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Anita es como Amelie Poulin. No tiene la
tersura de porcelana del rostro ni la esbeltez espigada del cuerpo,
pero luce el mismo peinado a lo Teresa de la Parra y tiene la misma
fragilidad en el andar de aquel entrañable personaje de celuloide.
Es Amelie porque lleva un peinado francés que enmarca su
rostro y cuerpo de india, pero también porque dentro de su
pecho hay un corazón generoso que se ocupa de otros, más
que de ella misma. La imagino corriendo hacia el autobús
que desde el terminal del Nuevo Circo la llevará a su pueblo
natal, Altagracia de Orituco, y va apresurada como Amelie Poulin
en la estación del metro de París, tratando de alcanzar
la vida que se le escapa entre pasillos llenos de afiches, canciones
viejas que se escuchan a lo lejos y máquinas de fotos instantáneas.
Va Anita corriendo, entonces, entre ventas de lotería, carritos
de jugo de caña, humo despedido por gandolas y gritos que
ofrecen pasajes a diversos destinos, montada en un autobús
ruidoso y desfalleciente, con la mirada viendo pasar la vida, como
observando –alelada y distante- desde un pequeño escondrijo
de esa carcacha repleta que la va acercando a su hijo enfermo, allá
en un caserío perdido en los llanos guariqueños. Va
Anita entre la polvareda del camino reteniendo las lágrimas
que le produce el tener que admitir que su hijo está enfermo
de los nervios desde hace unos dos años. Finalmente tuvo
que asumirlo. No hacerlo habría significado el riesgo de
perderlo para siempre, y hasta allí no llega su miedo.
El fabuloso destino de Anita Bandres, en su
casa llanera con dos hijos sin padre, agua prestada y luz robada.
Las gallinas flacas merodean el silencio caliente de su casa hecha
de bloques y tejalit, de donde se desprende un olor a espagueti
aliñado con tierra, ésa que la acompañó
vehementemente en los autobuses que la llevaron de Altagracia a
Caracas y viceversa durante cuarenta años. Tierra que la
sigue acompañando en pies y manos, en las sábanas
de su cama, en el sofá de su casa, en el cepillo de dientes.
Es la vida seca y mustia la que espera a Anita, con brazos abiertos
y una que otra mata de mango dando sombra para no embromar tanto.
La vida mustia, pues, la espera sin rencor. Ven, Anita, le dice,
acércate a estas riberas, vuelve a cuidar a tu hijo y encárgate
de los tuyos. Y ella, resignada, va, dejando el polvo tras sus pisadas,
polvo que se entremete en sus sandalias blancas y se aloja en su
corazón.
Para hablar con Anita, entonces, hay que limpiar
la garganta de ese polvillo perenne, carraspear varias veces, tomar
agua y nombrarla: Anita, Anita Bandres ¿o Poulin? ¿Cómo
llamar a esta heroína sencilla? Anita Bandres suena armonioso,
pero también podríamos decirle Anita Poulin, Anita
Menchú, Anita Beauvoir, Anita Chungara, Anita Sáenz,
Anita Nin, Anita de la Parra. Mujeres hechas de barro y maíz,
de hierro y huesos, de valor y entraña. Y su valor reside,
por ejemplo, en que estudia segundo grado a los 54 años y,
a pesar del entusiasmo, deja escuela y trabajo por su hijo que no
duerme y al que se le quiebra la cabeza. Le resulta inconcebible
no ayudarlo, no hacerle un tilito cada noche a ver si así
logra conciliar el sueño, a ver si espanta el ruido de la
mata de maíz que roza el techo de la casa y perturba la tranquilidad
del muchacho. Atrás quedaron sumas, restas y multiplicaciones,
atrás las palabras graves, agudas y esdrújulas, hay
un hijo enfermo y eso vale cualquier cosa. Decirle que lo ama y
que no está solo, que no lo abandona y que va a estar bien.
Con la serena gravedad de las tahitianas de
Paul Gauguin en su cuadro titulado Nave nave moe, pero con su corte
estilo francés, se monta Anita -no en una bicicleta como
Amelie, quien se posa allí risueña y coqueta tras
el amor conseguido mediante innumerables estratagemas- se monta
Anita, en una pick-up oxidada que le da la cola hasta el hospital,
donde le revisarán la cabeza a su hijo a ver qué tiene.
Y una vez más va la polvareda persiguiéndola como
si quisiera abrazarla y susurrarle al oído canciones de amor,
de un amor que nunca tuvo o que fue tan accidentado que ahora carga
ella sola con sus dos hijos, levantándolos en el medio de
una tierra llana y caliente, invadida por la soledad. l
rosa_elena_perez@hotmail.com
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