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El look de la Navidad
Carla Tofano

Por naturaleza y convicción estética, siempre me he sentido incómoda con la famosa e inequívoca decoración navideña. Sin embargo, también por naturaleza, aunque en este caso por debilidad ética, siempre me he sentido completamente afín al desafuero consumista que reina durante el mes de diciembre en la ciudad ente. ¿Qué ciudad? Podría ser la pregunta de un interlocutor en desacuerdo con esta máxima totalizante. Pero la respuesta a la interrogante brilla como los bombillos de las luces de Navidad: toda urbe adscrita al sistema de valores capitalista llega a su clímax consumista durante las festividades decembrinas.
Lo que me pasa con el look navideño de la ciudad es obvio, y cualquier persona con un mínimo de sensibilidad gráfica o plástica estará de acuerdo con mis lapidarias -y arbitrarias- teorías. En lo personal, no puedo convivir felizmente con los objetos decorativos de una Navidad tan predecible y anacrónica como la nuestra. Cuando veo las vitrinas de mi ciudad atosigadas de nieve falsa, muñecos de nieve made-in-China y cascanueces de madera que nos recuerdan alguna tradición bárbara de artesanía alpina y, sin embargo, destilan cierta asepcia industrializada bastante poco romántica, no puedo dejar de imaginar a una enloquecida horda de mujeres muy poco refinadas que, sin pausa ni imaginación, colocan venaditos baratos en los rincones de cada fachada de Caracas. Ojo, mi incomodidad con el look navideño, nada tiene que ver con el origen sajón de una tradición tan enraizada en nuestro decálogo de ritos populares. Poco me importa que San Nicolás en realidad sea un pagano Santa Claus y que viaje en trineo halado por renos. Al contrario, me encantan detalles de tal insensatez conceptual. Me parece surrealista y maravilloso, vivir a escasos kilómetros de la línea del Ecuador y esperar cada año la gélida llegada de Santa Clause por el ducto de la inexistente chimenea. Mi insatisfacción con la Navidad que cada año nos rodea únicamente devela mi incomodidad estética.
Si fuera alcaldesa de algún municipio de la ciudad, pondría arbolitos artificiales fucsia, plateados y escarlata en sustitución de las escuetas guirnaldas verde grama con lazos de tafetán que Irene puso de moda en los postes de luz del municipio Chacao. Mi Navidad sería una Navidad deliberadamente kitsch. Una alternativa conceptual y colorista frente a tanta mojigata cursilería decorativa. Sustituiría los querubines dorados, los ositos con bufandas y las trompetuchas brillantes que decoran los arbolitos tan faltos de imaginación, por minúsculas réplicas plásticas de María Lionza, Lila Morillo, James Dean y Marylin Monroe. Además, pondría por doquier bustos de José Gregorio Hernández con gorros de Navidad.
Sin embargo, no todo en Navidad es adverso a mi sensibilidad. El entusiasta comportamiento de la ciudad durante el mes de diciembre me encanta. Adoro sobrevivir los enredos urbanos de una metrópolis desbordada de vida las 24 horas del día, en respuesta al comportamiento compulsivo de sus transeúntes, activistas en favor de la buena comida, las bebidas embriagantes y el consumo irracional. Deliro por un buen trozo del lusovenezolano pan de jamón de panadería, me encantan las hallacas con muchas, muchas pasas y sin cubos de grasa de cochino, y disfruto a rabiar la imperativa sensación de fiesta que embarga al ambiente citadino en general. Comprar libros, enseres o ropa, cerca de la medianoche, me ofrece por un instante la deliciosa y embriagante sensación de sentirme parte de una urbe altamente cosmopolita.
A decir verdad, apagaría para siempre las gaitas marabinas y el fondo musical al que Venezuela nos tiene esclavizados. Desde la intuición y el corazón, no comulgo con los trineos de plástico escarchado, los rechonchos Santas aspiracionales, los arbolitos con lazos en dorado o lujoso terciopelo, las vaporosas guirnaldas de pinos naturales y la costumbre provinciana de estrenar gala el último día del año, para recibir como Dios manda la llegada del año nuevo. Por esto, irresponsablemente propongo desafiar los códigos de esa estética que acuñó la herencia adeca de nuestro país con un poco de sincretismo antirrevolucionario, agraciado y desafiante. Si tuviéramos plena conciencia de las bondades estéticas que añade al hecho decorativo el elemento kitsch -ya saben, mi arbolito fucsia cargado de pequeñas efigies escarchadas de José Gregorio, un eléctrico Elvis coronándolo y las Chicas Superpoderosas que lo recorran en efecto titilante- podríamos gozar de un paisaje urbano menos cursi, y claramente más lúdico todos los días del año. Mis votos por una Navidad impredecible, híbrida y divertida. A todas luces, una Navidad más post-posmoderna.

 
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