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Esta vez me quedó claro. El sex
appeal maculino es un tema que interesa a un abultado número
de lectores con quienes logro una sorprendente sinergia, muy a pesar
de mis arbitrarios y caprichosos dictámenes acerca del mundo
y sus modos. Sin embargo, para quienes aterricen en el asunto
por vez primera, se hace necesaria la siguiente advertencia: las
segundas partes nunca fueron buenas, y esta crónica tuvo
un antecedente, en el que me tomé el atrevimiento de esbozar
doce mandamientos, con la ingenua pretensión de maximizar
las estrategias de conquista del género masculino.
Complaciendo peticiones, continúo con
las especulaciones, y agradezco de antemano a los interesados, por
permitirme el ejercicio activo de uno de mis vicios dialécticos
predilectos. Los mandamientos para hombres sexys de la entrega anterior,
concluían —riesgosamente— que los hombres acertivos,
socialmente exitosos e innegablemente irresistibles no pretenden
ser sexys, simplemente lo son, nunca elogian a una mujer interesante
e inteligente con frases hechas, ultramasticadas y requeteoídas,
son selectivos —no se ahorcan en el primer palo con falda
que se les atraviesa en el camino— y de la boca hacia fuera
y del pellejo hacia adentro son feministas, liberales y tolerantes.
Concluimos también que los hombres
sexys comen con apetito porque otorgan a la lujuria su justo espacio
en la vida, tienen una adecuada conciencia escénica y estética,
sin ser excesivamente petulantes o vanidosos, son valientes y heroicos
aunque nunca fanfarrones, sonríen con picardía, disfrutan
comprando ropa de mujer, prefieren los aviones a los automóviles
y, conscientes de las reglas del libre mercado, se esfuerzan por
no ser demasiado predecibles: los productos que abundan se deprecian.
Dicho esto asumo el riesgo de penetrar nuevos
terrenos movedizos tras la búsqueda de otras impostergables
conclusiones. Un hombre 100% deseable nunca es demasiado protocolar.
Los chicos malos —sobre todo los que son rudos pero tienen
corazón— despiertan el interés femenino de un
modo instantáneo. El modelo hollywoodense de mitos varoniles
como James Dean, Marlon Brando, Sean Connery, Sean Penn o Johnny
Depp no falla. Los hombres un tanto displicentes y arrogantes son
como imanes, pero es importante hacer una aclaratoria: aunque la
dosis perfecta de mala sangre funciona, quienes se exceden y carecen
de carisma, terminan siendo repugnantes. Como lo prohibido, el delito
siempre ha sido inexplicablemente persuasivo y las mujeres, aunque
algunas lo nieguen, adoramos el peligro.
El tacto de un hombre debe ser contundente.
Aunque esta consideración es a todas luces un cliché,
tiene un arraigo casi celular en la sicología femenina. La
suavidad es importante pero tiene su justo espacio en la delgada
línea del imaginario afectivo. Un hombre de mirada dulce
y gesto recio, contiene la dosis perfecta de contradicción
que una mujer necesita para debatirse entre el frío y el
calor. La temperatura del ser humano proclive al éxito debe
ser variable, y el sabor, agrio y dulce en un mismo mordisco.
En materia de estilo existen algunas premisas
inobjetables, que muchos hombres ignoran por desconocimiento de
causa y por falta de pedagogía fashion. Los jeans
no deben usarse con zapatos de suela, no es necesario combinarse
el cinturón con el calzado, los trajes claros no están
vetados y se pueden lucir pantalones tipo patinetero hasta los sesenta
años.
La música, el séptimo arte
y la gastronomía son temas de importancia capital para un
seductor en buena forma. El criterio cinematográfico
se cultiva asistiendo periódicamente al cine y actualizando
en casa el catálogo de títulos pendientes. Acción,
romance, terror, suspenso, comedia, ciencia ficción, todo
vale. Sólo cuenta la pasión vouyerista por presenciar,
padecer y/o disfrutar historias de terceros. El cine libera la propia
inspiración.
La sensibilidad se cultiva y el oído
y el paladar también. Aprender a comer cebolla y mostaza
constituye una iniciación importante en materia gastronómica
y en relación a la vocación melómana descorcharse
los oídos con música adolescente nunca falla. Se puede
empezar a adiestrar el gusto musical y el oído, de adelante
hacia atrás o de atrás hacia delante. La selección
del método siempre es opcional.
Dejarse crecer el cabello o la barba
habla muy bien de la capacidad de riesgo e indisciplina de cada
cual. Los varones impecables, excesivamente escrupulosos y predeciblemente
asépticos dan ganas de bostezar. Saber cuándo abandonarse
sin poses a los rituales románticos, construir códigos
de honor muy personales y aplicarlos sin justificaciones, excusas
o preámbulos, adorar la navegación, temerle al canto
de las sirenas y conocer las temerarias historias de los piratas
del Caribe, definitivamente funciona. Y es que los hombres sexys
son mundanos, reversibles y visionarios. Jamás pasan por
alto que el cuello de una mujer es un punto sutilmente vulnerable
y que el corazón femenino es un órgano traicionero
y poderosamente magnético. l
tofano@hotmail.com
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