| Viviendo
la buena vida
Eugene hubiera quedado fuera de sospechas de no haber sido visto con una joven rubia, en un club nocturno, una semana después del asesinato de su esposa. Max Haines
Eugene Thompson parecía tener todas las cosas buenas de la vida. Había asistido a la Universidad de St. Paul Macalester, donde conoció y se casó con una joven y bella chica llamada Carol. La pareja vivía en una casa grande y tenía cuatros niños atractivos. Para completar el cuadro del sueño americano, Eugene era un abogado exitoso en Minnesota.
El futuro se presentaba prometedor: logros continuados y felicidad para los Thompson. Pero el mundo de ambos se vendría abajo la mañana del 6 de marzo de 1963.
Esa mañana, Eugene, Carol y los niños tomaron el desayuno temprano. Después Eugene se marchó a una cita que tenía en el centro de St. Paul. Ya sola en la gran casa, Carol se volvió a meter en la cama.
Hacia las nueve de la mañana, la escena en el hogar de los Thompson había cambiado apreciablemente. Carol temblaba afuera de su casa, bañada en sangre por las 30 puñaladas que le habían propinado por todo su cuerpo. A través de la nieve se esforzó por llegar hasta la casa de un vecino. Cuando este último abrió la puerta, Carol colapsó en sus brazos. Los vecinos llamaron a un doctor que vivía cerca de allí. El galeno echó un vistazo a la mujer inconsciente y se dio cuenta de que estaba medio muerta. La llevaron de urgencia al Hospital de Ancker en una ambulancia. Carol Thompson murió cuatro horas más tarde.
Eugene fue inmediatamente notificado del asesinato de su esposa, pero no podía imaginarse por qué alguien la querría muerta. Se examinó meticulosamente el interior de la casa de los Thompson en un intento por reconstruir el crimen.
Los detectives encontraron piezas de plástico roto, que obviamente procedían de la culata de una pistola. Más tarde se verificó que Carol había sido golpeada varias veces con la pistola. Un cuchillo de cortar lleno de sangre fue descubierto en una gaveta de la cocina, y también se encontró un cuchillo roto en el suelo de la sala de estar. Varias balas de calibre.38 se encontraron esparcidas por el suelo.
La habitación de los Thompson había sido saqueada, el contenido de los cajones fue esparcido por el suelo y se vació el ropero. Se encontraron gotas de sangre por toda la casa y por la nieve hasta la casa del vecino. Inicialmente el asesinato parecía haberse producido durante el desarrollo de un robo.
Los detectives rápidamente eliminaron a Eugene como sospechoso. Se probó, sin duda alguna, que él estaba en su oficina en el momento del asesinato.
Ciertamente Eugene hubiese quedado libre de toda sospecha si no hubiera sido visto con una joven rubia en un club nocturno una semana después del asesinato de su esposa.
Los detectives de homicidio decidieron echar otro vistazo a Eugene. Antes de que pudieran hacerlo, investigadores de seguros de varias compañías llamaron a la policía comprobando las pólizas. Aparentemente, Eugene había asegurado a su esposa con diferentes compañías. El monto total de estas pólizas sumaba más de un millón de dólares. Desde ese momento, Eugene se convirtió en el principal sospechoso del asesinato de su mujer.
La policía publicó fotografías de todos los objetos encontrados en la casa. La estrategia surtió efecto. Un hombre de Minneapolis reconoció su Luger en las fotografías. La Luger había sido robada de su departamento un mes antes del asesinato. Cada vez más el homicidio parecía un trabajo de un profesional contratado, en vez de un crimen cometido a causa de un robo.
De pronto la policía recibió una llamada anónima informándoles que Henry Butler, un ladronzuelo, sabía algo de la pistola rota.
Butler fue detenido e interrogado. Admitió robar la Luger, pero dijo que ya no la tenía en su poder.
Le contó a la policía que Norman Mastrian, un antiguo periodista y boxeador, había estado ofreciendo mil dólares por hacer el trabajo para Thompson. Butler afirmó que un hombre llamado Anderson había aceptado el trato y se le dio la pistola robada.
La policía creyó la historia de Butler cuando supo que Anderson había comprado las balas equivocadas para la Luger.
Evidentemente, compró balas para una .38 que no servían para el arma robada. Esto explicaba lo de las balas de calibre .38 en el suelo de la sala de estar, y también explicaba el por qué había usado la Luger como bastón.
Tanto Mastrian como Anderson fueron detenidos. Mastrian conocía a Eugene Thompson. Había estudiado periodismo en la Universidad de Macalester cuando Eugene estudiaba Derecho. Mastrian y Anderson juraron que no sabían nada de la muerte de Carol Thompson.
Ambos hombres fueron detenidos, pero la policía no podía conectarles a ningún plan que tuviera que ver con Eugene Thompson.
Los contactos de los bajos fondos dieron a los detectives más información. La Luger rota fue descubierta en un pantano cerca del río Elk. Un par de pantalones de Anderson, llenos de sangre, aparecieron a unos 10 kilómetros del pantano.
Enfrentado con la cadena de evidencias incriminatorias, Anderson hizo un trato. A cambio de la inmunidad por parte del fiscal, confesó haber sido contratado por Mastrian para matar a la señora Thompson por 3.000 dólares. Eugene Thompson le había pagado.
Eugene había dado al asesino planos de su casa. Se suponía que el intruso iba a entrar silenciosamente e iba disparar a la señora Thompson en su cama. Después tenía que saquear la casa, simulando un robo. En vez de eso, la señora Thompson se despertó y corrió escaleras abajo.
El asesino intentó dispararle, pero la pistola cargada con las balas del calibre equivocado, no funcionaba. Entonces, decidió golpearla con el arma y lo hizo con tanta fuerza que rompió la pistola. Después salió corriendo hacia la cocina, agarró un cuchillo y procedió a apuñalar a la indefensa mujer hasta que también rompió el cuchillo. Luego encontró un cuchillo de carne y siguió apuñalando a Carol Thompson hasta que se quedó inmóvil en el piso de la cocina.
El asesino se apresuró a subir al cuarto para simular un robo. Creyendo que su víctima estaba muerta, salió de la casa por la puerta de atrás hasta su auto. Carol recuperó el conocimiento y se tambaleó hasta la casa de su vecino.
El 6 de diciembre de 1963, Eugene Thompson, el hombre que tenía todo pero quería más, fue declarado culpable de asesinato en primer grado, y fue sentenciado a cadena perpetua con trabajos forzados en una prisión estatal de Minnesota. Cuatro meses más tarde, Norman Mastrian fue juzgado en la misma corte recibiendo la misma sentencia. l Ilustraciones: David Márquez |