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Máquina maravillosa
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Una década feliz fue sin duda
la de los cincuenta. Eran días prósperos, creativos
y llenos de novedades: la televisión, ese invento que
todavía sigue asombrando al mundo, ganaba un lugar
dentro de los hogares; la cadena de comida rápida Mac
Donalds, enseñaba a la gente a comer hamburguesas con
la apertura de su primer establecimiento; se descubre la vacuna
contra la polio, y el viaje de la perra Laika a bordo del
Sputnik II, no sólo señalaba el camino de la
carrera espacial sino que puso, literalmente, a todo el mundo
a bautizar su can como la célebre astronauta. Por esos
días, el 2 de enero de 1958, una noticia fue reseñada
con especial despliegue. La invención de un artefacto
que se presentaba como la "máquina más
maravillosa del mundo". Se decía que era, literalmente,
capaz de hacer hablar el cerebro, con una tecnología
equiparable a 500 aparatos de televisión juntos. Además,
se anunciaba como "una de las armas casi secretas que
la ciencia está utilizando". Era, por así
decirlo, como un detector de mentiras, pues sus virtudes de
conocer los intrincados sistemas cerebrales eran casi ilimitadas.
Se trataba del electroencefalograf, artefacto hoy conocido
como el electroencefalograma.
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El aplauso va por la Gran Vía
Mónica Montañes
Cuando los sueños se hacen realidad
uno tiene el deber de contárselo a todo el mundo porque sí.
Aunque uno crea, y es posible, que a más nadie
le interese, aunque incluso exista la posibilidad de que digan que
qué fastidio o qué envidia o qué rabia o ¿y?,
si uno tiene el inmenso privilegio y la no menor responsabilidad
que conlleva un sueño cumplido, hay que contarlo a toda costa,
gritarlo si es posible, porque más allá de los apáticos,
los fastidiados, los envidiosos y los furibundos, siempre están
los que entenderán el mensaje maravilloso de que los sueños
sí se cumplen y por lo tanto uno tiene el deber de soñar
grandote y echarle pichón para verlos hechos realidad.
En fin que aquí me tiene con el firme propósito de
echarle un chisme estupendo o un notición, según se
vea, del cual a lo mejor usted ya oyó hablar, pero, por si
a las moscas, se lo intentaré contar de la manera más
sabrosa e íntima posible.
Resulta que a tres de mis mejores amigas (una soy yo misma, la otra
es Mimí Lazo y la tercera es Valeria, que es una de mis hijas
más queridas) les está ocurriendo una cosa buenísima:
El aplauso va por dentro, obra que creamos las tres en conchupancia
con el mejor cómplice posible, Gerardo Blanco, se está
presentando nada más y nada menos que en Madrid, España.
El asunto es sencillamente apoteósico y les ruego mil perdones
por la falta de modestia, pero es así. Primero, porque Madrid
es una plaza anhelada por todo creador teatral y fíjese que
allí estamos. Luego, porque es en el Teatro Marquina, uno
de los mejores teatros de esa ciudad tan teatral. Después,
porque la obra es venezolana, venesolanísima, la actriz es
venezolana, venezolanísima, el montaje es venezolano, venezolanísimo,
y se está presentando ante un público español,
españolísimo, compitiendo de tú a tú
y en igualdad de condiciones con otras más de veintisiete
piezas, actores y montajes españoles, españolísimos.
O sea que es así como si nuestros muchachotes de la Vinotinto
se hubieran colado de pronto en la liga española y jugaran
en el mismísimo Bernabeu, disputándole balones a Raúl,
Ronaldo y Zidane. Cosa que, aunque perdieran cinco a uno, ya sería
tremenda ganancia, ¿o no? Más después, porque
el metro madrileño está invadido de afiches inmensos
de Mimí o de Valeria (después de siete años
quién puede saber cuál es cuál) con su piche
mayita roja anunciando la temporada del Aplauso...Y los autobuses
de Madrid-Visión recorren la Gran Vía con afiches
inmensos de Valeria o Mimí, en fin, de brazos abiertos invitando
a verla haciendo aeróbicos y compartiendo sus sueños
y frustraciones en el Marquina. Y portadas de revistas tan importantes
como La Guía del Ocio o periódicos españoles
tan renombrados como El País, El Mundo o La Razón
tienen entrevistas de la dupla echando el cuento. Por si todo esto
fuera poco, el público madrileño, aupado por nuestro
exitosísimo Boris Izaguirre, acude de martes a domingo, con
doble función los viernes y los sábados, a ver de
qué va "esta loca sudaca" y se ríen y se
emocionan y aplauden y hasta sueltan su lagrimita y se van prometiéndonos
recomendárselo a sus amigas o amenazando traer a los maridos
o comentando que allá tampoco hay hombres, igualitico que
aquí.
Se los cuento no sólo porque ando felicísima y pienso
que a todo el público venezolano que nos apoyó durante
siete años colmando los teatros le puede alegrar saberlo,
sino porque se está haciendo realidad el sueño de
Mimí. Sí, el de ella, porque el mío ya se cumplió
el día en que una actriz del tamaño y el talento de
la Lazo y un director del genio de Gerardo confiaron en mi primer
texto y lo montaron sobre un escenario. Todo lo demás no
es más que un milagro y los milagros no se discuten, pero
sí se cuentan para que se sepa que ocurren. l
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