La visita
de Cecile
fue fatal
La encontraron apoyada sobre sus codos y rodillas, como si estuviera rezando
Retrocederemos más
de 140 años para ahondar
en el asesinato de Cecile Combettes, una muchacha
de 15 años que vivía en Toulouse, Francia.
Ella era aprendiz del encuadernador Bertrand Conte. Antes de las 9:00
am de una desagradable mañana de abril, Conte,
Cecile y otra aprendiz,
Marion Rougmanic,
caminaban por las calles
de Toulouse cargando
cestas de libros que debían entregar en el Instituto
de Hermanos Cristianos.
La operación del instituto no era poca cosa; al contrario, unos 500 hermanos entraban y salían a lo largo de todo el día, ostensiblemente esforzándose por salvar sus almas y las almas de otros. Un portero condujo a Conte y sus dos aprendices hasta un vestíbulo, donde soltaron su pesada carga de libros nuevos. Marion recibió instrucciones de regresar al taller de encuadernación. A Cecile le dijeron que esperara mientras Conte llevaba los libros a la biblioteca. Se suponía que ella regresaría con las cestas vacías.
Conte permaneció en la biblioteca cerca de media hora con el director del instituto, tiempo durante el cual hizo comentarios sobre la fina confección de los libros y recibió su pago. Cuando volvió al vestíbulo, Cecile había desaparecido. El portero, quien se encontraba asistiendo a los hermanos, no había notado a la muchacha en lo absoluto.
El encuadernador regresó a su taller, un poco con la esperanza de encontrar a Cecile. Marion estaba allí, pero la otra chica no había vuelto. Hizo algunas averiguaciones, pero no pudo encontrar a su desaparecida aprendiz. Esa noche, la tía de Cecile expresó cierta preocupación, pero no hizo nada.
A la mañana siguiente, un sepulturero del cementerio St. Aubin, en Toulouse, creyó ver a una mujer apoyada sobre sus extremidades frente al muro de piedras que rodeaba el cementerio. Podría estar rezando, pensó el sepulturero mientras se acercaba a la inmóvil figura. La joven estaba apoyada sobre sus codos y rodillas, mientras que la cabeza casi estaba dirigida hacia arriba, en contacto con la esquina del muro del cementerio. Era Cecile Combettes, quien estaba muerta.
Uno de los muros que conformaban la esquina separaba el cementerio de la calle Riquet. El otro era uno de los muros que rodeaban el Instituto de los Hermanos Cristianos.
La policía corrió a la escena del crimen. Los oficiales nunca habían observado un cuerpo en una posición tan extraña. Había otros detalles insólitos. Se encontró
tierra en el cabello de Cecile. La tierra estaba mezclada con hojas de ciprés
y cuatro hebras de soga de 2,5 centímetros. Un único pétalo de geranio
en plena florescencia se hallaba sobre la cabeza de la occisa.
La autopsia reveló que la muchacha había fallecido a consecuencia de un golpe
en la cabeza que le había fracturado el cráneo. También había sido violada. Se elaboraron varias teorías que trataban de explicar por qué el cuerpo estaba en una posición tan inusual. Algunos pensaban que Cecile había sido arrojada por encima del muro desde la calle o los jardines del instituto, mientras que otros creían que el cuerpo quizás había entrado al cementerio a través de la puerta principal.
Al analizar el contenido del estómago de la infortunada víctima, se determinó que había muerto alrededor de las 10 de la mañana del día anterior. Esto ubicaría el asesinato cerca de una hora después de que se encontraba en el vestíbulo del instituto.
Los investigadores no pensaron ni por un momento que Cecile había sido asesinada en el cementerio. Alguien la había matado en otro lugar, y había colocado, de inmediato, el cadáver en la extraña posición, o esperó hasta que fuera oscuro para transportar el cuerpo hasta la esquina del cementerio. Sólo un hecho dirigía las sospechas a uno de los hermanos… Ella había desaparecido del vestíbulo del instituto.
Parecía imposible que el cuerpo hubiera sido transportado al cementerio, a plena luz del día, a través de la reja, sin ser visto. También parecía imposible que cualquiera lo hubiera arrojado por encima de un muro de piedra de 2,7 metros de altura. Si tal acción se hubiera podido realizar, era de suponer que el cadáver hubiera caído en otra posición.
Los detectives descubrieron que la tierra en el cabello de Cecile coincidía con la tierra encontrada en el muro que rodeaba el jardín del instituto. Varios geranios crecían en ese punto del muro. Estaban totalmente floreados, y a una de las flores le faltaba un pétalo. El pétalo que se halló en la cabeza de Cecile encajaba perfectamente en esa flor. Se había apoyado una escalera contra el muro del instituto, y muy cerca se encontró una soga. Varias hebras tomadas de la soga eran idénticas a las que estaban en el cabello de Cecile.
La policía ahora se planteó la hipótesis de que Cecile había sido atacada y asesinada durante la hora siguiente a su desaparición. Quizás su cuerpo había sido colocado en una caja o alguna otra clase de envoltorio improvisado. Esa noche, cuando el asesino transportó el cuerpo al cementerio, la rigidez cadavérica ya estaba presente, por lo que el mismo quedó en la extraña posición.
Entonces el asesino usó la escalera y la soga para subir el cadáver por el muro de casi tres metros y luego hacerlo descender hasta la esquina del cementerio. De esta forma, la tierra y el pétalo de geranio se introdujeron en el cabello de Cecile.
Un obrero juró que había colocado la escalera contra el muro el día anterior al asesinato mientras estaba terminando algunos trabajos que le habían encargado. Nunca fue un sospechoso en el caso. Las sospechas recaían sobre Bertrand Conte. Él afirmó que había visitado a un tío mientras se dirigía del instituto hacia su casa. El tío vivía en una zona poco decente de la ciudad. Muchos pensaban que Conte había llevado a la muchacha bajo engaño a la casa de su tío, donde la habría matado. Esa noche pudo llevar el cuerpo al cementerio para dirigir las sospechas hacia los hermanos.
Conte fue arrestado de inmediato. Luego de un día tras las rejas, confesó. Dijo no haber cometido el asesinato, sino haber visto a dos miembros de la hermandad, el hermano Jubrien y el hermano Leotade, en el vestíbulo cuando entregó los libros. Los investigadores lograron ubicar a otros tres hermanos en el vestíbulo esa mañana: los hermanos Navarre, Laphien y Janistien.
Dado que no había evidencias definitivas contra Conte,
lo dejaron en libertad. Sólo
un hecho apuntaba a que uno
de los hermanos era el asesino,
y era que Cecile había
desaparecido del vestíbulo
del instituto. De los hermanos
en la lista de sospechosos,
el hermano Leotade había
estado en el taller de Conte
y había visto a Cecile antes del día del crimen. Este hermano, cuyo nombre no religioso era Louis Bonafous, estaba encargado del establo del instituto. También se ocupaba de las palomas y los conejos. ¿Pudo haber engañado y llevado a la chica al área del establo, bajo pretexto de enseñarles sus conejos? ¿Qué lugar sería mejor para ocultar un cuerpo hasta que cayera la oscuridad?
Pese a la escasez de evidencia, el hermano Leotade fue enjuiciado por asesinato. Desafortunadamente, una fanática religiosa, Madeline Sabathier, testificó que había visto a Cecile y Conte salir del vestíbulo y marcharse juntos. Sabathier tuvo el apoyo de la orden religiosa hasta que descubrieron su mentira y la acusaron de perjurio.
La fiscalía presentó a expertos, quienes declararon que las partículas de heno y trébol encontradas en la ropa de Cecile eran idénticas al heno y trébol localizados en el establo donde trabajaba el hermano Leotade. En ese momento, en Francia, al acusado se le permitía subir al estrado de los testigos y responder directamente a los testigos de la fiscalía. El hermano Leotade habló con gran claridad y dignidad, negando en todo momento tener algún conocimiento del asesinato.
La defensa enfatizó que los pétalos de geranio de otras plantas fácilmente habían podido caer sobre la cabeza de Cecile. Por el simple hecho de que un obrero hubiera apoyado la escalera contra el muro no significaba que el acusado la hubiera usado. Cualquiera hubiera podido utilizarla.
Nueve minutos después de comenzar sus deliberaciones, el jurado francés encontró culpable al hermano, aunque lo consideró un crimen pasional. El hermano Leotade fue sentenciado a cadena perpetua. Preso en Toulon, continuó afirmando su inocencia mientras su salud decaía rápidamente. Cumplió menos de dos años. En el último día de su vida, mientras se acercaba su muerte, llamó al capellán y a uno de los principales funcionarios de la cárcel. Con estas dos personas como testigos, juró ante Dios que era inocente y que no tenía idea de quién había asesinado a Cecile. Luego cerró los ojos y murió.
Traducción: José Peralta. ilustraciones: David Márquez. davidmarquez@cantv.net
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