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Sé que no es pertinente emplear esta página para fines personales, por lo menos de manera tan pero tan evidente. Estoy al tanto de que no la debo utilizar haciendo lista de deseos o cartica al Niño Jesús. Niño Jesús. Primero, ya lo he dicho, porque no se debe hacer uso indebido de la ventaja que se tiene al ocupar este espacio. Segundo, porque no es la época, y tercero (pero no menos importante) porque ya estoy crecidita para poner la cómica. Sin embargo, igual me lanzo.
Aunque esta notificación pueda parecer a destiempo, en ningún momento lo es. Al contrario, creo que es prudente adelantarse, no vayan a salirme después con que no sabían o que ya es muy tarde o me hubieras dicho.
Falta algo más de un mes para el Día de la Madre y hay tiempo suficiente para tomar previsiones y hacer lo correcto: obsequiarme con el regalo perfecto. Así que, por ese lado, no hay justificación que valga. Tampoco la excusa puede ser el dinero. Si tanto es el amor que se dice, bien puede comprarse a plazos, y no me vengan con el cuento de que si los intereses están muy altos. Repito: si el afecto es inmenso hay que esmerarse en demostrarlo. Claro, la compra a crédito traería el inconveniente de que cada mes, al momento del pago, estarían recordándome y a lo mejor con no mucho cariño, pero asumo el riesgo. Así es la vida.
No quiero que suceda lo que generalmente sucede en fechas parecidas y que —sepamos— le ha ocurrido a todo el mundo, porque me faltan dedos de las manos para contar a las amigas que se han visto forzadas a estampar una sonrisa en sus caras cuando les toca recibir un obsequio que por más que “lo compré porque se parece a ti”, no tiene nada que ver con ellas, o no les gusta o no les queda o no caben.
-Ay, muchas gracias —responde una en esos casos, y luego de una pausa, exclama—… es muy bonito.
La lista de obsequios inapropiados —para utilizar un término elegante— puede ser inmensa: pantalones talla seis para una embarazada de ocho meses, angelitos de yeso porque “coleccionas imágenes religiosas”, perfumes para un alérgico, piyamas de algodón y mangas largas para la esposa en el Día de los enamorados, una agenda en el día del cumpleaños aunque naciste en julio, faldas para que luzcas las piernas de pollo que te empeñas en ocultar, un secador de pelo a quien le encanta llevar la cabellera rizada, un ramo de flores plásticas para que te dure toda la vida, una muñequita de porcelana de esas que deseas que se resbale de las manos… En fin.
Una de mis amigas —a quien no nombro para no provocar antipatías— me confesó la otra vez que se ha convertido en “una experta —palabras textuales— reubicando regalos”. Cuando me lo dijo, enseguida entendí la cara de desconcierto y las preguntas insistentes de Enma, una amiga mutua, la noche que me la encontré en un restaurant. Ella quería saber el origen del foulard que yo llevaba puesto y que —¡oh coincidencia!— me había obsequiado la conocida en común que recicla regalos.
Pues bien, como yo no reciclo regalos pero tampoco quiero chascos, he decidido dejarme de cortesías y asumir que ya está bueno de poner caras lindas y esgrimir argumentos feministas cuando pienso en lo que me gustaría que me obsequien. Voy a dejar de lado toda la jerigonza con que me embauco cada año pensando en que no debo pedir lo que yo quiero pedir. Ya basta con eso de que “qué pavoso es que me regalen electrodomésticos”. Es mentira que yo me lo voy a comprar y también es mentira que alguien a motu proprio lo hará porque, en definitiva, la única que lo necesita en mi casa soy yo. Así que ya está: quiero una máquina que lave la vajilla. Un artefacto que cuando no lave, oculte la montaña de platos sucios que siempre me está esperando en el fregadero.
Me cansé de disimular. Para mí, ese sería el mejor regalo del mundo. No quiero un fin de semana sola en un spa de cinco estrellas o un viaje de una semana o un mes entero sin tener que tender camas, pagar las facturas, atender al jardinero, comprar el mercado, rogarle al tipo para que no me corte la luz que siempre se me olvida pagar. No quiero eso. Quiero toda la vida, todo lo que me queda de vida sin tener que fregar un plato.
Está dicho. No deseo una blusa que ya no está para mi edad cronológica ni para mis carnes, un perfume que no me gusta por más que quien me lo regala no tolera el que yo uso, un adorno con organdí y arabescos que no hallo dónde poner, un libro que ya leí… No. Así que mi marido y mi hija están avisados: o un lavaplatos o nada. No malgasten. Y si les da mucho remordimiento de conciencia, regálenme una tarjeta de felicitación, les aseguro que no los defraudaré. Con la mejor de mis sonrisas la agradeceré:
-Está muy bonita. l |