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¿Qué significa cumplir 80?
Hasta no hace mucho tiempo, era considerado
un logro que uno llegara a los 70 años. Pero ahora muchas
personas llevan una existencia plena y activa mucho más allá
de esa edad. He aquí mi propia experiencia.
Katharine Whitehorn
Cuando apenas era una niña que
estudiaba en una escuela de Londres, me imaginaba que a los 60 años
estaría forrada de encaje negro hasta los tobillos, con las
manos retorcidas apoyándome en un bastón con una empuñadura
plateada, y que le hablaría con autoridad a mis nietos. Ahora
todo eso me da risa. Muchas personas apenas se dan cuenta cuando
cumplen los 60. Ocupan su tiempo en viajes y otras actividades,
e incluso asisten a la universidad mucho después de cumplir
70. Podríamos decir que los límites de la ancianidad
se han desdibujado. No obstante, los dedos siguen retorciéndose,
los sentidos de la vista y del oído continúan deteriorándose
igual que antes, el carruaje alado del tiempo no se ha detenido;
sólo que nos alcanza más tarde en la vida. La frontera
de la ancianidad, que antes nos parecía casi el final de
la vida, ahora parece que se cruza unos 10 o 20 años más
tarde, pero no ha desaparecido.
Todos sabemos que nuestra expectativa
de vida ahora es mayor. En 1880, sólo 160.000 personas de
un millón llegaba a los 75 años; en la actualidad
esa cifra supera los 600.000 individuos.
Sin embargo, dejando las estadísticas
de lado, ¿cómo nos sentimos nosotros -que estamos
pasando nuestra sexta o séptima década de vida de
manera entusiasta- frente a lo que está por venir; es decir,
cumplir 80 años? Hasta ahora, podríamos decir que
nunca estuvimos tan bien: somos probablemente la última generación
en tener pensiones decentes, las hipotecas pagadas y la casa sin
niños (con suerte). Somos personas activas, muchas aún
trabajan, y si por alguna razón tenemos que ir al hospital,
salimos de allí como nuevos. Incluso el mercado se está
dando cuenta de que en realidad tenemos más dinero que cualquier
otro grupo etario, y nos clasifican como “los buscadores del
placer dorado” –toda una nueva raza de gente alegre.
Al menos este es el caso de algunos
de nosotros. El hecho es que existe una mayor diferencia entre los
ricos y los pobres de este grupo que en cualquier otro, y la llegada
de la ancianidad afecta a los pobres primero que a los afortunados.
Según se desprende de un estudio realizado recientemente,
la diferencia yace precisamente en lo que a dinero y educación
respecta. Quienes tienen la suerte de tener ambos están a
años luz de encontrarse entre los ancianos solitarios que
las instituciones benéficas nos exhortan a visitar. El lugar
de residencia también marca la diferencia. Un londinense
que tenga un billete para realizar viajes ilimitados por varias
ciudades europeas y goce de trato preferencial en los cines y las
exposiciones de arte tiene una mejor calidad de vida que alguien
que ya no puede darse el lujo de viajar, y tiene que estar desamparado
en medio de una cola, parado sobre lodo, mientras abren la oficina
de correo o llega el autobús. Según algunas de estas
personas, es como ser enterrados vivos. Muchos hacen planes de retiro
que funcionan excelentemente hasta que cumplen 80 años y
ya no pueden caminar los casi dos kilómetros hasta el pueblo
o la parada de autobús, por lo que tienen que esperar para
que alguien les dé la cola. Llegar a viejo no se trata precisamente
de la edad –sino fundamentalmente de la condición física
a dicha edad.
“Llega como una sorpresa”,
señala una mujer de 78 años, “el hecho de que
tu cuerpo ya no te responda como antes. Solías despertarte
tan fresca como una lechuga y, luego, te ves obligada a tomar una
siesta después de almuerzo”. Con mucha frecuencia sentimos
que nuestras mentes están tan lúcidas como siempre
-excepto, desde luego, por esos peculiares “momentos”
en que ya no recuerdas el nombre de tu último jefe o incluso
lo que cenaste el día anterior. Te dispones a dar un paseo
con gente más joven porque te encanta caminar, pero cuando
avanzas dos cuadras ya no puedes continuar porque ya estás
cansado.
De acuerdo con una investigación
de mercado, muchas personas -para aparentar ser más jóvenes-
solían quitarse 10 años de edad, pero ahora se quitan
20. He escuchado a gente decir frases tan repelentes como “Tengo
74 años de juventud” o usar el terrible cliché
“Estoy tan ocupado que no sé cómo he tenido
tiempo para ir a trabajar”. Posiblemente estamos haciendo
nuestro mejor esfuerzo. Intentar lucir más joven está
bien si una es Sofía Loren, quien irradia una belleza verdadera
aún a los 70 años. Pero, ¿una barrigona de
50 años que se va de fiesta con una cola de caballo porque
tiene el cabello sucio? Eso es tan absurdo como el hecho de que
el senador estadounidense William Proxmire admitiera que se hizo
una cirugía “porque interiormente no me siento como
de 70”.
Otros sentidos
No obstante, ¿por cuánto tiempo más podemos
mantenernos así? Sin duda, es un error juzgarnos por lo jóvenes
que podamos lucir. El hecho es que no somos tan jóvenes,
y tenemos que reemplazar esos cutis lozanos, esa habilidad de subir
las escaleras corriendo cargando una cómoda y esa ilusión
de ser invencibles por otra cosa. Y esa cosa es la experiencia,
tiempo libre, la larga perspectiva de los 50 años -lo que
la poeta Jenny Joseph llama “los verdes retoños de
la mente”. Sabemos, cuando pensamos en ello, que existe un
límite para mantenernos jóvenes; tenemos la edad que
tenemos y estamos envejeciendo a cada momento. Algún día
llegaremos a los 80 años o al estado de decrepitud (a cualquier
edad que nos toque) que ese número ha llegado a representar.
Es un pensamiento terrible y hacemos
todo lo posible por evitarlo. Seguimos creyendo -con la misma negativa
que hace que gente más bien susceptible considere que está
evadiendo la muerte al negarse a hacer el testamento- que la ancianidad
es algo que tienen que encarar sólo los demás, no
nosotros. Nunca tendremos dificultad para respirar o problemas de
visión; no tendremos que ver las caras aburridas de los demás
mientras contamos la misma historia por tercera vez en una hora;
no tendremos que refunfuñar para que todos hablen más
alto. El psicólogo Richard Lansdown recomienda que no adelantemos
el futuro en más de dos años, algo parecido a la receta
que ofrece Sydney Smith para la depresión: “No deberíamos
hacer proyectos a muy largo plazo, no más allá de
la hora de la cena”.
Es fastidioso ser un viejo, sin duda. Para empezar, solemos pasar
inadvertidos; las personas ni siquiera nos miran en las recepciones;
no somos precisamente los primeros a quienes le sirven la comida.
Cuando la familia está planificando un día de campo
adviertes que no te han incluido. Bueno, ¿acaso les pedimos
opinión a nuestros padres sobre cada viaje que hicimos? También
nos disgusta nuestra falta de seguridad: en vista de que tenemos
menos confianza en nuestros cuerpos, no nos atrevemos a cruzar calles
congestionadas, nos aferramos a los pasamanos y sentimos terror
por las aceras mojadas. Nos enfrentamos a decenas de disgustos:
la música de fondo que interfiere en nuestras conversaciones,
los restaurantes cuya decoración minimalista y pisos de madera
se encargan de que no podamos concentrarnos mientras hablamos; y
la tecnología, que debería ser nuestro salvavidas
-por ejemplo, pensemos en lo que el correo electrónico y
el fax pudieran hacer por los sordos-, algo que se hace casi imposible
debido a que las instrucciones son traducidas del idioma japonés
por un rumano y, para colmo, son escritas en un tamaño de
letra mínimo.
A veces recibimos gestos de bondad -un
vecino que camina con un bastón me contó que en el
metro las personas le ceden el asiento-, aunque no mucho respeto.
Quienes en la actualidad tienen 80 años se quejan de que
cuando eran jóvenes tenían que respetar a los mayores,
pero ahora que ellos son viejos nadie los respeta. Igualmente le
tememos a la soledad, y hay mucho que decir sobre el tema. Es absurdo
que no hagamos amigos cuando estamos viejos. Sucede que las personas,
cuando se aproximan a los 80, empiezan a salir con menor frecuencia,
por lo que dejan de conocer nuevas personas. También dejan
de ir a lugares donde tienen la oportunidad de reemplazar a los
amigos que se mudaron o ya murieron. Y la familia no siempre es
la respuesta. Si las abuelas una vez fueron las amadas matriarcas
de las leyendas -aunque el experto en población Peter Lazlett
sostiene que siempre fueron marginadas-, en la actualidad ya no
lo son. Pueden ser útiles con los niños cuando ambos
padres están trabajando. Sin embargo, en vista de que las
familias ahora son más pequeñas, que los hijos y las
hijas se van de casa cuando ya han crecido, que los padres se divorcian
y se distancian los miembros de la familia, ya no se puede contar
con una familia como apoyo. A uno de mis hijos que vive en Londres,
lo veo cerca de una vez cada quince días; mi otro hijo vive
en California. La vida sería totalmente desolada si esa fuese
la única compañía que tuviera.
No obstante, lo que realmente nos interesa,
cada vez más a medida que pasa el tiempo, es la salud. Paula
Wallace, de la Asociación de Retirados de Londres (ARP, por
sus siglas en inglés), que cuenta con 200 centros en el Reino
Unido, señala: “Se sienten viejos sólo cuando
se sienten mal”. Las tendencias en materia de asistencia médica
no siempre han ayudado. Es magnífico que puedas operarte
de catarata a los 90 años y que te reemplacen las caderas
si podemos esperar cierto tiempo. Pero desde que cerraron los hogares
para convalecientes, los viejitos han sido criticados por ocupar
camas. Los hospitales desprovistos de fondos han eliminado los servicios
de quiropedia que mantienen a los ancianos en movimiento, así
como la psicoterapia, sin la cual las costosas operaciones de los
huesos tampoco podrían realizarse.
No obstante, podemos esperar que incluso
pasados los 80 años, las cosas no sean tan malas después
de todo. Hay muchos ejemplos inspiradores. Cuando se realizó
una encuesta en materia de salud a personas mayores de 80 años,
varias de las personas con las que se estableció contacto
afirmaron que estaban dispuestas a responder las preguntas, pero
sólo en las noches, puesto que a esa hora ya habrían
regresado del trabajo. Mi tía de 91 años pasa gran
parte de su tiempo leyendo libros y en el ballet, y recientemente
me llevó en su auto a las Islas Británicas como si
fuera una conductora joven. Marian Milner, una de mis vecinas, psicóloga,
acaba de mandar a revisar sus escritos, a una edad de más
de 90 años. Sin embargo, conozco a gente que con 10 a 15
años menos apenas se anima a levantarse de la cama, y no
tiene interés alguno en nada salvo en la próxima comida.
Tener un motivo para levantarse de la
cama en las mañanas es quizás lo más importante,
incluso más que el dinero y la educación. Nell McFadden,
a sus 77 años, es una defensora de los derechos de los pensionados.
Abandonó la secundaria a los 14, trabajó en una tienda
de galletas en las noches mientras sus hijos eran jóvenes,
enviudó dos veces y afirma que no tiene motivos para imitar
a los jóvenes. Agrega: “Estoy viviendo mi época;
estoy feliz de estar aquí”. No soporta a las personas
negativas, las que se quejan de que están poniéndose
viejas y sólo viven como vegetales, ni a la gente de cualquier
clase social o país que sencillamente deja de hacer el intento.
Hace medio siglo, de una manera que
parecería ridícula en estos tiempos, definitivamente
se consideraba viejo a cualquier persona de 60 años. La esperanza
es que sigamos derribando barreras e, incluso a los 80 años,
tengamos una vida bastante agradable. Si “50 años son
los nuevos 30”, tal y como dicen, con suerte podemos hacer
que los 80 sean los nuevos 60 -lo que no está nada mal. Hace
varios años, asistí a la fiesta de una señora
que cumplía 100 años. Disfrutó la celebración
más que ninguna otra persona, pero lo único que la
desanimaba era que iba a tener que posponer su viaje anual a Estados
Unidos.
Así que, quizás, nosotros
también tengamos que seguir avanzando, involucrándonos
más en las cosas mientras podamos y preferiblemente en nuestros
propios términos para tener la suerte de llegar a los 80
años y más, en buenas condiciones físicas.
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THE GUARDIAN NEWS SERVICE. DERECHOS DE EL UNIVERSAL.
TRADUCCION: SERGIO VILORIA
FOTOS: ARCHIVO FAM
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