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LA CARACAS DE ...

Parque Nacional El Ávila

Huascar Barradas
"Aquí está mi vida, aunque
mi corazón sigue en el Zulia"

Amante de la naturaleza, ha compuesto, sin embargo, mucha música
en su carro, en medio de las colas caraqueñas
Por Johan M. Ramírez Foto: Natalia Brand

Quizá Caracas nunca sea su casa, pues ésa está en Maracaibo; pero lo que sí tiene en esta urbe es su nicho cultural, su centro de operaciones, su espacio creativo, el lugar donde se casó, y donde se divorció… en fin, el sitio en el que su vida dio un vuelco sin retorno: de artista talentoso se hizo personaje mediático, y la flauta que silencia el ruido de la capital.

"Aquí está mi vida, aunque mi corazón sigue en el Zulia", afirma Huáscar Barradas, quien desde hace más de una década anda recorriendo el mundo con su arte. "Los últimos años me han hecho un poco alemán, un poco norteamericano, y un poco universal, pues he vivido en varios lugares y he tenido que adaptarme a todos ellos", dice. En la Caracas de hoy, por ejemplo, para evitar el tráfico, cuenta con un motorizado que, a diario, lo lleva a cumplir sus compromisos habituales. "No es raro que ande por ahí, de saco y corbata, montado en una moto", sonríe.

Pero otras veces, cuando sale en carro, se adapta a la nueva dinámica de las colas. Como muchos caraqueños, convirtió su auto en oficina. Atascado en la congestión de las horas pico, hace las llamadas pendientes, los favores, ordena su agenda, y, a veces, hasta reflexiona sobre la vida.

Y más aún, una revelación ofrece la comprobación irrefutable de que Caracas, hasta en sus horas imposibles, es una ciudad generosa. "A veces, en medio de una 'tranca', escucho una corneta, una ambulancia o una combinación de sonidos, y eso me da el ritmo para una pieza que esté haciendo. He compuesto mucha música en el carro. Parece mentira", asegura.

Asimismo, la ciudad le ha tendido trampas para que le dé más tiempo a la flauta. Durante el paro de diciembre de 2002, los hechos le obligaron a confinarse en casa varias semanas. De aquel encierro surgió gran parte de Pacificanto (2003), donde unió el canto de las ballenas jorobadas con voces humanas y sonidos electroacústicos. "De haber vivido en San Cristóbal, por ejemplo, no habría tenido problemas para salir a la calle y, por ende, no me habría dedicado tanto como lo hice acá". Sin duda, la ciudad le fraguó una afortunada conspiración.

Pero la historia de Huáscar en la capital no se resume a sus últimos 10 años. Siendo un niño, y tocando en la primera Orquesta Infantil de Venezuela, inauguró la Sala
José Félix Ribas del Teresa Carreño. "Fue una experiencia memorable. Tocar en Caracas, y en ese lugar, era algo del otro mundo. Recuerdo que, en la primera
fila, muy atento, estaba el entonces presidente Caldera".

Hace poco, con la fama como parte de su vida, regresó al Teatro para conceder una función que agotó la boletería y dejó a centenares de espectadores sin ingreso:
Entre Amigos. Ése es su concierto inolvidable.

Pero nos ponemos creativos, y Huáscar compara a Caracas con su flauta.
Descubre entonces que ambas se parecen: versatilidad, variedad de tonos,
infinitas posibilidades. Pero también halla diferencias: con frecuencia, a la capital
le falta la dulzura de la flauta, como también, a veces, su instrumento carece
de la energía vital de esta ciudad.

Hoy, a sus 43 años, pierde la cuenta de las salas, plazas, casas y parques
caraqueños donde, por compromiso o por puro placer, ha tocado. Aunque, pensándolo bien, si alguno le faltara, sería El Ávila. Amante de la naturaleza,
le encantaría, por fin, ignorar su agenda unas horas e irse a tocar en el medio
de esa montaña, a cielo abierto, y junto a alguno de sus saltos de agua.
"Quién sabe -dice asintiendo con la cabeza-, quizá un día de estos lo haga".

Asistente de fotografía: Anita Carli

 
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