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El asesinato de la niña bien
Max Haines
Este crimen alcanzó repercusión
internacional
De
los miles de asesinatos que se cometen en Estados Unidos cada año,
la mayoría recibe tan sólo publicidad a nivel regional.
Tienen que ser algo inusitado para llamar la atención a nivel
nacional e incluso internacional. El "Asesinato de la niña
bien" fue uno de esos crímenes, como conté en
el Sunday Sun, de octubre de 1989.
En 1986, en la ciudad de Nueva York había, en promedio, 131
asesinatos al mes. Algunos llegaron a los titulares. Tiene que ser
algo diferente para que los ciudadanos de la Gran Manzana le presten
atención.
Lo llamaron el "Asesinato de la niña bien" y era
diferente. El escenario en el que se fraguó la muerte de
Jennifer Levin, de 18 años, fue un bar de la zona Upper East
Side llamado Dorrian's Red Hand. Allí se reunían los
hijos de los ricos.
Jack Dorrian, el propietario, hacía las veces de padre y
confesor, y otras de mediador. No importaba si tenías menos
de 21 años. Siempre que tuvieras una tarjeta de identidad
falsa, podías beber en Dorrian´s. Muchos de los graduados
de los colegios privados de secundaria consumían cocaína
con regularidad.
Robert Chambers, a sus 19 años de edad, ya había ido
a un programa de rehabilitación en Minnesota. Antes de eso,
había asistido al Colegio Privado York y a la Universidad
de Boston. Robert no tenía nada que hacer. Con su clásico
buen aspecto, a este encantador chico no le costaba conquistar a
las jóvenes de Dorrian.
A Jennifer Levin le pareció que Robert era un tipo estupendo.
Se había ido a la cama con él de vez en cuando. No
era nada serio, pero le había contado a sus amigas que era
una maravilla.
Jennifer era una bella jovencita de familia bien. Esta chica se
había graduado en la Escuela Baldwin y estaba impaciente
por ir a la universidad ese otoño.
El 26 de agosto de 1986, Jennifer pasó por el bar Dorrian´s
Red Hand. Toda la barra estaba allí. Les dijo a sus amigas
que esperaba que fuera por allí Robert Chambers. Cuando se
presentó, Jennifer se puso a hablar con él. Según
el testimonio ulterior de sus amigas, Jennifer estuvo flirteando
con Robert. A él parecía molestarle su actitud. Ya
eran casi las cuatro de la madrugada cuando Jennifer y Robert se
marcharon del bar. Se fueron a Central Park, que no estaba muy lejos.
Los dos atractivos jóvenes se adentraron en unos matorrales.
Lo que ocurriría durante la hora siguiente nadie lo sabrá
nunca con seguridad. Sólo Robert salió de allí.
Un ciclista se topó con el cadáver de Jennifer Levin,
aproximadamente dos horas después. Cuando llegó la
policía, los agentes vieron el cadáver medio desnudo
y vapuleado de Jennifer. Al otro lado de la calle estaba Robert
Chambers, observando tranquilamente la escena. Luego, se fue a su
casa y se metió en la cama. Allí le encontrarían
los agentes dos horas después, tras reconstituir los últimos
movimientos conocidos de Jennifer.
Al principio Robert, quien fue trasladado a la comisaría
de Central Park para ser sometido a interrogatorio, negó
haber salido del bar con Jennifer. Les dijo a los agentes encargados
de la investigación que los arañazos que tenía
en la cara, el pecho y el estómago se los había hecho
su gato. Nadie le creyó. Después de siete horas y
media de interrogatorio, Robert confesó que había
provocado la muerte de Jennifer pero sostuvo que había sido
un accidente registrado al intentar defenderse del acoso de la chica.
Desde ese momento, Jennifer Levin pasó a ser juzgada. Inexplicablemente,
pasó de ser la víctima de una grave agresión
a una niña bien que había provocado su propia muerte.
Según Robert, fue Jennifer a la que se le ocurrió
que fueran al parque. Cuando él se negó a aceptar
sus insinuaciones, ella se enfadó y le arañó
la cara. Se quitó las bragas y le sugirió que le ataría
las manos con ellas. De nuevo, según Robert, la dejó
que le atara las manos a la espalda con las bragas. Luego, Jennifer
se sentó encima de su pecho y le agarró los genitales
con tanta fuerza que el enorme dolor le hizo sacar un brazo, echárselo
al cuello y empujarla. Fue un accidente. En ningún momento,
sostuvo Robert, tuvo intención de matar a Jennifer.
Esa es la historia que impactó a los ciudadanos de Nueva
York. Incluso en la Gran Manzana, no se considera aceptable que
una mujer aborde a un hombre. El hecho de que sólo Robert
pudiera contar lo sucedido en el parque esa mañana pareció
no tenerse en cuenta. Jennifer no podía contar su versión.
Estaba muerta y enterrada. En ningún momento mostró
Robert signo alguno de arrepentimiento.
En la primavera de 1988, a Robert Chambers se le juzgó por
el asesinato de Jennifer Levin. Su versión de lo sucedido
en el parque esa noche no se sostenía en pie tras examinarla
detenidamente. El cadáver de Jennifer tenía hematomas
y marcas de mordeduras. Había luchado por salvar su vida.
Un médico que la había examinado declaró que,
en el cuello, Jennifer tenía marcas de estrangulamiento y
que había fallecido porque se le había aplicado presión
durante por lo menos 20 segundos.
No es necesario repasar las 11 semanas de testimonios presentados
en el juicio. Todo comentario favorable que se pudo decir sobre
la personalidad de Robert Chambers fue presentado al jurado. Familias
bien recaudaron fondos para que la familia Cham- bers pudiera contratar
a buenos abogados. Por el contrario, todas las sugerencias por la
escasa moralidad de Jennifer durante su corta vida se estudiaron
con lupa y se magnificaron ante el jurado.
En esencia, el jurado tenía que decidir si Robert había
tenido intención de matar. ¿Fue acosado, como él
pretendía? ¿Acaso podía una chica de unos sesenta
kilos vencer a un chico de 101 kilos?
Jack Litma, famoso abogado defensor de Chambers, intervino mientras
el jurado deliberaba durante nueve largos días. El jurado
estaba casi llegando a un veredicto y tenía intención
de declarar nulo el juicio. En ese momento, Litman llegó
a un acuerdo con el fiscal. Su cliente se declararía culpable
de homicidio a cambio de una sentencia de entre cinco y 15 años
de cárcel.
Los padres de Jennifer aceptaron. No querían que la reputación
de su hija se pusiera en entredicho en un segundo juicio. Además,
querían oír a Robert Chambers decir ante el tribunal
que había tenido intención de causar daños
físicos a su hija, provocándole con eso la muerte.
De mala gana, Robert pronunció esas palabras incriminatorias
al concluir su juicio.
Gracias
a una recomendación añadida al acuerdo pudo pasar
una última noche con su madre antes de empezar a cumplir
su sentencia.
A Robert Chambers no le fue bien en la cárcel. Cometió
un total de 26 infracciones disciplinarias, entre ellas, el consumo
de drogas y peleas con los guardias de prisiones. Cumplió
la totalidad de los 15 años de su sentencia en la cárcel,
de donde salió el 14 de febrero de 2003. l
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