
César Miguel Rondón
¨ Soy un caraqueño,
no puedo ser otra cosa
¨
Él ama esta ciudad por su gente, por el Ávila, por su cielo claro, y porque, sencillamente, es su ciudad Por Johan M. Ramírez Foto: Natalia Brand
Aunque nació en México, asegura, con esa elegancia que le es nata, que quien no lo considere un caraqueño de pura cepa "se ganará un severo disgusto" con él, pues desde los cinco años ha vivido en esta ciudad, con la que mantiene una relación "única, inevitable… magnífica".
Primero vivió en las veredas de Propatria y luego en El Paraíso, donde presenció momentos inolvidables. "Tengo recuerdos muy bonitos de la avenida Páez, escenario de grandes marchas. Por allí pasó Fidel Castro sobre un camión, no lo olvido jamás", rememora.
Aquella era una ciudad extremadamente apacible, en la que César Miguel Rondón, de apenas siete años, solía tomar un autobús desde su casa hasta El Silencio para ver películas en el famoso cine Ávila.
"En contraste, la ciudad hoy es mucho más moderna, pero también más violenta. Hace décadas teníamos una urbe extraordinaria y pujante. De ese pujo queda muy poco, todo se lo ha llevado la prisa", dice.
No obstante, aclara que no por eso la metrópolis deja de ser maravillosa, pues sigue teniendo su encanto. "El caraqueño, el Ávila, y el azul del cielo hacen de esta urbe un sitio especial... Para mí, el encanto de esta ciudad es que, sencillamente, es mi ciudad", refiere.
A pesar de ello nunca le ha escrito algo, aunque a su vez asegura que todo ha tenido su sello. "Mis telenovelas, mis libros, todo huele a Caracas. Cuando escribí El libro de la salsa, por ejemplo, lo hice en Nueva York, para hablar de la música de Cuba, Panamá y Puerto Rico; pero, sin duda, quien hablaba era un caraqueño (…) En la vida uno le puede ser infiel a muchas cosas, menos a su ciudad", enfatiza.
Hasta hace poco, César Miguel Rondón, periodista, escritor, locutor, publicista y ejecutivo de televisión, era, quizás, una de las pocas personas que disfrutaba bajar a La Guaira antes de la inauguración del nuevo viaducto.
"En tiempos de La Trocha era feliz porque venía del aeropuerto siempre por el cerro. Creo que desde allí se aprecia mejor la ciudad. Primero subes la montaña y luego, poco a poco, se descubre el hermoso valle. Es fantástico", asevera.
Por otra parte, rescata la peculiaridad de los caraqueños, amables como pocos y malcriados con razón. "La ciudad nos malacostumbró con sus bondades. Ha sido tan generosa que ya no soportamos un poquito de calor o de frío, y si caen tres gotas nos comenzamos a quejar. Claro, nos habituamos a un clima benévolo, a un cielo despejado, a un lugar casi perfecto", reflexiona y luego comenta, como otro detalle de la bondad citadina: "Para colmo, uno encuentra en ella todas las historias que se pueden contar".
Durante su carrera, César Miguel ha entrevistado a miles de personajes; sin embargo, hay un caraqueño a quien sólo podrá interpelar en su imaginación. "¡Cuánto habría disfrutado entrevistar a Carlos Raúl Villanueva! Y pensar que yo fui amigo de su hijo desde pequeño, ¡pero yo, un niño, cómo iba a preguntarle algo a aquel maestro!",
se recrimina.
Finalmente, con su olfato reporteril lee la ciudad desde los géneros periodísticos. "Caracas debería contarse en la crónica. Lamentablemente, se cuenta en la página
de Sucesos; aunque su espacio natural es el de Política. No en balde, aquí comenzó la primera República, y, no en balde, tenemos una estrofa en el Himno Nacional", argumenta.
A sus 53 años, confiesa no andar de amores con Caracas: eso lo deja para músicos
y poetas. Él sólo es un ciudadano que anda con su metrópolis al hombro, pero eso
sí, aclara: "Soy un caraqueño, no puedo ser otra cosa", pues es sólo esta urbe la
que considera su hogar, la única que le despierta nostalgia al partir, y a la que siempre, sin excepción, quiere regresar.
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