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Foto: www.shutterstock.com/matka_Wariatka

CATARROS
Ni uno de más

¿Qué tienen en
común la mayoría
de las infecciones
de las vías altas?
Pues los mocos,
los estornudos,
la tos... síntomas
que conviene
atajar antes
de que vayan a más

Por David Ruiz

 



Los niños menores de dos años tienen una media de siete procesos catarrales a lo largo del año, que, por lo general, provocan falta de apetito, nariz tapada, dolor de garganta, tos... Hasta aquí parece que no hay motivo de alarma, pero si su hijo tiene fiebre, lo lógico es que lo lleve al pediatra. Será una más de las miles de madres que cada año acuden a consulta para remediar algo tan habitual como las enfermedades de las vías respiratorias altas.

Cerca de 25% de las visitas al pediatra están relacionadas con estas enfermedades. Es decir, una de cada cuatro consultas viene justificada por los síntomas antes descritos, que tras la exploración conducen al diagnóstico de catarro vulgar, rinitis, faringitis, amigdalitis, otitis o laringitis. En 90% de los casos ninguna de estas afecciones reviste gravedad, por tratarse de un proceso viral normal. Con sentido común, mucha paciencia y un tratamiento sintomático, que incluye la hidratación, en unos días su hijo volverá a estar como antes.

Contacto con el exterior
Recuperemos el dato: un menor de dos años, sobre todo si va a la guardería, sufre una media de entre seis y ocho resfriados al año. Y como hablamos de media, algunos "sólo" se constipan en cuatro ocasiones y, tal vez, a su hijo le toque estar malito una docena de veces. No se alarme. Los niños se enferman por dos razones: porque su inmunidad está en desarrollo y necesitan estímulos para ponerla al día, y porque los espacios de las vías respiratorias tienen que ampliarse (por ejemplo, su orificio nasal es más pequeño que el de un adulto, que está más aireado).
Las vías respiratorias altas incluyen el triángulo formado por la nariz, la garganta y los senos nasales. Por aquí es por donde entra el mayor número de gérmenes, al tratarse de la primera vía de contacto con el exterior. Las complicaciones en esta zona suelen ser más frecuentes en épocas frías debido a que las vías defensivas naturales disminuyen. El frío hace que el moco sea más espeso y que los cilios (los pelillos que nos defienden de la entrada de gérmenes) se muevan menos y disminuyan las defensas locales.

Normalmente las infecciones de las vías altas en un niño son difícilmente aislables. Es decir, que si su hijo tiene rinitis, por ejemplo, probablemente también tendrá faringitis.

Por definición, las enfermedades infecciosas son contagiosas. Todo depende del número de gérmenes que se expulsen (un estornudo puede enviar gérmenes a 3,5 metros de distancia). Basta con que haya un niño enfermo en su guardería para que a los pocos días su hijo presente los primeros síntomas.

Los virus suelen ser culpables
Secreción nasal, fiebre, dolor de garganta, irritación de los ojos, tos, estornudos, obstrucción de los lagrimales... son los síntomas más habituales. Aunque en principio no son graves, conviene que recuerde que en los bebés más pequeños y en los niños con cierta predisposición hay que estar atentos a posibles complicaciones pulmonares o de oído.

Este tipo de enfermedades suele tener un patrón típico en la evolución de los síntomas: los primeros días el niño estará inquieto, sentirá malestar, tendrá mucho moco, tos y, posiblemente, algo de fiebre. En una segunda fase su estado general mejora, aunque los mocos se vuelvan más espesos. La tos puede continuar hasta dos semanas más. Recuerda que los niños pequeños no saben tragar el moco y por esta razón la tos es el mejor mecanismo para expulsarlo. No te asustes si tose con frecuencia, ya que su organismo está combatiendo la enfermedad.

De acuerdo con los especialistas, lo que de verdad tiene valor es observar al niño y comprobar cómo se encuentra. Puede ocurrir que el pequeño tenga algo de fiebre, pero su estado anímico sea bueno. Y recuerde que los niños no regulan bien su temperatura, por lo que la verdadera señal es su estado general. Dicho en otras palabras: no mire el termómetro sino a su hijo. Él es el primer indicador. ¡Y el más fiable! La temperatura no marca la gravedad de este tipo de enfermedades, sólo indica que el cuerpo se está defendiendo de una enfermedad infecciosa.
Los datos corroboran sus afirmaciones: sólo 10% de las enfermedades de las vías respiratorias altas son bacterianas (las otitis y las amigdalitis con pus). Las restantes son víricas (90%), por lo tanto banales y, en principio, sin tratamiento antibiótico.


Foto: www.shutterstock.com/Suzanne Tucker

La regla de las tres "P"
Pero ¿qué puede hacer si presenta estos síntomas? En estos casos lo mejor es poner en práctica las tres P: paciencia, paciencia y paciencia. La duración de estas enfermedades suele ser de siete días en los niños mayores. En los más pequeños, en cambio, se puede alargar hasta dos semanas. El único tratamiento válido (salvo en los casos de infección por bacterias, que se tratan con antibióticos) consiste en aliviar los síntomas. ¿Cómo? Con una buena hidratación para que el moco sea más líquido y se expulse mejor (el moco tiene un efecto beneficioso porque retiene los gérmenes y los destruye).

No existen tratamientos mucolíticos cuya verdadera utilidad se haya demostrado científicamente. Hay dos, sin embargo, de cierta utilidad: el ambroxol y la acetilcisteína, que permiten que la mucosidad sea menos espesa (sólo aptos para mayores de un año, cuando ya saben toser). Los antitérmicos son recomendables cuando la fiebre supera los 38 grados. Pero sólo paracetamol o ibuprofeno, nunca ácido acetilsalicílico, puesto que se ha asociado a una grave enfermedad, el Síndrome de Reye, y la indicación pediátrica es no administarlo a menores de 16 años.

Vaya con el niño al pediatra si lleva más de 48 horas con fiebre (o si tiene dudas sobre su estado general), y antes si es un bebé, ya que podría tener una infección más importante que habrá que tratar.

Prevenir ayuda a combatir
Se sabe que evitar este tipo de enfermedades contagiosas es complicado, pero usted puede contribuir a conseguirlo si mantiene estas medidas:
Lave muy bien las manos a su hijo después de que tosa, estornude o se suene la nariz.
Cuide mucho su alimentación para mantener su organismo con un buen sistema inmunológico, pero cuando el niño esté enfermo no lo obligue a comer si no le apetece hacerlo.
Reduzca, en la medida de lo posible, la permanencia en espacios cerrados. La asistencia a la guardería es una de las principales fuentes de contagio.
Vístalo adecuadamente. Abríguelo cuando salga a la calle para que no pase frío (tenga en cuenta que unos pies helados enfriarán al resto del organismo). Y cuando esté en casa, evite que sude. En este sentido, deje que se imponga el sentido común: si usted tiene frío, lo lógico es que su hijo también lo tenga. Y al revés.
Evite compartir vasos, cubiertos, platos, servilletas o toallas con sus hijos o entre ellos. El virus se transmite con facilidad por estos utensilios.
Limpie las superficies que estén en contacto con las personas resfriadas. El virus puede permanecer activo durante varias horas sobre ellas.

¿Y en qué se diferencia la gripe?
La gripe es una enfermedad vírica muy contagiosa. Los niños son más propensos a padecerla, dada la aglomeración en escuelas y guarderías. Además, ellos secretan el virus desde una semana antes y hasta una después del inicio de los síntomas clínicos, a diferencia de los adultos, que sólo lo hacen dos días antes de iniciada la enfermedad y cuatro después. Dura dos semanas y entre sus síntomas están: aparición repentina de la enfermedad, fiebre elevada durante más de tres días, tos seca, dolor de cabeza, falta de apetito, dolores musculares, escalofríos, agotamiento general y dolor de garganta. Los niños, a diferencia de los adultos, pueden tener dolor de barriga, vómitos o diarrea. La mejor prevención es la vacuna, ya que reduce la posibilidad de padecer esta enfermedad en 80%.


Foto: www.shutterstock.com/matka_Wariatka

Alivie sus síntomas
Dele mucho líquido. El agua es el mejor remedio para aliviar las enfermedades
de las vías respiratorias altas. Además:
Recuerde que la vitamina C es un
reconocido protector de las mucosas.
Dele jugos, pero no lo atiborre, porque
lo único que hará es orinar el exceso.
No prescinda de la leche. Aunque es una creencia muy extendida, ningún estudio científico ha demostrado que la leche sea responsable de una mayor mucosidad.
Aplíquele agua con sal. Échele unas
gotas de suero fisiológico.
El objetivo es que los mocos se licuen
y se los trague, liberando
la vía respiratoria, y se deshagan con los ácidos del estómago.
Ofrézcale caldo de pollo o gallina. Es líquido y, además, la sopa de pollo contiene un aminoácido que, según los estudios, ayuda a controlar las células que provocan la congestión.
No le dé antihistamínicos, descongestivos o antitusivos por un catarro.
Los antibióticos sólo son útiles en casos de otitis y faringoamigdalitis.
Acuéstelo semiincorporado para que respire mejor.

LAS ENFERMEDADES
DE LAS VÍAS ALTAS

Estas son las cinco afecciones más habituales de las vías respiratorias altas (empiezan como un catarro):

Faringitis. Inflamación de la faringe. Se muestra con dolor al tragar, picor de garganta y tos irritante. En 95% de los casos es vírica.

Rinitis. Inflamación de la mucosa nasal. Es la manifestación más frecuente de la infección de vías altas. Es un proceso banal. Si se repite mucho y sin fiebre, puede tener un origen alérgico. Puede aparecer tos al descolgarse moco por la garganta.

Laringitis. Infección respiratoria aguda que cursa con inflamación de la laringe y voz ronca. La tos es áspera, tipo ladrido, seguida de ruido al inspirar (empieza de noche). La fiebre es ligera.

Amigdalitis. Las amígdalas faríngeas inflamadas provocan dolor intenso al tragar, fiebre y tos ligera. Ya no se extirpan, salvo que se infecten con mucha frecuencia o su tamaño obstruya las vías respiratorias e impida que el niño pueda respirar con normalidad durante la noche.

Otitis. Es la infección de la parte interna del oído. Es frecuente hasta los cuatro años porque el conducto auditivo infantil es muy estrecho y es más complicado su drenaje. Se manifiesta con fiebre y dolor acusado en la zona, que se agudiza al tragar.

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