria de los disparos, se estableció que el hombre que disparó el arma era bajo de estatura. Las balas se habían desplazado en un ángulo ascendente.
Era poco probable que la caja fuerte, que estaba bien oculta en un armario en el baño, fuera encontrada por alguien a menos que supiera dónde buscar. La caja de seguridad estaba bien construida y tenía un sistema complicado, por lo que sólo podía ser abierta por alguien que tuviera conocimiento de cajas fuertes y supiera manipular herramientas.
No pasó mucho tiempo antes de que el nombre de Bernard Pesquet saliera a relucir. Primero se revisaron los expedientes de hombres con antecedentes penales. Bernard satisfacía la mayoría de los prerrequisitos. Era pequeño y, aunque no conocía a los Bergaud personalmente, poco tiempo atrás había empapelado y pintado su apartamento. Por lo tanto, conocía la ubicación de la caja fuerte y sabía qué herramientas se requerían para abrirla.
Bernard fue interrogado. Al principio negó todo y achacó la persecución policial a sus antecedentes penales, que se remontaban 20 años atrás. Sin embargo, en una inspección de su residencia se encontraron monedas suizas, británicas y belgas, así como una tarjeta American Express a nombre de Emile Bergaud. Bernard trató de disimular. Afirmó que el dinero procedía de sus propios ahorros. En cuanto a la tarjeta American Express, les dijo a los oficiales que había dejado un libro con muestras de papel tapiz en casa de los Bergaud. La pareja debió dejar caer la tarjeta en el libro. Bernard había encontrado la tarjeta y pensaba regresarla.
Si bien la historia de Bernard entraba dentro de los límites de lo posible, no pudo presentar una historia similar que explicara el gran número de evidencias hallado
en su casa. Los detectives encontraron lingotes de oro, las joyas de la señora
Bergaud y la llave del apartamento del matrimonio. También descubrieron la licencia de manejar de Christiane Pesquet y un documento de identificación perteneciente
a Henri Francqui.
Bernard le dijo a los oficiales que lo interrogaban que Christiane y Francqui habían sido amantes y se habían fugado juntos. Nadie creyó la poco verosímil historia. En lugar de seguir interrogándolo, la policía procedió a hacer excavaciones en su patio. Bernard fue obligado a observar. Ni siquiera parpadeó.
Cuando los excavadores suspendieron su tarea, su rostro mostró una amplia risa burlona. Las cosas se pusieron realmente serias cuando la policía concentró sus esfuerzos en el sótano de la casa. Resignado a las consecuencias, Bernard dijo,
de manera incidental: “Quizás encuentren dos cuerpos allí”. Estaba en lo cierto.
Se encontraron los cadáveres de su esposa, Christiane, y de Henri Francqui.
Las autopsias y las pruebas de balística mostraron que ambas víctimas habían
sido abaleadas con la misma arma que había puesto fin a las vidas de los
Bergaud y de su criada Alfia Borgioni.
Bernard contó ahora una historia diferente. Christiane y él habían discutido por la relación de ella con Francqui. Ella quería dinero para poder largarse con su amante. Como él se rehusó, ella sacó el revolver calibre 38. En el subsiguiente forcejeo, ella recibió un disparo. En cuanto a Francqui, Bernard había discutido con él por causa de Christiane. Francqui le apuntó con un arma. Bernard sostuvo que no tuvo alternativa, salvo disparar en defensa propia. Desafortunadamente para Bernard, ambas víctimas habían recibido los impactos de bala en la espalda.
Cuando le señalaron las incongruencias en su historia, Bernard sólo pudo quedarse viendo fijamente el piso. Ya no sonreía.
El 8 de octubre de 1982, Bernard Pesquet fue encontrado culpable de cinco cargos de asesinato y sentenciado a cadena perpetua.
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