| Llevados
por el Orinoco
El cineasta venezolano Alfredo Anzola volverá
a surcar la cartelera nacional a partir de este viernes 15 de abril,
al timón de una película que espera llevar a puerto
seguro. Su nombre: 1888, el extraordinario viaje de la Santa
Isabel. Raúl Chacón
Soto
Desde 1983, cuando estrenara Anita
Camacho, Alfredo Anzola no había vuelto a dirigir un
largometraje de ficción. Su firma sólo había
aparecido en la obra que le dedicara a la vida de su padre, Edgar
J. Anzola, titulada El misterio de los ojos escarlata, allá
en el ya lejano 1993. Quienes admiran su filmografía -Se
solicita muchacha de buena presencia y motorizado con moto propia,
Manuel, Coctel de camarones, entre otras tantas-, llevaban tiempo
esperando una nueva obra de quien consideran uno de los cineastas
que mejor ha retratado el modo de ser del venezolano. Ahora, cuando
su más reciente creación está a punto de zarpar,
él mismo confiesa que le ha asustado darse cuenta del tiempo
transcurrido sin haber reintentado la ficción. “No
hay ninguna razón que pueda precisar. Sentía que no
era el momento, que no tenía las posibilidades, que quería
saltar a otra escala de película...”... y a otra escala
ha saltado.
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De arriba a abajo:
l Alfredo Anzola tenía
más de 20 anos sin dirigir una película de ficción
l El equipo estuvo aislado
de la “civilización” durante más de
dos meses
l El paisaje venezolano
es gran protagonista
l Kristin Pardo debuta
en un rol nada fácil |
1888, El extraordinario viaje de la
Santa Isabel, es una pieza que, de seguro, desconcertará
a quienes conocen el trabajo anterior de Anzola -si bien el público
que se acerque con nuevos ojos encontrará sus propias razones
para juzgarlo-, pues por primera vez el cineasta se ha atrevido
a realizar una producción de época -está ambientada,
como lo indica su nombre, a finales del siglo XIX- con personajes
que, ¡oh, sorpresa!, ni siquiera son venezolanos. Lo único
local acá es el soberbio río Orinoco... que remontado
por el trío de protagonistas se convierte en generador de
pasiones y en propiciador de grandes descubrimientos, sólo
que no justamente los que se esperaban. Ni siquiera la identidad
de los caracteres principales ayuda a establecer coincidencias con
trabajos anteriores, pues en esta ocasión, a dos grandes
personalidades que realmente existieron -el escritor Julio Verne
(Marco Villarrubia) y el geógrafo italiano Ermanno Stradelli
(Ronnie Nordenflycht)-, se une un joven llamado Juan de Kermor (Kristin
Pardo), quien no sólo nunca ha pertenecido al mundo de los
vivos, sino que es el propio protagonista de la novela que Verne
dedicó al río venezolano: El soberbio Orinoco.
“Yo tenía este guión
desde hace mucho tiempo, le había dado muchas vueltas a esto...
Por el año 93 tenía los derechos de una obra de Ibsen
Martínez que se llama Humboldt y Bonpland taxidermistas,
y yo quería hacer eso, pero nunca se hizo. Un día
me llamó (el cineasta) Luis Armando Roche para decirme: ‘Alfredo,
yo estoy a punto de hacer esa película’... Se acabó
la cosa, pero eso se fue transformando en esta historia, y quedé
liberado del peso que significa hacer una película histórica
real. Entonces hice una de pura fantasía que es esta... que
es el mismo tema: el de los viajeros del siglo XIX, que vienen a
América a describirla”.
Descartada Humboldt y Bonpland..., Anzola
se dio a la tarea de buscar otros viajeros. No tardaría en
tropezarse con el conde Ermanno Stradelli, un geógrafo italiano
que viajó por el Orinoco y por el Amazonas -y dejó
testimonio de sus experiencias por escrito- y quien, incluso, se
quedó a vivir en Brasil, donde es recordado con admiración.
A Verne ya se lo había encontrado muchas veces cuando de
niño y adolescente leía sus novelas -casi siempre
regalo del padre-que se convertían en lo más “chévere”
para leer. “A mí Verne como personaje siempre me ha
fascinado”... pero nunca había leído El soberbio
Orinoco, uno de los títulos menos conocidos del autor
francés, y se dejó llevar por una obligada curiosidad:
“Quería ver qué escribió Verne... y cuando
lo vi, dije: pero si esto está ni mandado a hacer... porque
el tercer personaje de la película, que es Juan de Kermor,
es el protagonista de El soberbio Orinoco -del personaje
de la novela sólo queda el hecho de que se trata, en realidad,
de una muchacha en busca de su padre, tarea para la que se viste
de hombre-. Para mí, Verne se vino a conocer el Orinoco y
le pasó esta historia que luego vino a convertirse en su
libro. El hecho de que estos tres personajes hayan vivido esta aventura
queda en el mundo de la duda, de la investigación. Yo me
niego a declarar en sentido contrario”.
Gente ordinaria. Conseguidos
los personajes, y armado de una buena historia gracias al talento
de Gustavo Michelena y Rafael Arraiz Luca, Alfredo Anzola enfila
rumbo al siglo XIX, en un viaje que le depararía grandes
descubrimientos. El resultado, como ya se ha dicho, es inusual dentro
de su filmografía. “Esta película es muy rara.
Es verdad, hay una decisión de hacer una cosa un poco distinta...
déjame hacer una cosa con otra gente que yo no conozco, que
vivió en otro tiempo. Los personajes ni siquiera son venezolanos...
pero en algún momento alguien me dijo, y en eso coincide
con lo que yo percibo de mis cosas, que a mí me gustaba hacer
películas sobre gente ordinaria, a la que le pasan cosas
cotidianas -eso pasa con Anita Camacho, el cura Manuel, el motorizado-,
y yo siento que a estos tres les pasa lo mismo. A pesar de que son
tipos extraordinarios -Verne busca la inspiración, el otro
las fuentes del Orinoco, Juan a su padre-, una vez que se montan
en la Santa Isabel y quieren subir por el Orinoco empiezan a vivir
cosas de gente muy corriente, les empiezan a pasar cosas que le
suceden a cualquiera que se meta en semejante aventura”.
Seguir la corriente hacia el pasado no resultó
tan apremiante como se esperaba. Después de todo, liberados
desde el principio del lastre que significaba hacer una película
histórica, todo terminó por fluir como el agua. Semejante
libertad, y la justeza de un guión que permitía la
realización sin echar mano a grandes recursos -no había
necesidad de reconstruir ciudades o puertos, por ejemplo-, permitía
que no se fuera tan exigente a la hora de escoger los instrumentos
-algunos son de la época y otros a lo mejor no lo son pero
han podido ser- y mucho menos, a la de determinar la manera como
se expresan los personajes -todos hablan en un correctísimo
español-. “Esa es una cosa que hice distinta a lo que
había hecho siempre. Creo haber estado mucho en esa nota
de la actuación naturista... que las películas fueran
más documentales. No me arrepiento de eso. Pero esta vez
hice un experimento distinto, esta película es teatral. Los
tipos actúan, y como son unos personajes tan particulares
no les iba a poner a hablar con acento francés, porque era
ridículo. Pero si hablaban en español tampoco lo iban
a hacer como hablamos nosotros... entonces ellos mantuvieron una
cierta compostura en el hablar... como todo el mundo está
jugando un rol, ellos hablan formalmente... Eso produjo una cosa
estupenda, y es que se entiende desde la primera hasta la última
letra de la película”.
Pero que no se tome modestia por precariedad
de recursos. A la película, asegura Anzola, no le falta nada
que hubiese querido realizar. Incluso una de las momentos más
bellos del film -cuando el bongo, en plano cerrado, empieza a remontar
el río, para después ver abrirse la toma lentamente
hasta mostrar toda la grandiosidad del paisaje- terminó por
resultar mejor de lo que se esperaba a pesar de que no se pudo conseguir
un helicóptero por todo aquello. Tampoco faltan unas impresionantes
escenas donde aparece el Autana en todo su esplendor, para las que
fue necesario montar un operativo casi comando que mantuvo a todo
el equipo en vilo -sólo el personal mínimo y los actores
viajaron a orillas del majestuoso tepuy en un viaje de ida y vuelta
que les llevó todo un día, pero el esfuerzo bien valió
la pena-.
Como en toda película de viaje que
se precie de serlo, más importante que la travesía
física es la transformación interior que sufren los
personajes. 1888, el extraordinario viaje de la Santa Isabel
no es la excepción. Si bien todos andan en busca de un
objetivo trascendente, terminan por realizar otro tipo de descubrimientos
en las aguas del amor y la amistad. “La idea misma de viaje
es fascinante, porque en el viaje uno se transforma, y estas tres
personas se transforman. Hay una frase que dice Gustavo Michelena
y que quiero tomar como la frase que describe la película:
‘Es una historia de amor en un mundo de aventura, pero sobre
todo es una película sobre la amistad’. Eso es bonito.
Es un poco la descripción de la película, pero además
esta obra es un viaje por otra cosa obvia. Las grandes obras de
Julio Verne lo son: Viaje al centro de la tierra, La vuelta al
mundo en 80 días, 20 mil leguas de viaje submarino...
todas se inscriben en una serie de sus libros famosos que se llama
Los viajes extraordinarios... y por eso la película
se llama El extraordinario viaje de la Santa Isabel”.
Lo último de Alfredo Anzola es sin
duda diferente, pero como él mismo ha dicho en algún
momento de la entrevista, queda al crítico o al espectador
descubrir cuáles elementos se repiten, qué unifica
su obra... claro está, si después de todo es cierto
aquello de que todo autor, a lo largo de su vida, no hace sino una
misma película. Usted tiene la última palabra. l
rhacon@eluniversal.com
Ver también en Encuentros:
- Negro es el color
- El poder terapéutico
de las fragancias
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