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Demasiado desesperados para seguir separados, el pacto suicida de esta pareja se convirtió en asesinato


Una de las primeras reglas que debe seguirse cuando se participa en un pacto suicida es hacer que la otra persona sea la primera en recibir la puñalada, disparo o golpe del instrumento que se trate.

De esta forma, la persona tiene tiempo para reflexionar sobre su situación particularmente singular antes de completar el acto final. La historia del crimen está saturada de incidentes en los que el asesino o asesina cambió de idea en algún momento después del asesinato.

Fred Cox era un joven inglés delgado y apuesto que se aburrió de su empleo en el gobierno. Decidió emigrar a Wynberg, Suráfrica, donde el hermano de su padre había vivido durante varios años. Pero había un problema: Fred estaba casado. Él y su esposa llevaban todo un año separados cuando le entraron las ganas de viajar. Cuando él le propuso darle otra oportunidad a su matrimonio, su esposa pensó que se había vuelto loco; rehusó su intento de reconciliación.

El 7 de junio de 1922, Fred llegó a Ciudad del Cabo. No tuvo dificultades para conseguir empleo. Fue invitado a quedarse en la casa de su tío.

Allí estaba Fred, de 25 años, bien establecido en un nuevo país. El futuro lucía prometedor, y más cuando posó sus ojos en su prima hermana Annie. La prima era una preciosa joven de 18 años que nunca había tenido un novio en su corta y hasta entonces tranquila vida. Trabajaba en Ciudad del Cabo para un contador, A.K. Wolfe, en el edificio del Banco de Ahorros del Cabo de Buena Esperanza, en la calle St. George's. Lo más natural era que los dos primos tomaran juntos el tren a la ciudad.

Fue así que todo comenzó. Fred y Annie pasaban cada vez más tiempo juntos. Cuando estaban cerca de la oficina del señor Wolfe, no les importaba que los vieran besándose. Les resultaba difícil dejar de lado su afecto cuando estaban en la casa. Al tío esto no le agradaba en lo más mínimo. Se acercó a su sobrino y le hizo la sugerencia, con un tono un tanto drástico, de que sería mejor para todos que él se buscara otro alojamiento. Después de todo, explicó su tío, Fred era un hombre casado.

El señor Cox creía que estaba disolviendo un romance antes de que comenzara, pero se equivocaba. Fred y Annie habían llegado mucho más allá y no tenían intención de obedecer tal consejo. No fue una separación agradable. En marzo de 1923, Fred se mudó a una habitación en el número 35 de la calle Warren, en Ciudad del Cabo.

Conocemos mucho material escandaloso sobre las relaciones sexuales de Fred y Annie porque constantemente se escribían cartas y poemas. Cuando todo se aclaró, los detectives encontraron 600 muestras de los escritos de Annie y 300 de Fred entre sus pertenencias. Cuando los detectives analizaron las cartas de los dos amantes, se hizo evidente que su amor se había fortalecido con el tiempo. Su desesperación aumentaba al no ver solución permanente a su difícil situación.

Para complicar las cosas, Fred perdió su empleo. En cierta forma se dedicó a los negocios. Fred hizo creer a otro inquilino que acababa de recibir una herencia de 8.000 libras que quería invertir. Al incauto inquilino le encantó la idea de hacer negocios como socio del joven. Fred proporcionaría el capital inicial apenas recibiera la herencia de Inglaterra. Llevaría los libros de la firma; su socio sería el gerente.

Con la historia del negocio ficticio, Fred recibió en préstamo 15 libras de su socio. Comenzaron a llegar muebles de oficina. Cuando Fred no se presentó para pagar por ellos, su socio se enojó muchísimo. Se dirigió a lo que pensó era el banco de Fred, aunque allí le dijeron que él no tenía cuenta en esa institución. Furioso, notificó el incidente a la policía.

Con un descaro increíble, Fred regresó a la pensión, donde su socio lo confrontó. Fred se limitó a sonreír. Todo había sido un tonto error; su socio había ido al banco equivocado. El hombre dudó de la veracidad de la historia. A la mañana siguiente, acompañados de un detective, los dos socios se dirigieron rápidamente al banco del joven para confirmar que Fred tenía una cuenta allí.


Fred y Annie se miraron a los ojos. Fue entonces cuando decidieron
PARTIR juntos

En la estación de tren, Fred se excusó un momento y huyó. Acudió a una cita con Annie y le contó toda la historia. Había hecho una tontería para conseguir unas pocas libras. Ahora podía ser condenado a prisión por fraude. La idea de vivir sin ella le resultaba insoportable. Annie estuvo de acuerdo. Simplemente no valía la pena vivir sin Fred.

Fred y Annie se miraron a los ojos. Fue entonces cuando decidieron partir juntos de este mundo cruel. Ella insistió en ser la primera en partir. A Fred, eso le pareció bien. Los amantes se dirigieron a la oficina del señor Wolfe, en el segundo piso del edificio del banco. Éste aún no había llegado. Cuando Annie metió la llave y entró. Ella y Fred estaban totalmente solos. Varios empleados de oficina y trabajadores de mantenimiento vieron a la pareja entrar en el despacho. Poco después escucharon a Annie gritar: "¡Asesino, asesino, asesino!".

Adentro, Fred había atacado a su gran amor con un cuchillo. Annie, quien probablemente había pensado que la muerte sería rápida, quizás con una bala bien colocada, en lugar de ello fue objeto de un frenético ataque por parte del joven, quien blandía un afilado y largo cuchillo. Mientras la joven se desplomaba al piso, Fred continuó apuñalándola hasta que finalmente John Ackerman, un pintor, y Thomas Thorpe, un empleado del mismo piso, entraron en la oficina de Wolfe. Thorpe fue el primero en hablar: "Dios mío, ¿qué es esto?, ¿qué ha hecho?".

Fred respondió: "Sí, lo hice, y si hubiera tenido tiempo también habría acabado con mi vida". El meticuloso Fred, un maniático de la limpieza, preguntó si le podían permitir lavarse las manos.

Se congregó una multitud. Fred no estaba perturbado en lo más mínimo. Explicó que había ultimado a Annie por amor. Había planeado matarse él mismo, pero no había tenido suficiente tiempo. Él y Annie habían decidido morir juntos. En su juicio, Fred testificó que después de que entraron en la oficina, le había preguntado a Annie: "¿Tienes miedo de partir, querida?". Ella le respondió: "No, ¿y tú?". Fred indicó que estaba listo y dispuesto. Le dijo al tribunal: "Así que, con su total aprobación y consentimiento, hice lo que hice".

Fred continuó diciendo que sólo tenía un deseo, y era ser ahorcado. El 1° de julio de 1924, exactamente a las 6:30 am, su deseo le fue concedido.

Traducción: José Peralta.

Ilustraciones: David Márquez. davidmarquez@cantv.net

 
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