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revista Estampas
 
  Un beso robado
Carla Tofano

Anoche soñé que me arrebataban un inmejorable beso, un beso de amor inquietante y traicionero que me temo no voy a ser capaz de olvidar con facilidad. El resto de los detalles que

 hicieron posible el sueño trascendental de haber sido vulnerada por un gesto de expreso deseo, tan efímero y determinante, me importa muy poco a decir verdad, lo determinante, lo que abre interrogantes en mi pecho es que, justo mientras dormía, estando entregadamente ausente, en el centro de mis carnosos, abultados e
invitantes labios, disfruté la sensación de haber sido besada, contra mi sensatez y a favor de mi enfermizo y desatado deseo de romántico apasionamiento.

Despertar con la maravillosa sensación de haber sido colmada de apego por alguien a quien no recuerdo, me permitió jugar a las escondidas con mis propios pensamientos. El instante de amor robado fue absolutamente imaginario, y sin embargo, mi sensación, la de haber sido raptada por un afecto imposible de descifrar, permanece nítida e imborrable sobre mis labios sonrojados de sorpresa e inundados de culposo placer. Mientras me entregaba a las trampas del espacio onírico y mi ausencia de voluntad me hacía supremamente ensoñadora, un hombre sin rostro me besó para abrir grietas en mi conciencia.

Pensándolo bien, plena, entregada, despierta, con mis cinco sentidos observantes y bien puestos sobre el peso de mis hombros, que yo recuerde, nadie me ha robado un beso. De hecho, se me ocurre suponer que el hombre de borrosa identidad que anoche me despojó de la inédita sensación de no haber sido nunca sorprendida por un impulso no correspondido, podría haber sido mi esposo, mi actor favorito, algún ex novio o cualquiera de los hombres que en la vida no he tenido el gusto de conocer aún. Las mujeres que transitamos la vida con genuinas certezas individuales, y sin pedir mil veces permiso para ser y realizarnos a nuestras anchas, sin pruritos ni remordimientos, quizás podríamos recordar haberle robado a alguien, alguna vez, un beso… Pero ¿ser presas de un viril gesto de inesperado arrebato romántico? ¡Eso jamás!

Montones de instantes cinematográficos se han quedado clavados en el túnel de mis recuerdos, muchos de ellos, los más cursis y premeditadamente románticos me resultan, de hecho, absolutamente imposibles de olvidar. Recuerdo con genuina emoción, el beso que Joaquin Phoenix le roba a Reese Whiterspoon mientras encarna al vehemente músico norteamericano Johnny Cash en el set de Walk the Line, una de mis películas favoritas de todos los tiempos. Paradójicamente, creo que nunca deseé conscientemente ser víctima de un hurto en el terreno de lo sensual, de lo carnal, de lo físico. Siempre he preferido medir los riesgos del cuerpo con cierta premeditación y alevosía para no correr con las consecuencias de un malentendido en el plano emocional. Quizás por eso nunca nadie me ha robado un beso. Sin embargo, como cualquier mujer independiente y dependiente, frágil y temeraria, emprendedora y endeble, coherente y contradictoria, constante e inconsecuente, fui inmensamente feliz al ser tomada por sorpresa por el placer más tramposo de todos: el de la mente. 

El riesgo tiene sus recompensas aunque a veces el precio de delinquir sea demasiado alto para justificar una vida al borde de la cuerda floja. No sé si anhelaba realmente el beso que anoche me robaron, porque hoy tengo la sensación de haber vivido a medias y de haber cometido un irremediable error mientras dormía. Sin la clara determinación de mi lado consciente, mi inconsciente me puso contra la pared para que yo pudiera escucharme desde la felicidad inédita y desde el miedo a lo desconocido, y junto al placer de un beso robado, me asaltan ahora tantas dudas que no escucho con la claridad de siempre mis añejas certezas.

Presiento que anoche me fue arrebatado un beso lleno de misterio y la clara determinación de ser la mujer que siempre decide cuáles puertas abrir y qué caminos tomar. La dulzura tiene mil rostros y el vértigo también, por eso espero reconocerme a mí misma entre sueños inocentes y en el semblante de quien anoche me robara un gesto de amor intenso y eterno. Creo que yo misma quería besarme para decirme en secreto cosas que no me atrevo a reconocer frente al espejo. La mujer que desea desesperadamente ser feliz, se siente frágil y me está poniendo pruebas para medirse frente al engaño y la trampa. No puedo caer en la trampa de creer que el mundo es un lugar seguro, pero puedo contarles que anoche alguien me robó un beso y fui feliz mientras el gesto duró.
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tofano@hotmail.com

 

 
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