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Bucear es una experiencia que no debe faltar en la vida de cada persona, es descubrir al planeta por dentro, en lo profundo, donde las horas y los minutos se abren ante el paso sin prisas de un mundo abundante en color y belleza. Lo mejor: existen inmersiones para principiantes
Por Johan Ramírez. Fotos: Gustavo Quiroga

El sol brillaba como sólo puede hacerlo sobre las costas hermosas de Venezuela. La mañana era caliente, la arena blanca, el agua cristalina, el mar tranquilo… sin duda, era un día perfecto para estar en Morrocoy. A quince kilómetros de Tucacas, en Marina Costa Azul, tomamos una lancha que nos llevaría en un tranquilo recorrido de 20 minutos hasta Cayo Sur. Se apagaron los motores, se anudaron las amarras, y todo quedó sereno. De no ser por el indetenible vaivén del mar, y de alguna tímida brisa que apenas movía la rama de un árbol, aquello habría parecido una fotografía. Pero nada estaba más lejos de la realidad. Mi sorpresa vino unos minutos después, cuando nos pusimos las máscaras, apretamos nuestros chalecos, calzamos nuestras chapaletas y nos sentamos en la orilla de la lancha para dejarnos caer de espaldas sobre las aguas de aquel Parque Nacional.

Apenas caí, tras la conmoción normal de las burbujas y la novedad tremenda de respirar bajo el agua gracias al tanque de oxígeno, vi por primera vez el estallido de vida que se espantaba bajo mi cuerpo. Era sólo el comienzo. Tras la caída de los demás buzos seguimos las indicaciones de Sebastián Durán, nuestro instructor y gerente de Squalo Divers, para sumergirnos en un mundo inesperado, desconocido, de una infinita belleza, de una paz impresionante, de un tiempo sin prisas, de una tranquilidad pasmosa, de unos colores nuevos, de unas formas sorprendentes… claro, conoceríamos, a doce metros de profundidad, el inigualable reino submarino, cosa que todo ser humano, por lo menos una vez en su vida, debería disfrutar antes de morir. Ésa fue mi reflexión tras aquella maravillosa jornada.

La vida estalla en múltiples formas y colores para asombro de quien tiene la fortuna de visitar las profundidades marinas. Venezuela, y en especial Morrocoy, es zona privilegiada en lo que concierne a biodiversidad. Así que lo mejor es disfrutarlo

SIN PALABRAS
Aquel sábado hicimos dos inmersiones espectaculares. La primera, debo confesarlo, me resultó difícil. Es que apenas descendí unos metros comenzaron a dolerme los oídos. Sebastián me hacía indicaciones para solucionar el problema (apretarme la nariz y soplar suavemente), pero apenas si mejoraba la situación. No obstante, el paisaje que veía pudo más que el malestar, y, aunque más lento que los demás, bajé unos ocho metros, aproximadamente. Allí abundaban peces de todos los colores y tamaños que uno pudiera imaginar: meros, pargos, coro-coros, damiselas, isabelitas, peces ángel, peces globo, peces loro, peces cirujano, barracudas, peces flauta. Había esponjas enormes, como largos tubos violeta que salían del suelo. Bajo el agua, afortunadamente, los animales parecían no temerle a los humanos, y nadaban junto a nosotros sin mayor preocupación. A cada minuto nuestro guía nos hacía señas para verificar que todo estuviera bien, mientras captaba con su cámara las imágenes de la exploración y nuestras poses para el recuerdo.

Tras los primeros quince minutos mis oídos mejoraron notablemente. A la par, entre los principiantes buzos nos señalábamos peces, algas, caracoles o las formas indescriptibles de los corales que yacían junto a nosotros. Nadábamos con total libertad, nos deteníamos a mirar algún detalle, nos dejábamos cautivar por el primor de esos seres mágicos que viven bajo el agua, y qué sensación tan rara me daba cuando, desplazándome junto a alguno de ellos, me percataba de que éste movía sus ojos para mirarme, quizá tratando de identificar qué era aquello que flotaba a su costado. Era como ser observado desde otro mundo, uno que tal vez jamás lleguemos a descubrir completamente.

Pasamos unos cincuenta minutos bajo el agua y, finalmente, subimos. La excitación era tal que no podía decir muchas palabras. De hecho, tan sólo repetía una exclamación: "¡Qué impresionante!".

ME CONVERTÍ EN UN PEZ
Descansamos en el bote un buen rato. Comimos un sándwich que cada uno había llevado por su cuenta (el mío era precario, por cierto), y compartimos sobre la experiencia. Me indicaron mejor la manera de combatir la presión de los oídos, me explicaron que era absolutamente normal y que no había de qué preocuparme. Luego nos preparamos para descender nuevamente. La ansiedad era grande, ahora iríamos en otra dirección, bordeando una pared de corales que garantizaba una excelente inmersión. Y así fue.

En esta ocasión, siguiendo lo que me enseñaron en tierra, apenas sentía algo de presión, soplaba levemente y ésta desaparecía. Así me olvidé de las molestias que había tenido la primera vez, y el dolor desapareció completamente. Me sentí más libre todavía, nadé más plácidamente, y esta vez sí descendí los doce metros, hasta moverme junto a la arena del suelo. Desde allí miraba hacia arriba y sólo veía la intensidad de un azul único, no identificaba la superficie. Así vi la grandeza de unos corales que se alzaban como breves montañas marinas, gigantes, casa de innumerables seres, recuerdo imborrable para todos nosotros.

Al cabo de unos minutos, sin darme cuenta, me hice un pez más (o por lo menos así me sentía). Era como si en el agua hubiese vivido desde siempre, y por eso me movía con comodidad, subía, bajaba, me daba vuelta para mirar, ya no temía a lo desconocido. Vi más peces que la primera vez e, incluso, algunos caballitos de mar increíbles, azules, pero no cualquier azul, sino uno profundo, brillante, claro pero oscuro...

En un momento, por cierto, era tal la dicha que sentía, que comencé a nadar detrás de un pez loro. Lo seguí durante mucho rato, y él, al percatarse de mi insistente presencia, comenzó a dar giros repentinos, a moverse entre corales angostos por donde yo no pudiera pasar, y aún así traté de seguirlo. Fue un rato especial, algo infantil, pero especial.

Tras 55 minutos terminó nuestra segunda y última inmersión del día. Salimos renovados, asombrados, y con un hondo respeto por el mar y la infinidad de vida que contiene. Fue una experiencia magnífica, es como si allí abajo el tiempo fluyera con otros parámetros, como si no existieran las horas, o no en la forma en que nosotros las conocemos, con sus minutos y sus sesenta segundos incontenibles. Allí, en cambio, no hay apuros, no hay fechas de cierre, no hay horas pico; sólo está el reposado tiempo que rige la vida parsimoniosa e insondable que yace bajo las aguas.

 

 

"Al cabo de unos minutos, sin darme cuenta, me convertí en
un pez más... era como si en el agua hubiese vivido desde siempre"


 


pblanco@eluniversal.com

 

Antes de saltar al agua

Todo público. Esta exploración, llamada en Squalo Divers como "Discovery" (una inmersión para principiantes), no requiere de ninguna experiencia previa. Tampoco es necesario tener equipos de buceo, pues la empresa se los proporcionará.

Preparación. Antes de sumergirse por primera vez, usted recibirá un breve curso de buceo para principiantes, donde le enseñarán las bases de este deporte y lo necesario para realizar las actividades del día
.
Malestar. La presión en los oídos es completamente normal. Incluso los buzos más experimentados la sienten. La solución es muy simple: sólo debe apretarse la nariz con los dedos, y soplar suavemente a través de ella. Si lo hace correctamente, la presión desaparecerá en el acto.

Chicos. Squalo Divers acepta buzos a partir de los diez años de edad. Personas mayores también han hecho el Discovery sin inconvenientes
.
Sugerencia. Es recomendable que antes de realizar las inmersiones se haya hecho evaluar por su médico, para prever cualquier irregularidad.


Coordenadas
Squalo Divers
Está ubicado en el Parque Nacional Morrocoy.
Puede contactarle a través de los teléfonos (0241) 843.1571 y 0414 790.5631
o visitar la página www.squalosub.com

Ver también en Encuentros:
- Un venezolano en la ruta de la seda
- Eva Mendes secretos y obsesiones
- Los 5 hombres con más estilo

 
 
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