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Casa llena de víctimas
Max Haines
Todos murieron envenenados. Todos eran niños de una misma familia
El
25 de octubre de 1967, se perpetró un crimen en Arcadia,
Florida, que fue noticia en todo el mundo. Siete niños de
una misma familia fueron asesinados.
Los padres de los niños muertos eran James y Annie Mae Richardson,
jornaleros agrícolas, muy pobres, que no sabían ni
leer ni escribir. James tenía un coeficiente de inteligencia
de unos 75. Los ingresos totales de los Richardson, pese a que ambos
trabajaban de sol a sol, ascendían en promedio a 100 dólares
por semana.
Todo pasó un miércoles. Annie Mae y James se levantaron
temprano y caminaron las seis manzanas hasta una zona donde una
camioneta recogía a los jornaleros para llevarlos al campo,
a una distancia de unos 24 kilómetros. A la hora del almuerzo,
James se comió un sándwich de pollo; Annie Mae uno
de jamón. Annie Mae los había preparado antes de salir
para el trabajo.
Fred Steven, el capataz, les interrumpió durante la pausa
para comer, acercándose rápidamente a la pareja para
informarles que acababa de recibir una llamada de emergencia. Uno
de sus hijos estaba enfermo. Steven les llevó en automóvil
hasta el hospital.
James no podía imaginarse cuál de sus hijos se podía
haber enfermado tan de repente. Posiblemente el bebé, James
Jr., que tenía dos años. Los demás, Betty Jean,
de ocho, Alice, de siete, Susie, de seis, Doreen, de cinco, Vanessa,
de cuatro, y Diane, de tres, estaban muy sanos.
Bessie Reese, la vecina de los Richardson, quien ese día
estaba encargada de los niños en edad preescolar, estaba
en la entrada del hospital e instó a la pareja a entrar rápidamente.
Poco a poco, la historia de lo que había pasado ese día
fue revelada. Alice había comido en casa y había vuelto
a la escuela. Inmediatamente empezó a transpirar mucho, a
temblar y a vomitar. La profesora, Myrtice Jackson, con ayuda de
otra maestra, Ruby Fiason, llevó a Alice a la oficina del
director. Minutos después, Susie y Betty Jean, quienes sufrían
de los mismos síntomas, fueron trasladadas a la oficina del
director. Las tres fueron llevadas urgentemente al hospital.
Otra profesora, Gustava Luther, consciente de que quedaban más
niños en casa de los Richardson, reunió a unos cuantos
colegas y se fueron rápidamente hasta allí, donde
fueron recibidos por Bessie Reese y cuatro pequeños enfermos.
Los profesores taparon a los menores y se los llevaron al hospital.
Cuando se había localizado a los padres de los niños
y se les había informado de la situación, sus siete
hijos habían sido admitidos en el hospital. Cuando la pareja
entró en el recinto, sin ser conscientes todavía de
lo que estaba pasando, fueron saludados por su sacerdote y el sheriff
del condado, quien espetó abruptamente: "Dios mío,
todos tus hijos están muertos".
A James y Annie Mae les costó entender lo que habían
oído. James quedó destrozado. Annie Mae se desvaneció.
Se registró meticulosamente la casa de los Richardson y un
cobertizo que estaba detrás. No encontraron ningún
tipo de veneno pero los investigadores notaron en el cobertizo el
olor metálico del paratión, un insecticida tóxico.
Extrañamente, aunque la casa y el cobertizo fueron registrados
inmediatamente, al día siguiente se encontró en el
cobertizo un saco de paratión.
Al caer la noche, en toda la zona se corrió el rumor de que
James Richardson había comprado un seguro de vida para sus
hijos. Dos días después de enterrar a los siete niños,
James fue arrestado y acusado de siete imputaciones de asesinato
en primer grado. Poco tiempo después, su mujer fue arrestada
y acusada de descuidar a sus hijos, una imputación que luego
fue retirada.
El 27 de mayo de 1968, James Richardson fue juzgado por asesinato.
Gerald Purvis, un vendedor de seguros, testificó que había
ido a casa de los Richardson la noche antes de que los niños
se pusieran enfermos y había intentado vender una póliza
de seguros. James se negó a aceptar la oferta, arguyendo
que no podía permitirse el pago de las primas. Para contrarrestar
este testimonio, la fiscalía arguyó que el vendedor
le había dado a James la impresión de que la póliza
estaba en vigor. Purvis negó esta alegación pero,
tras un intenso interrogatorio, admitió que cabía
la posibilidad de que Richardson hubiera entendido mal lo que él
quería decir. De esta manera, el seguro se convirtió
en el móvil de estos asesinatos múltiples.
Bessie Reese, quien admitió que les había servido
a los niños esa comida fatal, dijo que no se había
dado cuenta de que tuviera un olor raro. Testificó que, un
día después de las muertes, su vecino Charlie Smith
había sugerido que fuesen a ver si había veneno en
el cobertizo. Gracias a su insistencia encontraron el saco de paratión.
Cuando Smith fue llamado a testificar, dijo que no fue él
sino Bessie Reese quien había sugerido que buscaran veneno
en el cobertizo.
Un compañero de celda de Richardson, un tal James Weaver,
testificó que Richardson le había confesado haber
cometido los asesinatos. Otro antiguo interno, James Cunningham,
también juró que Richardson le había confesado
que había matado a sus hijos. Los abogados de la defensa
recalcaron que los internos habían recibido compensaciones
o se les había reducido la sentencia a cambio de su testimonio.
Otros presos, que conocían bien a James, subieron al banquillo
a testificar y dijeron que el hombre les había hablado a
menudo de su difícil situación y siempre había
mantenido su inocencia.
Annie Mae declaró que ni ella ni su marido habían
preparado la comida de sus hijos antes de irse al trabajo. Tanto
ella, como varios de sus conocidos, juraron que James amaba a sus
hijos. Era un padre abnegado que, en el momento de sus muertes,
estaba ahorrando un poco de su escasa paga semanal para comprar
los regalos de Navidad, un acto que no habría hecho un hombre
con intención de matar a su descendencia.
Al jurado sureño, compuesto sólo por personas blancas,
le bastaron 90 minutos para declararlo culpable. El juez dictó
la sentencia de muerte obligatoria pero James tuvo suerte y no fue
condenado a la pena capital. El 30 de junio de 1972, su sentencia,
y otras 600 sentencias de muerte estadounidenses, fueron conmutadas
por cadena perpetua.
James Richardson se pudría en prisión. En 1979, se
le notificó a Mark Lane, conocido experto del asesinato de
John F. Kennedy, que en el caso Richardson existía un archivo
que contenía pruebas perjudiciales para la fiscalía.
Lane fue crucial en la obtención de declaraciones juradas
de auxiliares de enfermería empleadas en la casa donde vivía
la anciana Bessie Reese. Les había confesado que era ella
la que había matado a los niños.
El
Tribunal Supremo de ese estado federal solicitó un nuevo
juicio. Cuando se corrió la noticia de que el viejo caso
estaba siendo investigado, Virginia Dennis, de 28 años, quien
tenía ocho al producirse la tragedia, se presentó.
Había sido compañera de juegos de los niños
de los Richardson y había tomado el desayuno con ellos el
día de sus muertes. Aunque se había encontrado paratión
tanto en los restos del desayuno como en los de la comida servida
a los niños ese día, la pequeña Virginia nunca
cayó enferma.
El testimonio de Virginia otorgaba credibilidad a la teoría
de que el veneno se debía haber añadido a los restos
después de que James y Annie Mae se fueran a trabajar. El
veneno podía haber sido añadido después del
desayuno, lo que explicaba que las niñas en edad escolar
cayeran enfermas después de comer en su casa. A los niños
más pequeños se les debía haber suministrado
el veneno en cualquier momento del día antes de que los profesores
los trasladaran apresuradamente al hospital.
El 11 de abril de 1989, la condena de James Richardson fue anulada
porque varios testigos habían mentido en el primer juicio
y porque la fiscalía le había ocultado a la defensa
pruebas que estaban en su posesión. A la edad de 53 años,
James salió de la Institución Penitenciaria de Tomoka
en Daytona Beach, después de haber pasado 21 años
en la cárcel por un crimen que, seguramente, no cometió.
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