
Norkis Batista
La novia de Caracas
Vivió en un barrio hasta los 19 años, siempre se transportó en el Metro, y hoy, actriz y modelo profesional, dibuja un preciso perfil del caraqueño promedio Por Johan M. Ramírez Foto: Natalia Brand
Es bella. Ante todo, hay que decirlo. Y así lo fue siempre, no en vano sus vecinos de infancia y adolescencia la llamaban "la Barbie del barrio", claro, de su barrio El Ciprés de Las Adjuntas, donde vivió los primeros 19 años de su vida, hasta que "una noche tan linda" se hizo primera finalista del Miss Venezuela, ganó los premios Miss Fotogénica y Miss Sonrisa, y un carro cero kilómetros. Desde entonces abandonó los vagones del Metro, los tickets estudiantiles, y las interminables caminatas desde la estación Las Adjuntas "hasta la puntica del cerro donde vivía". Así, pues, la Caracas de Norkys Batista se divide en dos: la de la jovencita que trabajaba de promotora y estudiaba para superarse; y la de la modelo famosa que protagoniza telenovelas y es imagen de un sinfín de productos comerciales.
"La ciudad siempre me ha tratado bien. Recuerdo que los caballeros me cedían el puesto en las camioneticas, o en el Metro. Había días en que trabajaba hasta tarde y llegaba a mi casa después de las doce, y nunca me pasó nada. Caracas siempre fue buena conmigo", cuenta. Al contrario, nunca le gustaron los aguaceros en su barrio, y más de una vez debió subir las escaleras con los zapatos en la mano, porque la lluvia se desbordaba por las calles. "Y ni hablar del bululú de gente en el andén de Capitolio a las seis de la tarde, eso era la locura", añade.
Por aquel tiempo casi no conocía la ciudad. "Es que mi mamá era muy estricta", dice. En consecuencia, su vida se desarrollaba entre Las Adjuntas, Ruiz Pineda, Caricuao, Antímano y, a lo sumo, el Centro. "Si me hablaban de Las Mercedes, era como hablarme de la Luna", sonríe. "Hoy en día todo es distinto. Me gusta mucho salir a tomar algo por ahí. En verdad no soy muy rumbera, y cuando salgo, salgo con mi esposo".
Por sus evidentes atributos tiene una relación particular con el caraqueño promedio, lo cual le permite describirlo con absoluta certeza. Un adjetivo fulminante pega como gancho al hígado: "Es pantallero". Su retrato continúa, pero no mejora: "Se deja llevar por los ojos". Y por fin una reivindicación: "Es simpático, a todo le saca un chiste, aunque, en líneas generales, se intimida ante las mujeres". Mejor sigamos...
A Norkys le encanta Caracas si bien el tráfico amenaza con enloquecerla. Resignada a pasar horas dentro de su auto todos los días, y tras una severa cistitis que sufrió hace tiempo, tomó una decisión radical. "Tengo pañales en el carro, y cuando me dan ganas de hacer pis, lo hago allí mismo, y así me evito cualquier 'accidente'", cuenta, y ríe ante el ingenio de su estrategia.
Es por eso que si un sueño pudiera tener para la capital, sería verla descongestionada y rodeada de verde.
En la actualidad, casada, con un hijo y cinco telenovelas, exhibe su insignia inconfundible de caraqueña, esa vivencia de quien conoce la temperatura de la calle, de quien subió escaleras por años, de quien creció gracias al trabajo de su padre y a la caraqueñísima venta de helados de su madre. Con esa historia en la cabeza, Norkys reflexiona: "Al principio no conocía a Caracas. Entonces la fui descubriendo y comencé a enamorarme, pero a medida que me involucraba con ella, empecé a verle los defectos; al punto de que ahorita ya no sé si divorciarme o aguantarla otro rato más. Pero, claro, no lo voy a negar: todavía me queda un poquito de esperanza".
Asistente de fotografía: Anita Carli
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