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Me había propuesto no escribir más
nada sobre Camila. Por lo menos mientras se asentaba lo de su separación.
No quería utilizar su historia. No, dije. Un divorcio,
aunque sea consensuado, es una situación difícil y
no está bien ventilar sus menudencias.
Entonces, había decidido no escribir
nada, y estaba dispuesta a cumplir. Lo juro. Pero ya no aguanto.
Es algo más fuerte que yo. Y que me perdone Eva -la mamá
de Camila- que más de una vez le ha pedido a su hija que,
por favor, no me cuente detalles personales. Porque ya tiene bastante
con vivir de cerca -desde muy cerca- la vida de su retoño
para, encima, tener que leerla. Pues bien, que me perdone Eva, pero
no aguanto más.
Desde que Camila y Roberto se separaron, son
muchas las peripecias que ella ha protagonizado, y todas vinculadas
a esa sensación de libertad conquistada que experimenta.
Con sus alas recién adquiridas, mi amiga
quiere ver la cartelera completa de las obras de teatro y de las
películas en estreno, conocer los bares de moda, comer en
los mejores restaurantes y hacer las cosas que hasta hace poco creía
vedadas porque su pareja no tenía apego a extravagancias
tales como parapente, esquí acuático, taebo, carros
descapotables, tatuajes en la barriga, etcétera.
Camila quiere hacer de todo, estar en todo,
y, claro está, sin descuidar a sus chamos, ni a su trabajo
ni al perro ni el alpiste de los pajaritos que visitan cada día
su ventana. Nada debe quedar por fuera, porque ella puede con todo,
y más. Vale decir: con su nueva vida y con las diligencias
que antes se repartía -o se peloteaba- con Roberto. Mercado,
llevar los hijos al colegio, visitas a odontólogos, veterinarios,
reuniones con maestras, revisar tareas.
Hace poco se fue de vacaciones con sus hijos.
Su primer viaje fuera de las fronteras patrias estrenando estado
civil. Arrastró a Eva consigo, por aquello de que una nunca
sabe, pero advirtiéndole: no te preocupes, mamá, yo
me encargo de todo. Cual niña comiendo algodón de
azúcar, estaba feliz de la vida.
Dos meses estuvo planificando. Vuelo, hotel,
paseos, permiso para sacar a los niños del país, dólares
en la tarjeta de crédito, visas. Nada quedaría por
fuera.
Pero llega el día de partida, y frente al counter de
la aerolínea, la sonrisa se le congela porque -¡susto!-
olvidó el permiso de los chamos. ¡A correr! Menos mal
que el vuelo se retrasa y un hermano solidario le lleva el documento
que se había quedado en una gaveta. Me salvé, declara.
No contaba con que horas después volverían sus apuros
cuando, a punto de tomar el avión, se diera cuenta de que
ella -porque fue ella- había botado a la basura el aparato
dental de uno de sus hijos. Tuvo que rebuscar entre los desperdicios
mientras por altavoces llamaban para abordar.
Ya en suelo extranjero las angustias no acabaron.
Al llegar, en vez de pagar taxi, alquila un carro, olvidándose
del tráfico de las horas pico, de las dificultades para cambiarse
de canal en las superautopistas, del respeto obligatorio a los límites
de velocidad y a las indicaciones de los mapas. Por más de
dos horas anduvo dando vueltas. Se registró en el hotel casi
a las ocho de la noche después del regaño de un policía.
Al día siguiente, antes de seguir viaje,
decide adelantar las compras, para que no le pase lo de antes: que
nunca compraba nada.
Después de dos años sin sellar
pasaporte, estaba frenética. Ve una tienda y se zambulle.
Llena tres bolsas con ropa y cachivaches (hasta un juguete para
el perro) y extiende autosuficiente la tarjeta de su cuenta -su
cuentica- en dólares. Pero la tarjeta estaba vencida. No
importa, dice Camila aún riendo y firma un cheque de la misma
cuenta. Iba a estrenar chequera. Pero la chequera no tenía
impreso su nombre y la rechazan. No importa, repite, y saca su flamante
tarjeta venezolana con los pocos dólares aprobados. Ahí
se le esfumó la sonrisa. La compra de mi amiga era abultada,
y el plástico rebotó.
Al final -humilde- tuvo que pedir prestado
a su mamá y esperar hasta el lunes -llegó un viernes-
para cambiar cheque en un banco.
-El mensaje es que pongas la cabeza en su sitio
-le dijo Eva-.
-No, mamá -concedió Camila-.
El mensaje es otro. Antes, no tenía que estar pendiente de
permisos para viajar sola con mis niños porque nunca viajaba
sola con ellos, y de los detalles de las cuentas y las tarjetas
se encargaba Roberto. El mensaje es otro: me tengo que acostumbrar
a andar sola en la vida. l
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