"Ese espacio escoltado por el edificio del Seniat y la Torre Polar aparece como el definitivo reinado de la materia sobre lo humano"
Los caraqueños aún no hemos caído en cuenta de que por décadas hemos estado asistiendo como desprevenidos espectadores a una obra desarrollada en tiempo real dentro de la más pura estética kitsch y bajo la clave del teatro del absurdo.
En ese enorme anfiteatro que descorre el telón cada mañana en nuestra querida, desvencijada y abigarrada Plaza Venezuela, apreciamos, a un mismo tiempo, el firme y asfixiante pulso de la publicidad, la desgarbada presencia de los gobiernos, la suntuosa paciencia de los transeúntes, la valiente intrepidez de los buhoneros. En suma, todo luce como un escenario desplegado para que se suelten el moño -y también se "esmoñen"- tragedia y comedia por igual. Un indigente grita que es el Marilyn Manson venezolano con un fondo cinético de Cruz Diez a sus espaldas; una esbelta mujer habla por un celular y obstaculiza el canal izquierdo con su vehículo accidentado, mientras desde lo alto quiere mirarla el enorme torso mutilado y con mugrienta franela de otra mujer; los malabaristas hacen su apuesta por la vida sorteando tráfico y humareda, al tiempo que logran no caiga una gigantesca taza roja de café; los conductores sufren estoicamente el aburrimiento de una nueva y misma cola repetida hasta el infinito para hacerse eterna en el mismo punto quieto de la ciudad, con una inservible esfera de tres colores flotando sobre un hombro y el anuncio de una cerveza levitando sobre el otro.
Todos, sin darnos cuenta, ingresamos al gran tiovivo de lo cotidiano desde el cual nos procuramos sustento, así como la vista de un inmenso collage de nuestra identidad.
Una identidad que en la superficie suele ser amable y sincera, pero en el fondo guarda una rabia secreta, bien cimentada; que a ratos se disfraza de lujo y frivolidad, aunque por debajo lleve un vestido hecho jirones. Una identidad que, a pesar de estar peleada, escindida, dispersa, fracturada, desintegrada, enfrentada, muy consciente de su tragedia intenta salvar, a toda costa, las enormes distancias a punta de chiste y carcajada, de alegría y pregón, incluso cuando el ánimo está marcado por el agobio del ajetreo.
Stefania Mosca dice sobre Caracas, en su libro El suplicio de los tiempos, lo siguiente: "Lo parodiado, o mejor, lo paródico será justamente la herencia de la tradición cultural (…) a través de las situaciones de vida que propone una ciudad como Caracas, donde lo impensable ocurre en cada esquina, donde conviven corrientes disímiles, donde la muerte y el goce se parecen de una forma ridícula, donde la banalidad es un espectáculo grotesco de la idea de sofisticación…".
En ese territorio de lo inesperado, llama la atención, por ejemplo, la cantidad de objetos que los publicistas dejan olvidados en las azoteas de las torres y edificios.
Desechan cuanto coroto sobra de su armario mental, y lo dejan allí, relegado a regiones menos espléndidas y de aparadores poco cosmopolitas que otros lugares de la urbe, más pujantes, poseen. Son elementos que un catálogo pormenorizado del arte del mal gusto tendría que incluir complacido entre sus páginas, junto con el conjunto de "objetos encontrados" al azar de Marcel Duchamp, aquella composición de Magritte titulada Quand l'heure sonnera -donde aparece un torso de mujer sin cabeza ni brazos- y los repetitivos retratos de Andy Warhol.
Lo mismo ocurre con la imagen de un pedestal sin estatua y semienvuelto en bolsas negras. En esa base, asoman graffitis de lenguaje incomprensible pintados con spray de diversos colores, mientras la cúspide espera una contesta ante la audacia. Por lo pronto, este soporte sobrelleva una interrogante invisible, un enigma, una adivinanza que revolotea nuestras cabezas sin dar con una solución clara. Icono de una realidad que angustiosamente busca respuestas.
Y en esta búsqueda o aclaratoria de dudas, en esta construcción que vamos siendo, surgen el corneteo, el frenazo del mototaxista intentando no dar con la humanidad de un transeúnte, una gruesa estela de monóxido que se desprende desde una gandola, la vista de un semáforo que por enésima vez se ha averiado esa semana.
Ese espacio escoltado por el edificio del Seniat y la Torre Polar aparece como el definitivo reinado de la materia sobre lo humano. Una materia estropeada que acorrala el brazo de una madre que carga a su hijo o el intercambio de miradas entre los amantes que van a su encuentro. El espíritu termina asediado por un universo de humo y carrocería, injuria, abuso y calor, en el que el encuentro humano persiste cansinamente entre golpes, maquinaria y aire embarullado. Así, van quedando atrás la base de la estatua de un personaje que alguna vez…, el monte que insiste en medio del concreto y los adoquines, el arsenal propagandístico, el dominio inquebrantable del asfalto-infierno… "Mete la mano en el bolsillo, saca y abre tu cuchillo y ten cuidao. Pónganme oído en este barrio muchos guapos lo han matao. Calle luna, calle sol. Calle luna, calle sol".
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